Opinión

Un decálogo para la reflexión a propósito del libro Buscando a Dios en el Universo (Erasmus)

En mi libro Buscando a Dios en el universo, trato de desvelar, de alguna manera, por qué una serie de eventos cosmológicos, cabría decir que están a favor de que funciona una inteligencia superior (IS) que en momentos determinados puede haber intervenido en la creación y la triple evolución del espacio/tiempo: desde el big bang el todo entró en una expansión indefinida; en paralelo, la materia, desde el plasma originario pasó a más de cien elementos de la tabla periódica de Mendeléyev (del hidrógeno al laurencio), según el peso periódico de cada uno; en tanto que la evolución biológica se desarrolló desde la primera bacteria viviente hasta el homo sapiens y las posibilidades del futuro transhumanismo.

En esa dirección, se trata de intuir, conocerlo aún es imposible, cómo pudo intervenir la IS, sin que esa participación se conozca en la cosmología a través de una profecía o de cualquier clase de misticismo, de introspecciones sobrenaturales. Contrariamente a esas dos sendas, para la referida intuición nos basamos en hechos científicos hasta ahora no explicados, episodios todavía inciertos en su cambio que tratamos de resumir en diez momentos:

1. El Big bang es una teoría que parece perfectamente confirmada, excepto que no se sabe por qué empezó hace 13.800 millones de años: ¿espontáneamente o lo que llamamos explosión tuvo un detonante no explicado? Realmente, atribuir ese acto fundacional del todo al azar y la necesidad es reconocer una notoria incertidumbre, en contra de la precisión que está en el espíritu propio de la ciencia.

2. ¿Qué pasó antes del big bang y cómo será el final del desarrollo de su expansión? No tenemos idea si actualmente estamos viviendo en un universo en eterna expansión, hasta ser un caos frío e inerte, o si vamos al big crunch. Con la amnesia cósmica intermedia de los sucesivos ciclos, a menos que la IS mantenga los registros de memoria de todo un proceso que parece puede ser eterno.

3. La evolución de la materia es evidente, en la línea de los crecientes pesos atómicos de los elementos, según la tabla periódica desarrollada por Dimitri Mendeléyev, que ha podido ser continuada por el propio hombre con nuevos especímenes, como el plutonio y otros. ¿Existía esta tabla en una mente tipo IS antes del big bang? ¿Será esa estructura de la materia la misma en otros universos, de haberlos? ¿Cómo se ordenaron esos elementos en la realidad, con unas pautas tan admirables?

4. ¿Existe alguna civilización avanzada en algún lugar del universo aparte de la Tierra? ¿O está la humanidad sola en un cosmos que tiende a infinito? La posible respuesta ¿vendrá con el progreso de la astrofísica? ¿Sería, en caso de estar solos, una decisión electiva del IS, en la idea de que la Tierra sea un planeta de montaje como imaginó Asimov, para ver desde algún sitio cómo funcionamos?

5. La tercera evolución, después del Universo y la materia, es la biológica. Una certeza científica desde Wallace y Darwin. Pero no tenemos idea de si ese avance teleológico, hacia la máxima perfección de los seres vivos en el sapiens, fue debido simplemente al azar y la necesidad, o si hubo algún tipo de teleonomía guiada en momentos decisivos, como el origen del DNA –de 7.500 millones de kilómetros, como de aquí a Plutón en su longitud total— o la configuración del cerebro humano (billones de neuronas interconectadas), como plantean Collins y Wallace, respectivamente.

6. Hay muchas indicaciones de que la Tierra puede ser un planeta antrópico en el medio del Universo, que experimentó el triple proceso evolutivo ya expuesto, y que llevó a los humanos a lo que son. Permitiéndose nuestra presente existencia, en el medio de todo el universo tal vez inhabitado más allá de nuestro entorno. Y suponiendo que ese sea el caso, si realmente los humanos estamos solos en el cosmos, esa podría ser una señal más que significativa de que la IS protegió la vida misma del proyecto humano, hasta donde hoy sabemos, con algún designio definido pero aún no conocido. Y la paradoja de Fermi completa nuestro razonamiento: estamos tan distantes que es como si cada civilización pensante en el cosmos estuviera sola.

7Además, nos preguntamos qué le espera al hombre en su evolución, con las posibles futuras etapas del transhumanismo e inteligencia artificial que hoy son inimaginables. Y en esa larga secuencia, cabe preguntarse, ¿será posible que vayamos a destruir nuestra presente civilización, o habrá alguna decisión de la IS para la preservación de la humanidad, como plataforma de experiencia hasta ver dónde podemos llegar? Tal vez sólo una IS puede evitar que el gran peligro quede descartado.

8. Entre actitudes pesimistas y optimistaslos seres humanos de cualquier lugar, y especialmente en los países más desarrollados, pueden elegir su propio iter personal para aumentar su nivel de conocimiento y entender a la postre el por qué de la vida humana y su futuro en medio de la naturaleza y el universo. Y muchos científicos y filósofos apuestan por un instante en que pueda responderse a las que hoy son todavía preguntas aporéticas: ¿Qué pasaría entonces? ¿Se alcanzaría entonces a entender el sentido de la vida y la percepción de la IS, como se pretende en teorías como la del punto omega?

9. ¿Podemos asumir que ese más alto nivel de evolución humana puede significar que se logra elobjetivo de la armonía global, acabando así con los peligros de la guerra nuclear de extinción? ¿Podemos encontrar una nueva senda de reconquistar el planeta preservándolo de los peligros que lo amenazan? Sería la autosalvación de los humanos.

10. La religión es creer por la fe, la ciencia es buscar explicaciones para las preguntas de la creación evolutiva en medio de la cual vivimosEn esa doble vía, será factible quizá que la religión modernizada encaje filosóficamente con la Ciencia. En cualquier caso, y sine die, la Religión humanizada cosmológicamente tiene que respetar a la Ciencia.

Por último, y ya fuera del decálogo anterior, yo diría que el hombre tiene el instinto de la felicidad, de tiempo en tiempo algún momento de un estado de bienestar en el que siente haber alcanzado el equilibrio perfecto en circunstancias de una cierta emoción personal que nos hace intuir la grandeza de la vida.

Yo tuve esa sensación hace pocos días, cuando estaba escribiendo el presente ensayo, el 5 de diciembre de 2018, víspera de los 40 años de la Constitución Española. Fue escuchando en el Auditorio Nacional de Madrid la Novena de Beethoven, y más en concreto el segundo tiempo, el del adagio. Se me juntaron en el cerebro el momento del referéndum constitucional de cuatro décadas antes, juntando la sensación de entonces y de ahora de haber cumplido con el deber. Todo, al tiempo que escuchaba la melodía suave del Himno a la Alegría (letra de Schiller), lenta, ensoñecedora. Fue un momento perfecto, no exento de una sensación de relación cósmica con todos los que estábamos en el Auditorio y fuera de él. Me sentí feliz. Luego, al salir a la calle, ya era otra cosa.

NOTA: Acompañamos a este artículo la ficha editorial del libro (otra vez), por si los lectores de lacronicadesalamanca.com quiere hacerse con el texto completo.

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