Opinión

D. Miguel y la luz de Mafasca

 

21 de febrero de 1924, D. Miguel acude a dar su última clase antes de ser desterrado a Fuerteventura: “para el próximo día, la lección siguiente”.

Desposeído de todos sus cargos y sueldos, la familia numerosa al completo, con su Concha a la cabeza, vio el futuro más negro que el  carbón de encina.

Al llegar a la Isla pudo ver que aquella tierra era tan plana y pobre como la que dejaba atrás, y como era sociable por naturaleza, rápido hizo amigos. Y entre ellos un pastor llamado Diego Cabrera y un cura llamado Mateo.

Acompañaba al primero en el pastoreo y se les hizo de noche. De vuelta a casa una extraña luz atemorizó al rebaño de cabras y ovejas haciéndolas huir  campo a través. El propio D. Miguel no se explicaba el fenómeno.

El cabrero le contó que esa luz apareció por primera vez cuando unos pastores tenían hambre e hicieron una hoguera para asar carne y utilizaron la única madera que tenían a mano, una cruz. Era la típica cruz que señalaba un enterramiento humano.

El vasco,  razonando, dijo a Diego  que bien pudieran ser luciérnagas o algún fenómeno natural como lo es el de la aurora boreal. El majorero contestó que no sabía nada  pero que había oído contar que era el alma del enterrado que por sus  pecados había ido al purgatorio y pedía misas para su redención.

Don Miguel, siempre irónico, comentó al isleño que en el purgatorio y en el infierno las almas penan por un igual, pero en el primero de forma “temporal”, manteniendo la esperanza de ir al cielo, y en el segundo eternamente.

A la vista del debate, el profesor accedió a ir al día siguiente a la iglesia de la Antigua para pagar varias misas y  ayudar al alma del difunto.  Dicho y hecho, al día siguiente se encontraron con el sacerdote y D. Miguel entregó las escasas monedas que llevaba encima, sin empleo ni sueldo, ya me dirán.

El cura, que leía las obras del intelectual, quiso ejercer doctamente y  les dijo que eso eran simples leyendas locales y que los lugareños concebían las almas con peso  y energía,  apareciéndose  en forma de luz de vez en cuando.

Don Miguel, que en esos malos momentos de su vida no creía ni en dios ni en el diablo, ni mucho menos en la Humanidad, dio por buena su pequeña inversión, ya que era el único que llevaba algunas pesetas en el bolsillo.

Y la dio por buena ya que recorrió ese camino  otras muchas veces  a la misma hora y en  la misma compañía pero nunca más volvieron a ver la luz de Mafasca. Su dinero, por primera vez, había servido para algo bueno.

Literatura Abstracta 


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