Opinión

Tiempos modernos

“El alma y el cuerpo se duermen juntos… ¿Se acelera la circulación demasiado? El alma no puede dormir. ¿Se encuentra el alma demasiado agitada? La sangre no puede sosegarse; galopa por las venas con un ruido audible: tales son las dos causas recíprocas del insomnio”. EL HOMBRE-MÁQUINA / Julien-Offray de la Mettrie.

La modernidad occidental procede en parte de la creencia en la dicotomía naturaleza-cultura, que hace de la Naturaleza una «cosa» ajena y separada, y del hombre un ser manipulable ad infinitum. Esa fe no atiende a la frontera – más cercana de lo que se cree- en que gracias a esa manipulación, siempre ampliable y perfectible, el hombre deja de ser humano para convertirse en «cosa, y como simple «cosa», tan ajeno y explotable como la propia Naturaleza.
Así como se puede manipular y explotar a la Naturaleza, también se puede manipular y explotar al ser humano. Para muchos, la fe en el futuro consiste en la certeza de ese proceso, que además se debe acelerar y hacer más eficiente mediante un estudio científico de su engranaje.

Si en el siglo XVIII, Julien Offray de La Mettrie pudo escribir, desde el ateísmo y la audacia, «El hombre máquina”, no debe extrañarnos que después Richard Taylor, desde un economicismo mezquino, casi “entomológico”, más válido para insectos que para seres humanos, escribiera «La organización científica del trabajo», inaugurando así el «Taylorismo» y con ello una forma más eficaz y científica de ordeñar al «hombre-máquina”, impulso “liberal” y humanista que llega hasta nuestros días.
Puesto en marcha el proceso, solo cabe la inercia del engranaje, y fatalmente el hombre acabará siendo una pieza más de su mecanismo. Es la inercia del futuro, que nos dicen será global, con un destino en lo universal que nos recuerda otras cruzadas salvíficas y medio africanas.

He aquí algunas fechas importantes en el curso no siempre claro de nuestra modernidad acelerada: en 1929 acontece «La Gran depresión» (alguna pieza que se desajusta, como suele ocurrir cuando todo vale); en ese mismo año (1929) Ortega y Gasset publica  «La rebelión de las masas» (es sabido que las “élites” nunca han roto un plato); en 1933 Hitler (con ayuda de las “elites” económicas) sube al poder y enseguida los nazis incendian el Reichstag, símbolo de la democracia, para instaurar una dictadura fascista, de paso endosan la autoría del hecho a un “comunista” al que guillotinan (una especie de caso Dreyfus pero con resultado más macabro); en 1936 las democracias occidentales traicionan a la joven democracia española abandonándola en garras del fascismo, esperan con ello calmar a la bestia, se equivocan; 1936 es también el año de una película de Chaplin: «Tiempos modernos», titulada así con envidiable ironía, y en la que se hace burla jocosa del “Taylorismo” y de todo mecanicismo ramplón y necio que deshumaniza al hombre para robarle el alma. Los héroes son los inadaptados: un Charlot en retirada y una bellísima Paulette Goddard.

«Tiempos modernos» es pues una película muda –salvo breves momentos sonoros- y en blanco y negro, que parece anunciar, ya en ese año tan lejano, el futuro moderno (o posmoderno) que nos aguardaba a nosotros. Un futuro también mudo y gris, aunque lleno de ruido y colorines.

La película de Chaplin se inicia con dos imágenes simbólicas: el reloj (metáfora del control) y el rebaño de borregos (metáfora de la masa manipulable y deshumanizada).

Muchos recordarán esa escena de la película, en la que Charlot acaba atrapado entre las ruedas dentadas de la maquinaria laboral que le embrutece a él y a sus compañeros, reducidos a meras piezas del engranaje, ajustables, acelerables, y sustituibles.

Muchos recordarán esa escena de la película, en la que Charlot acaba atrapado entre las ruedas dentadas de la maquinaria laboral que le embrutece a él y a sus compañeros, reducidos a meras piezas del engranaje, ajustables, acelerables, y sustituibles. La maquinaria del sistema se lo traga literalmente, y nuestro héroe, con una “flexibilidad” que contrasta con la dureza de las ruedas metálicas que le envuelven en su abrazo letal, se desliza hacia arriba y hacia abajo entre los amenazadores dientes, y aunque logra salir vivo de las entrañas de este moderno Leviatán, sale loco y necesitado de asistencia psiquiátrica. Lo cual demuestra que antes de incorporarse al proceso científico y mecánico de su explotación – una acelerada e inhumana cadena de montaje- estaba sano. Después no.

Cuando recuperado de su crisis nerviosa le dan el alta en el Hospital, los médicos le aconsejan: “No se excite, mantenga la calma”. Algo difícil de cumplir porque cuando sale al mundo exterior, lo que le aguarda es el estrépito frenético de la ciudad y el paro. La atmósfera del sistema. Antes y ahora.

La ironía ya empieza por el título -una auténtica profecía- pues efectivamente los tiempos “modernos” se nos presentan, tras su aparente brillo, como despiadadamente retrógrados, y tanto la tecnología punta como la gestión tecnócrata y científica de los recursos humanos, devienen en los instrumentos idóneos para esa cosificación del ser humano-currante que le convierten en más práctico y barato que una pieza de plástico.

Con la misma plasticidad e insensibilidad que el plástico a temperatura ambiente, se espera que el trabajador sea flexible y dúctil, y se adapte dócilmente a su puesto de trabajo, sean cuales sean las condiciones de este, dando por hecho que cualquier exigencia de “flexibilidad” puede ser incrementada y aceptada por otro trabajador más dócil o desesperado, de manera que el chantaje se convierte en el lubricante perfecto del sistema. Quizás por eso, cuando Charlot pierde la razón, “lubrica” rociándolos con grasa mecánica a sus compañeros de fatigas, piezas ya insensibles de una dinámica imparable y siniestra.

Otro momento cumbre y sumamente divertido de la película es cuando gracias a los avances de la ciencia unidos a las exigencias de la producción eficiente, se intenta aplicar una novedosa técnica de alimentación autómata, gracias a la cual el trabajador –convertido en tuerca- no tiene necesidad de abandonar su tarea para satisfacer algo tan rudimentario y primitivo como el hambre, dando por cierto que el trabajador flexible es capaz –incluso por un salario mínimo- de hacer las dos cosas al mismo tiempo: comer y trabajar, integrando ambas acciones en una misma inercia mecánica de gestos predecibles, medibles, y ajustables. Gestos que por supuesto es posible acelerar.

“No hagan pausas. Adelántense a la competencia”, dice la publicidad del aparato redentor. Al final el invento acaba en desastre, y la danza macabra de las bielas, los circuitos, y las bombas, que intentan embutir el alimento dosificado al currante, cebado y ordeñado en serie, acaba como el rosario de la aurora, que es como acaban todos aquellos intentos de contradecir las vetustas y sabias leyes de la fisiología humana, fisiología que como es sabido no carece de cierto componente anímico y espiritual, imposible de atrapar en una ecuación, como tampoco la felicidad.

A la flexibilidad del currante ordeñado le corresponde la ferocidad del gestor cuadriculado. Es obvio que este es el tándem perfecto de la nueva economía. Y para ello dichos gestores –todos cortados por un mismo patrón- se entrenan en masters corporativos (y gregarios) de reconocida excelencia, como es de dominio público. A mayor ferocidad más pluses –por buena gestión- en reconocimiento de esa ferocidad excelente con que la explotación se vuelve eficacísima. Es como robar al vuelo y fustigar con látigo, pero con soporte académico de alto standing.

Esto está también en la línea de lo que predica –sin aplicárselo a sí mismo- el gobernador del Banco de España, Luis María Linde, adiestrado o asilvestrado sin duda en uno de esos master de reconocido prestigio, cuando afirma que los pensionistas que tienen casa viven, por el hecho tenerla, demasiado bien, y que si a él le dejaran poner en práctica, de manera desregulada, lo que aprendió en su escuela de negocios, nuestros abuelos y abuelas, muy a pesar de su artrosis y el merecido descanso al que tiene derecho todo currante cumplida su vida laboral, se volverían de nuevo flexibles y productivos para el “sistema”. Todo un hito de pensamiento avanzado que demuestra como la “élite” –que nunca ha roto un plato- siempre va por delante y está en la vanguardia. Lo que pasa es que la retaguardia, aunque sea de andar por casa (propia o ajena), es sin comparación más lúcida y razonable: decían los pensionistas en su manifestación del día 17: “Pensiones si, corruptos no”. Ves, eso es sentido común, que no se aprende en la escuela de Linde.

Dentro de estas plasticidades de gestión flexible no se excluyen la trampa ni el fraude, antes al contrario, son casi la norma y el mejor lubricante, todo sea dicho. Son imperativos que forman parte de esas técnicas de gestión aprendidas entre maquetas de plástico y gráficas de precisión milimétrica, con las que el aniquilamiento progresivo del ser humano que trabaja y del que no, toma aspecto de ciencia seria y avanzada.

En esta ofensiva ideológica que intenta hacer de la selva un signo de distinción y elegancia, y de la rebelión de las masas un signo de resentimiento “populista”, no es ya posible distinguir –y esto es muy triste-  entre la gestión pública y privada de los recursos humanos (es decir, de los humanos a secas), pues todos hacen los mismos masters y se copian los mismos vicios, inercia que acaba por contaminar a los propios sindicatos.

En la lacra de la flexibilidad, el maltrato laboral y el fraude, avanzadísimas técnicas de gestión según el canon posmoderno, la empresa pública ya le hace la competencia descarada a la empresa privada, como si la Ley y la decencia no fueran las exigencias primeras de lo público. Así hemos podido leer estos días: “Un chivatazo destapa un gran cártel de las empresas de paquetería”, entre ellas Correos. Y también: “Trabajo obliga a Correos a retribuir a varios trabajadores que despedía los viernes y contrataba los lunes”.

Para lo que se estila en la gestión de la sanidad pública, por ejemplo, todo eso es pecata minuta, practicada por hermanitas de la caridad, créanme. Lo que pasa es que los focos no apuntan todavía ahí: a la sanidad pública.

Más allá de casos particulares y desde una perspectiva general, el nuevo orden global consiste básicamente en ponerles las cosas muy difíciles a los manteros y demás currantes, y muy fáciles a los grandes golfos y delincuentes fiscales. En ese orden, paradigma del desorden planificado (valga la contradicción), coinciden y están de acuerdo el neoliberalismo rampante y la socialdemocracia europea de salón, máscara bifronte que oculta lo mismo, y de la que no se extrae ninguna verdad.
El actual «caso Sarkozy» es uno más de una interminable serie que dibuja un «sistema» sistemáticamente corrupto. El descrédito de las Instituciones es ya apabullante. Harían falta 3 o 4 Goebbels para maquillar, mediante propaganda científica, ese cadáver.

Es necesario, por tanto, librarse de tabús ideológicos fruto del espejismo y la inercia de un falso futuro.

Parte importante de nuestra falsa modernidad -en lo sociopolítico- apunta al siglo XIX o más atrás. No progresamos en lo que más nos debe importar: lo humano y lo colectivo, como base y raíz de la libertad individual. Retrocedemos. Y retrocedemos hacia el mecanicismo amorfo de los insectos. Quizás por eso Noam Chomsky publicó recientemente un «Réquiem por el sueño americano», análisis certero sobre algunos mecanismos y engranajes de nuestra modernidad retrógrada, que además es profundamente antidemocrática.

Esa obra de Chomsky está escrita con el mismo espíritu y lucidez (sátira feroz) con que Chaplin rodó “Tiempos modernos”. La película de Chaplin es una cumbre del cine y del humanismo. El libro de Chomsky recoge ese testigo.

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