Opinión

El mono titiritero

 

– ¡Buenas tardes, amigo mío!

 

– Buenas tardes. ¿Cómo le va?

– Muy bien. La otra tarde me acordé de usted…

– ¿Y eso?

– Estuve en Huerta…

– ¡Hombre! ¡En Huerta! Donde el Tormes da un gran giro de más de 270º. Lo que se llama un «codo», que hace tiempo se demostró que era «de captura»...

2 (1)– Sí. Algo de eso se dice en un panel que han colocado en la orilla del río. Pero no es eso lo que me llamó la atención en él.

-¿Y qué fue ello?

– Pues que al lado de la foto de un quelonio fósil, que recuerdo haber visto en la Sala de las Tortugas de la Universidad, hay una explicación en la que se citan los hallazgos de tortugas, cocodrilos, tiburones y primates…

– ¿TIBURONES?

– ¡Sí! ¡Sí! Eso pone.

– ¡Pues es un disparate! ¿Cómo van a estar juntos, en un yacimiento, fósiles de tiburones y de primates? ¡Animales que en vida eran unos de mar y los otros arbóreos!

– ¡Eso mismo pensé yo! ¿Y no pueden ser de distintos puntos o yacimientos?

– ¡Aunque lo fuesen! Aquí jamás hubo mares en toda la era Terciaria.

– Y entonces, ¿lo que decía Unamuno…?

– Don Miguel no debió oír nada de lo que se empezó a encontrar por aquel entonces… No se enteró, parece ser, de aquellos primeros hallazgos paleontológicos.

– ¡Claro, claro! ¡Sería eso! Yo, cuando leí lo de tiburones y primates juntos me acordé del cuento del mono titiritero. ¿Lo recuerda?

– Pues no. ¿Por qué no me lo cuenta?

– Pues verá usted. Erase una vez que había un mono que cantaba todas las mañanas subido en un árbol, en la orilla del mar. Un tiburón se detenía para escucharle embelesado y, muy a menudo, hablaban de sus cosas.

«Un día, allá en el fondo del océano, se puso enfermo el Rey del Mar. Los médicos marinos dijeron que para curarse tenía que comer hígado de mono. Todos estaban desesperados porque en todo el reino había tal cosa.

«Pero cuando se enteró el tiburón pensó que él, con astucia, podía solucionarlo y a la mañana siguiente se presentó ante el mono.

«- Amigo mío -le dijo-. Traigo una invitación para que visites el Palacio Real del Mar, donde serás recibido por el mismísimo Rey, que quiere conocerte y oírte.»

«Subsanadas las dudas del simio sobre la forma de respirar bajo el agua, bajó del árbol, montó en el lomo del escualo, y en un periquete se presentaron en Palacio…

«-¡Caramba! -dijo el Rey- ¡Al fin alguien me trajo un mono para poderme comer su hígado!»

«Espantado quedó el primate. Pero era muy listo y se le ocurrió decir que cómo no le habían advertido, antes de emprender el viaje, que necesitaban su hígado. ¡Porque, para poder ir más deprisa lo había dejado en el árbol!

«Había que escuchar los insultos del Rey al tiburón. Éste, acongojado, dijo que no había problema, que inmediatamente llevaría al mono hasta el árbol para que lo recogiese y pronto estarían de vuelta.

«Así se hizo. ¡Y el mono, ya a salvo en el árbol, cogió una fruta podrida y se la tiró al tiburón, diciéndole «-¡Toma, toma mi hígado y que le aproveche al Rey!»

«¡Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado!

3– Muy bueno el cuento. Y viene a cuento por lo de poner juntos a esos fósiles incompatibles… Pero ha tocado usted una fibra de mis recuerdos infantiles, de aquellos libros maravillosamente ilustrados por artistas geniales…

– Ah, síi. Cuente, cuente…

– No. Hoy no. Déjeme que busque en casa uno de aquellos libros… Creo que sé donde está… Ya hablaremos mañana…


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