Jesús Málaga

Los préstamos de la Caja

JESÚS MÁLAGA: ‘Desde el balcón de la Plaza Mayor’ (Memorias de un alcalde)

Para empezar a solucionar los muchos problemas que tenía Salamanca necesitábamos dinero. El presidente de Caja Salamanca era José María Vargas Zúñiga, un hombre procedente del Movimiento Nacional que había evolucionado hacia posiciones socialdemócratas. No le conocía. Pedí verle y me encaminé a su despacho de la Plaza de los Bandos donde me recibió con amabilidad y deferencia. Le conté todos mis proyectos y como alcanzarlos. Me vio tan joven y tan sincero que le caí bien, y es justo decir que me ayudó, concediéndome préstamos para realizar las primeras inversiones.

José María había sido un hombre clave en la transición española, especialmente en Salamanca. Su incidencia en la organización de UCD fue decisiva. Su palabra en la derecha iba a misa, podemos decir sin equivocarnos que Vargas era el hombre más influyente de Salamanca. Nada se movía en la ciudad sin su consentimiento.

Pero Vargas hizo algo más, me introdujo en la sociedad salmantina que había recibido mi llegada al Ayuntamiento como si fuera un ataque, e hizo que se normalizaran las relaciones institucionales.

Había recibido una invitación del gobernador civil para asistir a una recepción en su domicilio oficial de la Gran Vía, la casa que años después ocuparía como subdelegado de Gobierno. Llegamos con los Mayalde, que iban a actuar para los invitados, y llamamos a la puerta. Al decirle a la doncella con cofia que nos abrió la puerta quiénes éramos, nos indicó la puerta principal para que entráramos María José y yo, y la de servicio para que accediera el dúo folclórico.

Al entrar en la sala donde se celebraba la recepción nos encontramos con el “toda Salamanca”. Fuimos recibidos como extraños, con frialdad. Se mascaba la tensión. María José y yo en una esquina, el resto enfrente. De repente, surgió de entre el gentío una pareja y enseguida reconocí a uno de ellos. Eran José María Vargas Zúñiga y su mujer, María Dolores Pérez Lucas, que rompiendo el silencio se acercaron a saludarnos y a conversar con nosotros. Desde ese momento todo cambió, la tensión cedió y fuimos unos más de aquella fiesta que parecía organizada para dar a conocer a la ciudad a un muchacho de 33 años que había sido elegido alcalde sorprendiendo a todos, y que había tenido la osadía de aceptar la invitación del gobernador civil de Salamanca, entonces todopoderoso personaje político.



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