Opinión

La consulta de la doctora Arrea Samanta

 

Decían que la doctora Arrea Samanta era distinta, que tenía un nosequé, un idontknow, un saispasquoi, que ejercía con una confianza al límite del abuso desde el primer golpe de lengua. Se le reconocía ser la primera especialista allí destinada a quien se le entendía letra en receta sin postgrado en criptografología de lenguas muertas, decodificación binaria y esperanto.

 

Decían que si las escribía bien era porque apenas recetaba nadie a nada nunca (si, nadie a nada). Que era una facultativa alternativa especializada en resfriados. Que no era especialmente simpática porque a todos los trataba de Usted para no encariñarse con ellos. En un lugar en el que todos los habitantes eran una pequeña gran familia que vivía directa o indirectamente de la confección de mantas artesanas de mantas, resultaba curiosa esa frialdad.

Era la primera vez que acudía a su consulta. De estupefacción e incredulidad eran todas y cada una de las caras que salían de ella. El gesto se contagió por la sala de espera. Nadie hablaba, pero cada mirada cruzada compartía las mismas dudas; ¿qué sucede ahí dentro para que salgan todos con ese semblante? ¿Dan medicinas, hay un inspector de Hacienda enfadado, están haciendo entrega del Princesa de Asturias de las Letras a Belén Esteban? ¿Qué?

Cada “el siguiente” anunciado por minifonía conseguía quitar un poquito más de oxígeno. Hubo quién acertó a recordar que se le pasaba la hora y ya volvería otro día, hubo quien silbaba el bueno, el feo y el malo, hubo quien sacó unas bolitas de alcanfor… Cada uno responde con lo que tiene, lógicamente.

Cuando llegó el turno de quien minutos antes me había dado amablemente la vez no pude contener un guiño cómplice, un apretar el puño como si el Princesa de Asturias me lo hubieran concedido a mí, un mudo “¡ánimo, seguro que líquido, calor y paciencia!” No sirvió de nada. Salió otra cara desencajada más con un nuevo “el siguiente” como banda sonora. Cuando nos cruzamos en el umbral me pareció entender un inerte y mántrico “no dan calor, no dan calor, no dan calor”…

Confieso que quedé sorprendido, desde luego no parecía haber un inspector de Hacienda con lupa y gabardina, tampoco encontré a mi Belén allí dentro cuando crucé ese límite del abuso. Una vez sentado frente a la Dra. Arrea Samanta, me presenté y mi boca se sublevó para contarle con sostenida preocupación los mímicos monólogos de mis predecesores de diagnóstico.

– Sí, estoy al tanto, no te preocupes, te digo lo que a todos – explicó, – soy epidemióloga y trato de atajar un brote potencialmente dramático. Mi labor consiste en hacer saber antes de que cunda la histeria colectiva que no, que ninguna manta es capaz de dar calor. Que no vale con sacarla del armario, que no es suficiente con acercarse o tumbarse encima, que funciona por debajo o dentro para conservar lo propio. Sólo por un lado.

El calor es otro rollo.

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