Opinión

Siguen siendo dos metros cuadrados

 

Y cinco kilos aproximadamente. Esas son las características primarias de la vasija con que contamos, el abrigo que nos contiene. Si eres un humano adulto medio, hay que decir. Está enojada, percibe que la menospreciamos, que no la creemos lo suficiente. Que se ve obsoleta. Eso cree la piel según me dice. Está enfadada. Se queja.

Según considera, no se ve ya capaz de protegernos de los ataques externos, sus complejos mecanismos celulares e inmunológicos no nos cuidan como sí lo hacían ayer. Le abruman las lesiones que provocan golpes no tan grandes que antes aguantaba, se le escapan con facilidad pequeños males interiores, que en lugar de ser contenidos, se exudan a gritos. Dejaron de ser eficaces sus filtros, ¿qué es eso? No diferencian lo beneficioso de lo dañino.

Ya no cree poder regular metabolismos ni temperaturas. Se le escurren entre los poros las fuentes de las que entonces bebía, se le evapora lo imprescindible y se arraiga el poso del uno, del yo creo, del yo quiero. Somos 50 pero el aire acondicionado de la sala me da a mí. 51 acalorados pues.

Pierde los nervios, ya no tienen terminación. Atraviesan la capa que los guardaba y saltan. Sin mesura. Desaparecen los receptores sensitivos. Apenas quedan, sustituidos por los emitivos. Aquellos enviaban información instantáneamente al cerebro. Estos trabajan a la inversa. 5000 espinas por centímetro cuadrado. Se encargaba del tacto. Ahora se salta muchas clases, confía en aprobar en septiembre.

Sintetizaba el poder del sol, de su energía, de la luz. Se bañaba en ella para darnos firmeza, para mantener la vertical, para invitarnos a avanzar. Por salud. Por bien estar. Ya no. Ahora se lo queda, lo compra y se lo queda, le apena que solo importe lo que se vea. Para que lo veas. Por el tono, no el cómo.

Sigue tejida en tres capas, pero se dice que ya no trabajan igual. La externa amenaza con ser más barrera que nunca. Quizá se acostumbró a solo defendernos del mal, durante tanto tiempo, que solo reconoce enemigos ahí fuera. Cada dos días con la misma voluntad aunque muestre una cara nueva.

La intermedia sigue siendo fuerte, sigue siendo flexible, sigue acomodándose al trauma y al golpe. Las echa de menos, no quiere olvidarse de las cosquillas.

La inferior, la que más dentro lleva, sigue ocupándose del frío y las provisiones. El granero que  hace crecer el ego aunque no medien agresiones.

Sigue sin faltarle elasticidad, tersura ni firmeza. No más de lo que los años han hecho que perdiera. No es por sí misma su queja.

Es porque se siente delgada, demasiado fina. Es porque contempla impotente cómo, por momentos, se desprecian la discusión y la disputa y solo se tiene ojos y se aplaude a la riña.

Moveyourself. 

Más información, aquí



Noticias relacionadas

Deja un comentario

Botón volver arriba