Opinión

Cinco sentidos

 

– ¿Sabes que me ha escrito mucha gente elogiando lo que escribiste el otro día sobre las imágenes que causan impresión?

– ¿Ah, síi? Pues sólo me referí a una, la de «Las amapolas» de Monet

– ¡Ah! ¿Pero puedes hablar más de otras?

– ¡Claro! Yo me imagino que todos hemos tenido esos impactos, pero la memoria se ha diluido… Quizás estos escritos míos les sirvan para revivir aquellos momentos…

– Creo que merece la pena hacerte una entrevista sobre el particular. ¿Te parece?

– Pues muy bien, querida periodista. Empieza cuando quieras.

– Bien. Allá vamos. Nos ahorraremos que te presente. Ya lo haré yo después…

– Bueno…


– Usted ha escrito que una imagen le ha quedado asociada a un momento de su vida… Supone que no sólo la vista es capaz de percibir esas impresiones que dejan huella perenne. ¿No es así?

– Pues sí. Y le puedo poner ejemplos de cada uno de los cinco sentidos. Así, siguiendo con cuadros que me han entrado por los ojos, hay otra imagen que no se me puede borrar. Verá usted. El 2 de mayo del 90 fue para mí un nacer de nuevo. El gran oftalmólogo José María Barahona me quitó una catarata miópica en una delicada operación. Dos días después, me atreví a levantar la cabeza y pude contemplar, colgado de la pared, un grabado de la catedral de Amberes, nítido… Fue lo primero que vi, desde la cama, iniciando una etapa de mi vida de gran euforia por los constantes descubrimientos que hacía de cosas hasta entonces casi intuidas, y ahora apreciadas con todo detalle…

Catedral de Amberes.

– Sí. Comprendo que debió ser impactante…

– Esa es la palabra que mejor lo define. ¡Impactante! ¡Inolvidable!

– ¿Y no ha habido ningún cuadro famoso que le haya producido un efecto parecido?

– Pues sí. Algún tiempo después visité el Museo del Prado. Me quedé extasiado ante «Las Meninas». Pero, con ser muy fuerte la impresión, no lo fue tanto como para asociarlo a un cambio en mi vida.

– Claro, claro. Si le parece, vamos a dar un breve repaso a los otros sentidos. Por ejemplo, ¿qué me puede decir del olfato?

– Bueno. Ya comenté el otro día que hubo algo, como un aroma, que asocié a la primavera, recordando aquella vez en que mi hermano Pepe me llevó a un lugar, tranquilo, con ese algo indescriptible, asociado, quizás al polen primaveral.

«Leí hace mucho una novela de Agatha Christie, en la que hace recordar los hechos a un testigo de un crimen con olor de un ramo de flores… Me llamó mucho la atención y comprobé, desde entonces, que algunos lugares eran característicos por un aroma especial; había un molino abandonado, cercano a la famosa Venta de Mollorido –de la que no se ven ni las ruinas, borradas por la granja La Carolina–, que vi por primera vez con lilos en flor. Hoy no queda nada de aquello y la última vez que pasé por allí no tenía el añorado olor de sus flores… Pero siempre asociaré el aroma de las lilas a aquel molino del río Mazores…

«Ahora… No sé, pero me parece que una inoportuna alergia me está privando de percibir esas sensaciones tan agradables…

– ¿Y del gusto, qué me puede decir?

– ¿De lo que prefiero comer o beber? Me parece a mí que cada uno tiene su historia en este sentido. Todos tenemos nuestras preferencias, que puede que nos hayan cambiado con el tiempo…

– Si. Claro. ¿Pero hay algo que le haya impactado de una manera especial?

– Pues… Sí. La primera vez que comí cochinillo asado. Fue en un restaurante especializado que hay cerca de la Plaza Mayor de Madrid, y luego, otro, tan sabroso o más, en Casa Cándido, en Segovia. ¡No he vuelto a sentir ese sabor sublime, por más que lo he buscado! Naturalmente, sería por la primicia… Algo parecido me ocurrió con las tortas de queso de El Casar de Cáceres. ¡Ninguna se parece a la primera que degusté! ¡Era un manjar de dioses!

– Bien. ¿Y del oído?

– Poca cosa. Tenga en cuenta que estoy ahora más sordo que una tapia. Pero bueno… ¡también lo era Beethoven, y mire lo que hizo!

«Puestos a recordar, no hace mucho al escuchar una grabación antigua de Irma Vila –«Soy soldado de levita, de esos de caballería…»– me vino el imborrable sonido de mi infancia. ¡Si quiere se la canto!

– No. No. Y ¿no hay algún disco que le impactase?

– Sí. Cuando mi hermana Petri se compró un tocadiscos, adquirí un disco con las rapsodias húngaras 1 y 2 de Liszt. Me pasaba oyéndolas una y otra vez.

«En cierta ocasión, Pili se empeñó en que fuésemos a ver «El huésped del Sevillano» en el teatro de La Zarzuela, de Madrid. ¡Aquellos compases de «Fiel espada triunfadora, que ahora brillas en mi mano…» cantados por Ricardo Jiménez, o las alegres notas de «Somos lagarteranas y hemos venido de Lagartera…», penetraron profundamente en mi alma, haciéndome amar, desde entonces, al «género chico»!

Ricardo Jiménez cantando «Fiel espada triunfadora…»

– Bien. Y llegamos al quinto sentido, el tacto. ¿Qué puede decir a los lectores?

– Pues nada, porque pienso que esos instantes emotivos pertenecen a la intimidad de cada persona. ¿No le parece?

– Tiene razón. Bueno, pues acabamos de dar aquí un breve repaso a algunos de sus momentos impactantes en los cinco sentidos. Quizás hayamos iniciado con esto una nueva forma de analizar la personalidad. En todo caso, espero que a nuestros lectores les dé en que pensar. ¡Muchas gracias!


– Bueno. Pues ya está. ¿Qué te ha parecido?

– Muy bien. Nos hemos divertido. Seguro que ahora te pones a pensar y salen más momentos. ¿A qué sí?

– Pues claro. Mira, sin ir más lejos, me estoy acordando de lugares impactantes para mí…

– Bueno. Bueno. Pero eso…, dejémoslo para otro momento. ¿Vale?

– ¡Vale!



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