Opinión

Rencor

 

– Ya veo que pasó con nota muy alta la prueba como creador de leyendas. Pero… ¿escribiría usted algún relato de intriga?

– Por qué no. Lo de la leyenda de la laguna resultó relativamente fácil. Se buscan ingredientes locales y se adereza con un poquito de imaginación. Lo difícil es buscar el enredo y que sea novedoso. Pero para hacer un relato intrigante resulta más complicada la originalidad dada la cantidad de ejemplos que tenemos cada día en la crónica de sucesos. Voy a intentarlo al estilo unamuniano, es decir, que se pueda imaginar en cualquier época y localidad. Veamos…

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En aquella ciudad había dos familias, los Pérez y los Martínez, que, desde hacía varias generaciones, vivían del mismo negocio, los paños. Ello había creado una rivalidad que trascendía más allá de lo comercial. No es que fuesen como los Montescos y los Capuletos ni que llegasen nunca a las manos. Eran famosas sus diferencias en el casino, pero siempre dentro de un orden.

Pero, mira por donde, cada familia tuvo su primogénito en el mismo año, y cuando llegó el momento fueron juntos al instituto. Pedro Pérez y Manuel Martínez, herederos de muchos años de rencores, no podían verse y estaban todo el tiempo discutiendo y pegándose, azuzados por sus amigos y por los comentarios familiares. En muchos casos estas diferencias entre dos compañeros de estudios terminan disolviéndose y son sustituidas por una amistad duradera. Pero no fue así en esta ocasión.

Pasaron la pubertad y la adolescencia con animosidad permanente. Salieron del instituto y se emplearon ambos en el negocio familiar, como no podía ser menos…

Y también, como tampoco podía ser menos, se enamoraron y después del noviazgo tradicional se casaron, Pedro con Palmira y Manuel con Mónica. Las bodas fueron sonadísimas, pues cada familia quiso aprovechar la ocasión para demostrar a la rival que estaban muy por encima de ellos.

Pero aquellas mujeres, Palmira y Mónica, no sólo tomaron posesión de un puesto en las familias; acrecentaron su rivalidad, que en ellas pasó del rencor a un creciente odio.

¿Qué hacer para humillar a la otra? ¿Para hacerla sufrir la pena por querer comparase con ella? -pensaban sin descanso.

Habían pasado ya algunos años. Pedro y Manuel ya regentaban los respectivos negocios, cuando a Palmira se le ocurrió una idea maquiavélica: ¿por qué no le quitaba el marido a Mónica? Y una vez que hubiese embrujado a Manuel, se lo haría saber para que aquel hogar, odiado por tantos motivos, se destruyese. Y al mismo tiempo, ¡qué buena ocasión para que su negocio prosperase ante la ruina del otro!

¡Dicho y hecho! Palmira buscó afanosamente los encuentros «casuales» con Manuel. Atraído por las encendidas miradas, por las veladas sonrisas, éste cayó en la trampa. Además ¿no era una buena ocasión para ofender a Pedro?

Y de los devaneos pasaron a las palabras y, a continuación ¡cómo no!, a los hechos. Se veían en un reservado lugar, a salvo de miradas inoportunas, pero a poco, aquello les resultaba insuficiente. Aprovechando que Pedro acudía asiduamente al casino, para regresar ya bien entrada la noche, concertaron un encuentro en su domicilio, que terminó, por supuesto, en el dormitorio de Palmira.

Pero algo desbarató los previstos planes de la adúltera. ¡La cosa ya no quedaba en demostrar a Mónica quien era ella! ¡La fría razón dio paso a una tremenda pasión, sazonada por el sabor de la fruta prohibida!

Y aquella mujer tan calculadora, que se casó con Pedro no por amor, sino por el interés de una vida cómoda, sucumbió por primera vez en su vida a las flechas de Cupido.

Mas su alma retorcida no había cambiado. ¿Por qué tenía que seguir soportando a su marido, que, de tarde en tarde requería sus débitos conyugales? Y así, poco a poco, le fue entrando la idea de eliminarlo. No se lo dijo a Manuel. Tiempo habría después y, con arte, le convencería para que se librasen de su mujer; ya pensarían cómo.

Un día le dijo a Manuel que no se viesen en unos días, alegando que Pedro estaba enfermo y no podía ir al casino. ¡Ese mismo día había comenzado el envenenamiento con matarratas! Primero con muy poca cantidad, que fue aumentando poco a poco. Palmira llamó al médico, que recetó un purgante. Con eso se salvaban las apariencias. Y le cuidó con exquisita, pero falsa, atención. El mal creció y creció y, al cabo de unos días, Pedro falleció y fue enterrado.

Enlutada, pero loca de contento, Palmira se acercó al negocio de Manuel, ¡pero lo encontró cerrado, con una esquela mortuoria en la puerta por defunción del dueño!

La impresión fue terrible. Tuvieron que llevarla a su casa y acostarla. Todos pensaron –¡cómo no!– que estaba así por su finado. Pero ella, cuando recobró la razón, pensó que la muerte de Manuel había sido porque Mónica se había enterado de su traición y, despechada, lo había asesinado. Y se convenció de ello cuando, dos días después, se enteró de que los síntomas de su enfermedad habían sido los mismos que en el caso de su Pedro.

¡Venganza! Sin pensarlo antepuso la venganza a su buena honra y acudió al comisario para denunciar a Mónica por la muerte de Manuel.

Nada más salir del despacho del comisario, éste fue a ver al juez:

«Señor juez – le dijo- tenemos que desenterrar no uno, sino dos cadáveres. A poco de irse Mónica después de denunciar a Palmira por la muerte de Pedro, vino a verme Palmira para decirme que Mónica había envenenado a  Manuel. ¡Ya me parecía a mí extraña tanta coincidencia! ¡Ni que fuese una epidemia!»

Después de las autopsias, ambas asesinas confesaron sus crímenes. Ninguna de las dos sabía que sus maridos las estaban engañando. Ambas pensaron en eliminar, primero al marido y luego a su rival para quedarse con los dos negocios. ¡Sin las denuncias todo habría quedado desapercibido! ¡¡Pero «el hombre propone y Dios dispone«!!

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Un comentario

  1. Gran relato Emiliano que viene a probar el dicho de que siempre hay un roto para un descosido.
    Un abrazo y que tengais unas felices ferias.
    Hasta pronto
    Emilio

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