Opinión

La Dama y el Vagabundo

 

Fue hace mucho tiempo, un año antes del primer aniversario del nacimiento de los hombres. Como a ellos, la primera luz los hizo hermanos, casi idénticos, hasta que los separaron apenas minutos después del primer llanto. Fue por tanto apenas un llanto el tiempo que fueron iguales. A ella le esperaría toda una vida siendo deseada, envidiada, idealizada, todo el mundo la amaría, todo el mundo lucharía por ella, por conseguir su favor, su mirada, su sentir. Ella nunca sabría muy bien por qué.

 

A él, sin quererlo, le aguardaba por el contrario, toda una existencia de oscuridad y rechazo, se convertiría, por razones ajenas a su voluntad, en un ser despreciado, despreciable, rechazado y rechazable por todos, en la némesis del todo, la antítesis de todos. Nunca sabría muy bien por qué.

Ella se convertiría en la bandera, en la paloma, en la rama del olivo. Sería ejemplar para siempre. A él le tocaría ser el laberinto, el pozo sin fondo ni agua. A ella le corresponderían las canciones de amor incondicional y compromiso desde la hamaca sustentada por dos palmeras a escasos centímetros de la cálida arena blanca. A él le tocaría hacer jazz del metálico martilleo que inundaba la fundición. Cierto, mismo sudor. Cierto, distinto sudor.

Ella vestiría de arco iris y miel, sería imaginada como luz y como vida, sería el azul del cielo y el mar, el horizonte y la risa. Para él quedaría el negro y la hiel, la destrucción, el infierno, los ríos de lava y azufre y el llanto.

Ambos llevarían cadenas, Ella las vestiría siempre consigo, orgullosa, de fino oro y delicadas piedras preciosas alrededor de muñecas y cuello, las de él, de rudo e incorruptible acero lacerarían su piel y su carne, le impedirían separar sus manos y la del tobillo apenas le permitiría alejarse unos metros de la pared a la que estaba atornillada.

Nacieron iguales, pero en minutos, los hombres decidimos que no lo serían más. No les preguntamos, no necesitamos hacerlo para saber. No hace falta cuando decidimos anteponer el destino al camino. ¿Para qué cuestionar el significado de las cosas cuando nunca faltará la oportunidad de encajar a la fuerza una respuesta conveniente? Preguntar es él, creer es ella. Dudar es él. Saber es ella. Ella es una diosa, él es Belcebú.

Hace mucho tiempo que se decidió. Para tomar una medida longitudinal basta con centrarse en los extremos, por apostar toda la suerte a los puntos A y B de un segmento ya que, a fin de cuentas, todos los casi infinitos puntos que hay entre uno y otro son fácilmente confundibles con la línea que los une. Más que suficiente. Presentación y desenlace, despreciemos el nudo.

A ella se le dijo Libertad. Ella es la A. A él se le llamó Caos. Él es la B. Ellos siempre se sintieron hermanos, siempre han estado unidos. Siguen sin entender por qué ella es idolatrada y él vilipendiado.

Dicen que no se puede arrancar la cruz de una moneda y las que tienen dos caras, sencillamente son falsas.

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