Opinión

La transición

 

Los dos profetas arribaron a la ciudad armados hasta los dientes con una sola palabra. Listos. Conocían de antemano la tibieza de los individuos que la poblaban. Necesitaban banderas que seguir y sobre las que secar sus ajados y cansados ojos en caso de segura necesidad.

Uno entró levantando los brazos, con seguridad y energía. Voz firme, gesto serio, letra rotunda. Una mitad quedó embelesada con él. Lo comprarían para siempre porque en adelante serviría para todo tiempo y momento. Lo recordarían siempre. Estaría a su servicio puntualmente siempre que se diera un mismo hecho. Serviría para animar siempre que pudiera observarse algún caso peor, traería costumbres ancestrales, las de siempre. A disposición para cualquier despedida con un sincero hasta siempre y llevar de la mano hasta el último de los días, para siempre. A la eternidad, por siempre. Pero no era idiota, avisaba de que pondría condiciones. Siempre y cuando. Si, siempre.

El otro se mostró a hurtadillas. A cubierto con su voz baja, sumiso, taciturno, tenue y agostado. Se quedó la otra mitad. A él se abrazaron los deudores, los tímidos, los cómodos, los obligados, los apáticos, los indiferentes, los que dejan que los demás hagan incluso lo que les correspondía hacer a ellos, lo que estaba de su mano a poco que la movieran, los afectados… Combustible para el Nunca, a quien le vale asociarse con cualquier verbo móvil para invitar a un narcótico imposible.

Los siempres caminaron para siempre, corrieron para siempre, volaron para siempre, siguieron siempre, se alegraron siempre, vinieron siempre, se fueron siempre, avanzaron siempre, sonaron siempre, pensaron siempre, tocaron siempre, mancharon siempre, dudaron siempre, criticaron siempre, soñaron siempre, deliraron siempre, alumbraron siempre, jugaron siempre, juzgaron siempre, mandaron siempre, obedecieron siempre…

Los nuncas nunca caminaron, nunca corrieron, nunca volaron, nunca siguieron, nunca se alegraron, nunca vinieron, nunca se fueron, nunca avanzaron, nunca sonaron, nunca pensaron, nunca tocaron, nunca mancharon, nunca dudaron, nunca criticaron, nunca soñaron, nunca deliraron, nunca alumbraron, nunca jugaron, nunca juzgaron, nunca mandaron, nunca obedecieron…

Y vivieron perdices y comieron felices. Los dos forasteros consiguieron traer un perfecto equilibrio perfecto a la caótica ciudad. La convirtieron en ejemplo de convivencia estudiado por todas las demás porque consiguieron eliminar lo que era la plaga de sus tiempos. Acabaron de un plumazo con todos los conflictos ya que cada siempre tenía un nunca del que valerse o asociarse y ningún nunca tardaría en encontrar un siempre al que subirse o bajo el que cobijarse.

Pero algo sucedió un día. Nació una niña. Sus padres, orgullosos, le dieron lo mejor de cada uno, le enseñaron todos sus siempres y todos sus nuncas y ella, orgullosa también, los aprendió todos. A veces caminó, a veces corrió, a veces voló, a veces siguió, a veces se alegró… En ocasiones paró, descansó, mantuvo los pies en el suelo, entristeció…

La llamaron Duda y dudó. Casi nunca es siempre. Siempre es nunca.

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