Opinión

La mano

 

Por entonces yo casi no veía. Mi problema de nacimiento, la miopía magna, se había agudizado con unas cataratas miópicas. Todos decían que cuando me las pudiesen quitar vería como nunca. Pero la cosa se agravó al tener la retina en muy mal estado.

Era como si a un paño, muy sobado, se le hubiese deteriorado el tejido y tuviese muchos agujeros. Se podía romper en cualquier instante, ante un esfuerzo. Así era mi retina, que se podía arreglar con unas pequeñas microquemaduras producidas por láser, en los huecos. De aplicarlas se encargó mi gran amigo Maximiliano Escudero. Pero, ¿cómo afinar la puntería, si las cataratas le impedían una visión precisa? Pero él lo hizo, con su gran sabiduría. Fue laborioso y lento, ¡pero lo hizo!

En mi cerebro resonaba el tac, tac, cada vez que apretaba el disparador de láser. Cuando llegaba a casa Pili me regaba los doloridos ojos con suero. La última sesión fue la más dolorosa. Todo mi cuerpo estaba crispado. Y, de pronto, sentí en mi nuca la presión de una mano femenina. ¡Era la enfermera, Inmaculada, que sabía de mi dolor! ¡Bendita mano! ¡Fue como una recarga de energía!

En la Capilla Sixtina.

Se ha escrito mucho sobre la importancia de la mano, de su contacto. Es una de las principales características de la especie humana, a nivel paleontológico, religioso, etnográfico y de cualquier forma que nos podamos imaginar. La mano sirve para hacer el bien, pero también para hacer el mal. Bendice, acaricia, saluda, señala, coge, cura, reza, pide, da, toca, dibuja, aplaude, golpea… Incluso habla y ve… Pero, sobre todo, TRANSMITE.

Sí. El alma puede transmitir nuestro sentimiento por medio de los ojos y de las manos. La voz es más engañosa; por algo se dice aquello de que “Dios nos dio el habla para ocultar nuestro pensamiento“. Pero la mano, no. ¡No engaña!

¿No recuerdas cuando declaraste tu amor por primera vez, al ser amado, la emoción que sentiste al coger su mano?

Cuando quieres casarte, ¿no tienes que pedir su mano a los padres?

Cuando visitas a un enfermo ¿no quieres coger su mano, para darle tu calor, tu energía, tu aliento?

Cuando te dan la mano protocolariamente, ¿no la sientes fría, sin energía interna, intransmisora?

Tengo el honor de ser Familiar de Enfermos de Alzhéimer. Y allí entre ellos he visto y aprendido muchas cosas, que me han hecho más humano. Siento en mí una gran alegría cuando al dar la mano a un enfermo su cara se ilumina. Puede que no pueda sonreír, ¡pero sus ojos…!

¡Y no digamos mi Pili! ¡Qué felicidad cuando busca mi mano, que no quiere soltar!

Pero… ¿y esos enfermos totalmente inmóviles? ¿Insensibles? ¿Notan algo si les cogemos la mano? Desde luego, tú sí. Sientes muy fuertemente tu amor por él, que quieres transmitirle. Y él ¿lo recibe, lo acusa?

¡Yo creo que sí! ¡Que su alma, eterna, está ahí, que te está sintiendo, pero no puede hacértelo saber…!

A lo largo de mi vida he visto y percibido algunas cosas inexplicables. Y probablemente a ti, lector, te ha pasado lo mismo. No comprendemos ese gran misterio. Buscamos su explicación, sin hallarla… ¡Piénsalo!

¡Usa tu mano como transmisor de ese amor! ¡No tengas reparo en darlo! ¡Recuerda que somos humanos, no máquinas!



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