Opinión

Querida desconocida

 

Es más que probable que nunca llegues a tropezar con esta carta pero aun así me veo obligado a contarte, a contar a todo el mundo, que me estremeció tu consternación. No hizo falta decir nada para que quien estuviera en un ángulo de visión apropiado fuera consciente de tu desdicha.

Quienes estaban a tu alrededor, entiendo que tus dos hijos y, supongo que tu marido, el portador del infortunio, fueron inmediatos partícipes de tu sorda mezcla de enojo y frustración. Yo lo vi. Fue como presenciar el clímax dramático de una tragedia griega. Sin decir ni una sola palabra.

Tus brazos parecieron descolgarse de los hombros que los sujetan a tu cuerpo. Suerte que los codos descansaban sobre la mesa. Tu columna vertebral perdió su rigidez y dejó de dar sustento a tu, seguramente, exigida espalda sobre la que también seguramente depositas todas esas pesadas exigencias que te presenta el día a día. Aquel atisbo de sonrisa que mostraban tus tranquilos labios quedó borrado abruptamente. Sujetaste la mueca con magistral dignidad. Gracias. Contemplarla en aquel preciso instante me hizo entender el gesto que Leonardo trazó en la boca de Mona Lisa Gherardini.

Tu mirada no dejó de ver. Lo sé porque fuiste capaz de mantenerla con firmeza frente al verdugo portador de tan funestas noticias, pero tus ojos ya no eran los mismos. Que ninguna lágrima recorriera tu mejilla no escondió tu llanto interior. Se tornaron taciturnos, se hicieron pesados, capaces de arrastrar tu cabeza hacia abajo para luego recomponerse perdidos, vidriosos. Llanto seco. ¿Sabes? Pensé por un momento que ese estado no era desconocido para ti.

Tampoco hablaste. No hizo falta para saber que, quizás, todas las palabras del mundo, en todos los idiomas del mundo huyeran de tu boca por un momento. Qué decir cuando no hay nada que decir ¿Verdad? Quizá no fuera la falta de léxico, quizá te abandonó el tono, quizá tus pulmones quedaron vacíos, sin aire… Enorgullécete, hace falta aplomo para gritar semejante silencio.

Debo reconocer también cómo te rehiciste. Te aplaudo el pundonor, la serenidad, la seguridad, la cordura, el buen juicio, la sabiduría y la justa medida con que resolviste la situación. Estuviste excelsa. Ni un reproche, ni una salida de tono, ni un jobar, ni un es que. Solo un sencillo y brutal silencio digestivo. Y a continuar con lo que estabas. Tardaste minutos en desandar el camino que acabo de describir, pero conseguiste llegar sin excesiva tardanza al lugar emocional que, ojalá, nunca te hubieran obligado a abandonar.

Lograste focalizarte de nuevo, doy por hecho que te hiciste inconscientemente consciente del lugar donde estabas y la compañía que te rodeaba y continuaste. Casi como si no hubiera pasado nada. Ambos sabemos que sí paso.

Ojalá. Te prometo que de haber podido habría hecho algo por ti, la estampa me conmovió. Ni siquiera pude hacerlo por mí mismo maldita sea. También fui víctima. A ti te dijeron que no había chopitos, a mí, que no tenían pimientos.

Moveyourself.    

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