Opinión

Francisco Umbral once años después de irse

Martes y 13, de noviembre, día de mucha suerte, a pesar de los maleficios. Y en la UAM, tuvimos un homenaje al escritor Francisco Umbral, con el sugestivo título de “Paradigma de una época”. Un seminario muy bien trabajado, que presentó Margarita Alfaro (Vicerrectora de la UAM), y al que incorporó gran sutileza Bénédicte de Buron Bru (UPPA). Ana Valencia (Fundación FU) fue la entusiasta organizadora, y Juan Carlos Gómez Alonso (UAM) un buen colaborador para todos los detalles.

El elenco del dramatis personae del acto en la UAM lo completó España, la viuda de Umbral, Presidenta de la Fundación que dedica su actividad al recuerdo y enaltecimiento de quien fue su marido en vida. Y al que España, a quien yo siempre he llamado Spain, tiene la dedicación propia que Santa Teresa tuvo a la divinidad en el célebre soneto que se le atribuye: “No me mueve Dios, para quererte…”.

En esa sesión tuve el honor de participar junto a la siempre sugestiva Carmen Rigalt, el erudito Emilio Blanco, la tesinanda china Li Zhuoqun. Todos nosotros, moderados por Manu Llorente, Jefe de Cultura en el diario El Mundo, que hizo preguntas sagaces, con contestaciones muy lucidas en mi opinión.

En ese encuentro, subrayé que Paco Umbral es uno de los pocos escritores que echamos de menos cada día que pasa. Como también, personalmente, echo de menos a Pío Baroja, pero de quien tenemos ocho volúmenes de sus Obras completas, de conversaciones inacabables. Y de gran valía en novelas como Los amores tardíosEl gran torbellino del mundo, César o nadaEl cura de Monleón, etc. Y conste que Paco y yo hablamos mucho de Pío Baroja, con posicionamientos muy diferentes, yo mucho más favorable al príncipe meditabundo de la generación del 98, y él bastante crítico de la manera de escribir de Don Pío, un poco a su patalallana.

A Paco se le echa de menos también por su presencia física, casi siempre solemne, y su voz impostada –no hubo otra mejor, sólo tal vez la de Félix Rodríguez de la Fuente—, con su figura esbelta. En invierno con un abrigo azul largo, sólo comparable al del Predicador, en la representación que del mismo hizo el conspicuo Clint Eastwood.

Con su cabeza bien modelada y sus densas gafas por las que veía el mundo, en sus escritos transformaba todo lo visual en agudas observaciones. Ribeteadas, tantas veces, de escepticismo, haciéndose el snob que nunca lo fue. Y rematando con críticas a veces implacables a determinados personajes. Como le sucedió en su novela Leyenda del César visionario, donde castigó a Pedro Laín por exceso de meditabundo. En tanto que en sus artículos en El Mundo, lo hizo, con grande y vistosa desfachatez, con Agustín Rodríguez Sahagún, el alcalde del CDS, Pelopincho, cuyos pensamientos dijo el gran Paco “surgían como escarpias de su reverenciable testa”.

Paco Umbral fue y sigue siendo una institución. Y en vida siempre lo hizo valer, sobre todo en aquella entrevista televisiva, en la que perezosamente participó, hasta llegar el momento en que exigió que se hablara de su último libro, que era a lo que él había ido. Y como no se habló lo suficiente de su obra, como en las obras de Shakespeare, exit, se fue casi tan chulo como un ocho, el inventor del cheli.

También recuerdo que una vez en el Casino de Madrid, el de Alcalá 15, no el de Torrelodones, en una conferencia que dio a las cinco de la tarde, ya muy avanzada la calurosa primavera, un servidor llegó tras una comida copiosa, y se quedó dormido como un bendito: con gran alegría de la televisión, que me enfocó en tres posiciones diferentes, a cual más en brazos de Morfeo. Y al vernos tras el onírico trance, Paco me dijo filosóficamente:

  • Ramón, ¡qué bien me has dormido esta tarde! Es lo que tiene la literatura a ciertas horas…

Paco era un personaje de su propia vida, y la pena es que no nos haya dejado unas verdaderas Memorias (sólo retazos de ellas), con todo lo que de vivo y mundano desfiló en su vida. Desde cuando era un muchachito de Valladolid que llegó al Café Gijón en busca de El Dorado literario, hasta conquistar el Premio Cervantes, después de haber sido Príncipe de Asturias. Ocasión esa última en que nos llevó a Carmen Prieto-Castro (mi Santa, como decía el propio escritor) y a mí a la Vetusta de Clarín –luego hablaremos de él—, configurando así tres invitados de verdadero postín: el Dr. Portera, su médico particular, Stampa, su abogado supongo que para derechos de autor y otros menesteres, y su economista que era un servidor, Ramón Tamames, para consultas ocasionales como por dónde iban el PIB y esas fruslerías tan escasamente literarias.

Ojalá que las tesis doctorales que están haciéndose ahora sobre Paco sean como unas Memorias, y rememoren la vida del gran escritor. De quien en un homenaje a su persona en vida, en la UCM-El Escorial –estando a mi lado Fernando Fernán Gómez, el del Viaje a ninguna parte— dije sin más pensarlo: “La mejor novela de Paco está por escribir…”. Ante lo cual, Umbral no ocultó su desazón, y entre otros títulos, en su réplica salió Mortal y rosa. Como en la UAM hace pocos días salió Un ser de lejanías, como opus magna del gran Paco, en palabras de la especialista Beatrice Buron Brun. Quien dijo también que muchos artículos umbralianos tenían musicalidad. Tal vez un tanto barroca, como sucede en el concierto para clarinete y orquesta de Wolfang Amadeus.

Las frases e identidades de Umbral han pasado, algunas, al lenguaje habitual. Así recuerdo tras una sesión que tuve en la Universidad Libre de Berlín, el 20 de noviembre de 1975, que los obreros españoles nos invitaron al Prof. Ignacio Sotelo (mi anfitrión) y a mí, después de la sesión académica, a participar en una gran fiesta que estaban preparando para celebrar la muerte de Franco. Pero Ignacio y yo preferimos irnos a cenar tranquilamente, por aquello de no celebrar ninguna muerte. Además, a pesar de muchos héroes de la oposición que sufrieron cárceles y otras miserias, Franco murió en la cama, y como diría después Francisco Umbral: “¡Le matamos de muerte natural!”.

También Paco tuvo una designación para el puente laboral del 6 al 8 de diciembre, que antes se llamaba de la Purísima (con la fiesta de la Ley de Leyes el 6 de diciembre), y que él pasó a denominar, por aquello de la Constitución el día 6, el “puente de la Inmaculada Constitución”.

En la Transición oí varias lisonjas sobre mi persona, de gente muy distinguida. Y entre ellas, citaré la de Fernando Abril Martorell, que como vicepresidente del Gobierno, cayó en una política económica de gota a gota, del más puro día a día. Yo se lo critiqué, y como me tenía en alta estima, y además éramos vecinos de bloque en el madrileño distrito de Chamartín de la Rosa, me replicó. Y al final dijo: “Ramón, tú eres el lujo del PCE…”.

Y al respecto también recuerdo algo parecido, de cuando unos meses antes, en un artículo que Francisco Umbral escribió para el Playboy, versión española, dijo de mi persona: “Ramón Tamames, príncipe del PCE”.

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