Opinión

Hace 500 años: Cortés llega a Technotitlán (II)

La semana pasada iniciábamos un artículo sobre dos grandes efemérides españolas y universales, que resuenan de manera especial, 500 años después, en 2019. Más concretamente, se trata, primero de todo, de la circunnavegación Magallanes/Elcano, y en segundo término, de la llegada de Hernán cortes a Technotitltán, iniciándose así la conquista de lo que por tres siglos fue la Nueva España.

En la primera entrega de este artículo, me referí ampliamente a la circunnavegación, señalando el hecho de haber dedicado un Encuentro en la UIMP en el Palacio de la Magdalena en Santander, a principios de agosto, sobre ese episodio. En cuanto al segundo tema, ya empecé a ocuparme de mi próximo libro, “Hernán Cortés, gigante de la historia”, recorriendo sus contenidos a través doce capítulos.

Hoy, 29 de agosto, va la segunda entrega del artículo en lo que se refiere a Cortés, entrando en el detalle del juicio evolutivo que recibió el conquistador a lo largo de los siglos, en una controversia continua.

Un conquistador polifacético

Mi citado nuevo libro es una consideración global del personaje histórico, en el espacio-tiempo del siglo de los grandes descubrimientos ibéricos, y de las conquistas auspiciadas por las Bulas Papales de 1493 y el Tratado de Tordesillas (1494), que dividieron el mundo en dos hemisferios: uno luso y otro hispano, generándose así todo un vasto movimiento de expansión desde España y Portugal. En realidad, el mundo pasó a pertenecer a las dos naciones ibéricas, por el derecho divino del Papa. Antes que nada, para la evangelización de los pobladores a encontrar, y de ahí la gran implicación de la Iglesia en toda la conquista y en la era virreinal.

En ese escenario, Don Hernán fue el heraldo continental de la conquista española de las Américas. Configurándose lo que cabe llamar Modelo Cortés, de enfrentamiento a imperios o grandes organizaciones tribales (Aztecas, Incas, Araucanos…), yendo al corazón de sus organizaciones.

Al tiempo, fue empresario de su propio proyecto, arriesgando todos sus recursos económicos, cierto que en principio con el gobernador de Cuba Diego de Velázquez.

Adicionalmente, brilló por su valentía como soldado junto a sus capitanes; con un coraje excepcional en Otumba, que recondujo la tragedia de la Noche Triste, acabando con cualquier pretensión de los menos valientes de volver a Cuba con el amargo sabor de la derrota. Asimismo, a Don Hernán se le consideró como un grande de la estrategia: por su reconquista de Tenochtitlán, en la que combinó la guerra naval de su armada de once bergantines, con la lucha de de desgaste de cien días y cien noches, contra los valerosos mexicas.

Fue Cortés, igualmente un gran diplomático, que consiguió la alianza de muchas naciones indias frente a los aztecas: toconecas, zautlatecas, tlaxcaltecas, cholutecas, etc. Como igualmente se convirtió en un verdadero estadista, al fundar la Nueva España, que rigió directamente por casi cuatro años, como gran gobernante en pro –dicho en lenguaje de hoy- de su desarrollo económico y social, con caminos, templos y monasterios, hospitales, puertos, nuevas ciudades, etc.

Y por último y no lo menos importante, ejerció de puntual escritor de su propia andadura de conquistador. Con sus Cartas de Relación al rey-emperador: una narración espléndida, base de todos los relatos, crónicas y biografías ulteriores sobre tan asombrosos quehaceres como fueron produciéndose.

Y pasó medio milenio…

En 2019 conmemoramos el quinto centenario del encuentro del conquistador con Moctezuma, el emperador (tlatoani) de los aztecas, en la maravillosa ciudad lacustre de Tenochtitlán, el 8 de noviembre de 1519. Dando así comienzo a una relación compleja de dos civilizaciones, con el inevitable enfrentamiento final, que llevó al control de todo el México central de hoy, de costa a costa, lo que permitiría la formación de la Nueva España.

A la vida de Cortés en la nueva España, siguieron tres siglos de historia virreinal, para llegar a la independencia de México en 1821. Con los límites del gran país en Panamá, al Sur, y en Oregón, al Norte, con una extensión más del doble que la actual.

Ahora con sus 124 millones de habitantes, México es la mayor nación hispanohablante, constituyendo, con la Vieja España y con las demás repúblicas iberoamericanas, una comunidad idiomática y cultural como no hay otra en todo el mundo, sin solución de continuidad desde California a la Tierra del Fuego. Y con un gran potencial conjunto si hay entendimiento de sus pueblos, que en el futuro han de vivir una gran expansión, superando problemas de ahora mismo que solución sí existe.

En mi libro, ya se dijo, hay una historia abreviada de México (capítulo 11), desde la muerte de Cortés hasta 1821, en lo que fueron tiempos de exaltación máxima del gran conquistador, con expresiones de veneración como las de Juan de Torquemada y Francisco Javier Clavijero, en los siglos XVII y XVIII. Para cambiar luego, desde 1821, a las invectivas pro indigenistas, como las de Servando Teresa de Mier y otros.

En las fases ulteriores, se sucedieron el Primer Imperio y la Primera República (1821/1856), el comienzo de la Reforma con

Benito Juárez y, el paréntesis del Segundo Imperio (1861-67). Cuyo promotor, Napoleón III, y auspició la expresión pro-francesa de América Latina: en vez de la América antes española como decía Bolívar; o Iberoamérica, como más propiamente deberíamos decir todos hoy en día.

Fracasado el Segundo Imperio, México se modernizó con la Reforma, seguida del Porfiriato (1876-1911), que fue mucho más benévolo hacia Cortés, por la previa influencia de William Prescott. Con algún rebote anticortesiano, como el del último entre los historiadores mexicanos, como el caso de Genaro García.

En el siglo XX, se abrió la época del más profundo análisis histórico y máxima valoración reflexiva de Cortés, de la mano de Pereyra y Vasconcelos, seguida que fue de historiadores mexicanos ya mencionados (J.L. Martinez y J. Miralles), amén de los más recientes: Enrique Krauze Rodrigo Martínez Baracs y Alicia Mayer. Y los propios de especialistas españoles como María del Carmen Martínez. La figura de Hernán Cortés, vista hoy, en perspectiva y en profundidad, es indudablemente única: un gigante de la Historia.

No obstante todo lo indicado anteriormente, mantiene una cierta problemática en el entorno cortesiano. En ese sentido, Octavio Paz, el Nobel de Literatura mexicano, analizó la situación como dilema histórico, por el hecho de que no pocos mexicanos tengan aversión por la figura histórica del fundador de la Nueva España. De modo que al acercarse los 500 años del gran encuentro de noviembre de 1519, Paz propuso que se tratara de ir logrando un reconocimiento histórico del cruce de dos civilizaciones, para engendrar una nueva nación.

Casi lo mismo dijo José Luis Martínez, planteando que “los mexicanos somos herederos de las dos ramas de nuestros abuelos, siendo deseable hacer un esfuerzo por reconocer esa doble ascendencia… Ignorar o mutilar la historia, no la cambia. Los tercos hechos siguen esperando ser reconocidos y explicados”.

El caso es que los historiadores enunciados han contribuido a formar una verdadera síntesis virtual de integración, que desde hace más de medio siglo se escenifica en la Plaza de Tlatelolco, el barrio que estaba al norte de Tenochtitlán, y que hoy tiene en el corazón del DF tres expresiones monumentales: un viejo templo azteca, una primera iglesia española, y un nuevo y moderno edificio del México contemporáneo. Son las tres culturas: las dos originarias y la resultante del cruce de entrambas.

Un precedente del espíritu de Tlatelolco, surgió en 1939, al terminar la guerra civil española. Cuando el presidente mexicano Lázaro Cárdenas decretó dar la bienvenida a 30.000 exiliados españoles, para iniciar su nueva vida. Y poco después se fundó la propia Casa de España, que posteriormente se transformaría en el Colegio de México, una de las grandes instituciones científicas y culturales del gran país. Y lugar donde, precisamente, contaremos como presentador de este libro al académico Enrique Krauzer, cuando se inicie su andadura allende el Atlántico.


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