Opinión

¿Por qué quiero ser inmortal, e incluso resucitar? (I)

El debate sobre el tema a que voy a referirme, fue el 18 de julio de 2018, y al empezar mi intervención, recordé que hasta 1975, este día,  fue en España fiesta, en las dos orillas del país. Por aquello de que para unos empezó la salvación de la nación con el alzamiento militar, y para otros, por el recuerdo del comienzo de una revolución política y social. Pero al final, lo que tuvimos fue una guerra civil terrible y una posguerra espantosa.

En ese día, 82 años después del 18.VII.1936, nos reunimos en Ávila, invitados por el Prof. Arana, de la Universidad de Sevilla, para meditar sobre el sentido de la vida, la longevidad y otros temas colaterales. Un tema que no puede ser más interesante: el alargamiento vital, incluso la inmortalidad, la posible resurrección, y tantas otras cosas. Son temas que nos hacen pensar, ya desde el principio con dos posibles preguntas: ¿Para qué quiere usted vivir más, con problemas de todas clases, muchos sin poder resolverlos? Y segunda: ¿para qué quiere usted resucitar, sin saber en qué condiciones podría hacerlo, ni cuándo ni cómo, ni para qué? Son preguntas que traslado hoy a mis lectores.

Pero antes de entrar en el fondo de esa questio disputata, veremos algunas cuestiones fundamentales, relativas al deseo de vivir, e incluso lo que es la misantropía de la existencia, para algunos.

  1. El deseo de vivir y la tristeza de la vida

El deseo de vivir, es una característica definitiva del homo sapiens, una fuerza por encima de todo, sin que lo que poco o mucho que sepamos sobre el cerebro explique suficientemente en qué estamos. En esa dirección, nos fijaremos en Viktor Emil Frankl (1905-1997), neurólogo y psiquiatra austriaco, superviviente del holocausto, que en 1945 publicó el libro El hombre en busca de sentido. 

En ese trabajo, Frankl describió su vida en tiempos en que era prisionero de un campo de concentración nazi, exponiendo la idea de que, hasta en aquellas condiciones extremas de deshumanización y sufrimiento, el hombre podía encontrar razones para vivir. Desde lo que él llamó dimensión espiritual, un concepto que le sirvió para concebir la Logoterapia, considerada, generalmente, como la tercera escuela vienesa de Psicología, junto a las de Freud y Adler. O la cuarta, si se considera la de Jung como la tercera.

Frankl mantuvo relación epistolar con Freud, quien le ayudó a publicar sus primeros escritos. Pero muy pronto abandonó la corriente psicoanalítica, para orientarse hacia la psicología individual de Adler, de quien también se apartaría más adelante. Para finalmente concebir la referida logoterapia, cuya denominación sugiere que lo fundamental es dar sentido a la existencia humana sobre tres principios que cabe sintetizar así:

  • La libertad de la voluntad (Antropología), explicativa de que todo hombre es capaz de tomar sus propias decisiones, siendo libre de escoger su destino, para evitar convertirse en una marioneta (antideterminismo).
  • La voluntad de sentido (Psicoterapia): expresiva de la idea del animatismo, la fuerza del alma presente en el ser humano, que lo hace único dentro del reino animal (psicologismo).
  • El propio sentido de vida (Filosofía). Para la Logoterapia es factor fundamental la percepción positiva del mundo frente al reduccionismo y el pesimismo.

En última instancia, para Frankl, vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar respuesta correcta a las cuestiones que la existencia nos plantea, así como cumplir con las obligaciones que la propia vida nos asigna a cada uno en cada instante particular.

Frente al deseo de vivir de Frankl, cabe oponer la tendencia de a la tristeza de la vida, tal como la vio Arthur Schopenhauer (1860), en su trabajo más famoso, Die Welt als Wille und Vorstellung que, tesis aparte, constituyó una obra maestra de la lengua alemana de todos los tiempos. Pero sobre todo, supuso una de las cumbres del idealismooccidental, por el pesimismo profundo que el filósofo destiló en esa obra. Su influencia perdura en una larga serie de escritores y pensadores de los siglos XIX y XX pero sinceramente creo que todo eso, en último término, no tiene sentido. ¿Y por qué digo eso? Sencillamente, como decía Antonio Grumsci, “frente al pesimismo de la inteligencia, está el optimismo de voluntad”.

Tras las observaciones de Frankl y las evaluaciones de Schopenhauer, entramos en la cuestión fundamental a los efectos inicialmente planteados.

  1. Cómo aumentar, o no, la duración de la vida

En la especie humana es patente la tendencia a una mayor longevidad, tema sobre el cual James Vaupel —director del Instituto Max Planck de Investigación Demográfica, de Rostock, Alemania— pronunció en Madrid, en una conferencia, en marzo de 2014, con el título El significativo aumento de la longevidad, dentro del ciclo “¿Seremos inmortales?”, organizado por la Fundación Santander. En preguntas y respuestas, algunas ideas del mentado Vaupel:

— ¿Dónde están los límites de nuestra esperanza de vida? 

— No los hay. Sé que es difícil de creer pero no hay ninguna evidencia científica, ni siquiera biológica, de que tenga que haber límites. Leonard Hayflick afirmaba –teatralizando mucho, como le gustaba hacer siempre en sus conferencias— que “solo hay una causa de muerte, y solo una: la edad. Y la edad no se puede remediar”.

—Y a nivel individual, ¿cómo mantenemos la hoguera ardiendo el mayor tiempo posible?

— Jonathan Swift, autor de Los viajes de Gulliver, escribió: “Todo el mundo quiere vivir mucho, pero nadie quiere llegar a viejo”. Llegar con buena salud a la senectud, es importante, para evitar la decrepitud. Y para eso, hay que llevar una dieta equilibrada, evitar el sobrepeso, hacer ejercicio, beber un poco de vino, ser feliz.

No cabe duda, que las preguntas hechas a James Vaupel, son interesantes, y más aún las respuestas, debiendo subrayarse que el deseo de alargar la vida lleva al de la inmortalidad, que es algo bastante antiguo. Se remonta a tiempos medievales, en la idea del llamado elixir de la vida,que en momentos posteriores se transformó en la fuente de la eterna juventud.

Recuerden Vds. a nuestro Juan Ponce de León, por la península de la Florida, buscando esa fantasía histórica, que, claro, nunca llegó a encontrar. Y murió, prematuramente, por las flechas de los indios, que más que contribuir a la eterna juventud, lo que querían era acabar con los invasores españoles que habían llegado.

Seguiremos la próxima semana.

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