Opinión

Rebelde condicional

 

No se reprimiría a la hora de defender su inconformismo. Rebelde. Despreciaba lo que entendía como una treta de los de arriba para apaciguar las hambres de los de abajo. Mirar a quién tiene un poquito menos para sentirse un poquito mejor. Mirar a los que tienen mucho menos para darse cuenta de lo mucho de más que se tiene. Mirar a los que no tienen casi nada para comprenderse en posesión de casi todo. Que las cosas no son como son sino como se interpretan, así que sean éstas bien interpretadas. Rebelde.

Lo contrario a ese inconformismo, buscar de una y mil formas la manera de decirse que hay más gente por detrás, que no se está viajando en el vagón de cola sino en uno ubicado hacia la mitad del tren. ¿Por qué no en el de cabeza para llegar antes?

Miraría a quienes tenían un poquito más entendiendo que así aprendería a estar un poquito mejor y es plausible quererlo así. Mirar a los que tenían mucho más para saber que efectivamente se pueden tener mucho más de lo que se tiene. Y disfrutarlo. Mirar a los que lo tienen casi todo para imaginarse que no les haga falta casi nada. Que las cosas no son como son sino como se interpretan. Que no sea necesario interpretarlas bien, rebelde.

Se lo habían dicho hasta la saciedad, todo esfuerzo conlleva (quizá contrae lo hubiera aliñado mejor) una recompensa. Se esforzaría desde joven para ignorar todo lo visto y valorar únicamente lo interpretado. Quería lo mejor. No aspiraría a menos. Solo lo mejor. Le resultaba lógico teniéndose en tal consideración. Retaría a deidades y astros, a lo blanco y a lo nigromante jurándose que solo se saciaría con cualidades superlativas. Solo lo mejor. Legítimo. Y se esforzó como nadie. Descubrió que no se trataba de ascender sino de avanzar. A cierta altura desaparecen el oxígeno y el calor. Ante de los ojos, en cambio, los pasos se presentan infinitos. Así los caminos.

Para encontrar el mejor es mejor tener cuidado. Lo sabía. No bastaría con ver los trenes pasar. No valdría subirse al primer tren que pasara por delante para, simplemente, no tener que excusarse por aquel tren perdido. Habría que saber cuál es, qué destino llevaría, a qué hora se detendría delante de su andén y cuánto tiempo esperaría con las puertas abiertas antes de reemprender la marcha. Lo sabía. Se haría maquinista.

En sus manos el reloj, la brújula, el mapa y el picaporte. El acelerador, el freno y prioridad en la vía. ¿No es lo mejor ser maquinista? Podría permitirse ir cuando quisiera a todos los mejores lugares, conocer todas las mejores cosas, las clasificaría, discutiría, valoraría y juzgaría con el mejor y más objetivo de los criterios y, al fin, sabría cómo se llama lo mejor.

Avanzó fácil hasta la intersección imposible. Allí sigue desde entonces. En el lugar donde no podría encontrar respuesta, donde solo quedaría por decidir entre las estaciones y las vías.

Moveyourself.    

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