Opinión

Ruidos de la ciudad y nuevas experiencias energéticas

Terminamos hoy con la tercera entrega de nuestros artículos sobre algunos aspectos de medio ambiente en las ciudades, con una referencia a temas de contaminación acústica y algunas novedosas experiencias RSU/energía en Escandinavia.

Todo el mundo está de acuerdo, empezando por los psicólogos y los psiquiatras, en que el ruido es uno de los factores ambientales que más afectan a la calidad de vida. Desde las molestias más o menos anecdóticas, hasta alcanzar niveles de trastornos irreversibles en lo más recóndito de la mente humana. En ese sentido, la mejor definición del ruido es bien conocida: «El sonido, o conjunto de sonidos que se perciben por las personas, no deseándolos, y que alteran el medio acústico en que normalmente se mueven».

Con la particularidad adicional, de que todo depende también de la inevitabilidad de que se produzca el impacto. Así, resulta que cuando un ruido es inevitable que se produzca por una función necesaria, o un suceso natural de la vida cotidiana –una tormenta de verano, el paso de un tren a hora fija, las voces infantiles del recreo en el patio de un colegio próximo—, entonces, las ondas sonoras nos parecen justificadas, y la molestia se diluye. Pero cuando se trata del estruendo del tocadiscos del vecino incontrolado en sus 500 vatios, o del alarido del viernes noche en calles habitualmente tranquilas, en esas ocasiones todo acaba haciéndose detestable.

Según la escala que nos proporciona el Prof. Ángel Ramos, en su excelente «Enciclopedia de Ecología» (Espasa), la medición de la incidencia acústica va de cero a 150 decibelios. Situándose el nivel más bajo en un auditorio musical insonorizado y silencioso, hasta el justo momento en que la orquesta inicia la ejecución de una sinfonía. En el otro extremo, se llega a 150 decibelios cuando un reactor despega de un portaaviones a menos de 10 metros del perceptor. En el intermedio de la escala, 50 decibelios es todavía un ambiente casi calmoso. Pero que con 70, ya se hace irritante. Más alto todavía, al nivel de 90, los impactos ya devienen dañinos. Es el caso, excepto para los adictos que se quedarán sordos, de las cotas de 120 decibelios que son bien frecuentes en las discotecas más infernales, desafiando los niveles de la «Ley del Ruido» que en España se publicó en el 2003, promovida por el Ministerio de Medioambiente y siguiendo las pautas de la UE.

Entre las manifestaciones acústicas más atacantes, deben incluirse, para empezar, el tráfico continuo de las autopistas periurbanas (¿cuántos cientos de kilómetros de pantallas acústicas tenemos ya?), de las grandes arterias dentro de la propia urbe, e incluso en calles muy modestas del casco antiguo. En esos medios, algunos motoristas circulan a toda velocidad, a escape libre; para imitar al Ángel Nieto de ayer o al Marc Márquez de hoy. Como si estuvieran en el autódromo de Qatar, por citar algún sitio en medio del desierto. Y ciertamente, no es menos destacable el capítulo de las ambulancias, que de día o de noche, y llevando o no pacientes, nos penetran hasta los tímpanos con el ulular de sus sirenas, a cotas acústicas absolutamente innecesarias salvo para el ego de algunos conductores.

Pero sobre todo, hay que mencionar entre los ruidos más inconvenientes e innecesarios – especialmente en Madrid- los del capítulo de la limpieza urbana. Con sus terroríficas máquinas de barrido (las nefastas sopladoras), que deben estar en la proximidad de los 100 decibelios. Además del pitido absurdo de los camiones barredores, cuando van marcha atrás, como si no se las oyera ya lo suficiente.

Es como matar moscas a cañonazos, en contra de toda lógica ambiental, creando una situación patética, que el Ayuntamiento, que se sepa, no se ha ocupado nunca de calibrar en sus citados mapas acústicos. Hasta el punto de que sería buena la idea de encargar la oportuna medición a una empresa especializada. Recuerdo al respecto que hace ya muchos años, al encontrarnos en el crematorio de la Almudena –en la triste circunstancia de despedir a nuestro común amigo Francisco Umbral—, en una larga espera que hubo, le suscité la cuestión al entonces Alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, que me dijo: “Sí, sí, Ramón, ya sabemos lo de los ruidos en la limpieza urbana… y vamos a arreglarlo”… hasta hoy. Buena falta hace, porque los altos niveles decibélicos –innecesarios y fácilmente superables— generan una sensación estresante en la ciudadanía.

* * *

Y para terminar con el triple artículo sobre las ciudades, me referiré al tema de algunas innovaciones energéticas escandinavas.

El caso de Noruega es interesante, pudiendo decirse que el 12 por 100 de los residuos que allí se utilizan para hacer funcionar algunas plantas energéticas –como la de Klemetsrud— son importados, según nos informa Pal Mikkelsen, director general de la agencia municipal que procesa la basura en Oslo. En esa dirección, la capital de Noruega superó la capacidad de procesar los residuos que producen sus 1,4 millones de habitantes y ahora tiene que importar desechos de otros países para alimentar las plantas que generan calor para calefacción y electricidad para toda clase de usos.

Noruega logro que sus habitantes se acostumbren a clasificas la basura según lo indicado por los múltiples contenedores de colores ubicados en las calles con bolsas de diferentes colores: bolsa azul para los residuos plásticos; verde para los desechos orgánicos; y en recipientes separados colocan papel, vidrio, metal y basura electrónica. Las bolsas blancas son para fracciones a incinerar.

La separación por colores no es un esfuerzo inútil. Los camiones recolectores dan a cada bolsa un destino diferente, ya que los lectores ópticos de las plantas procesadoras están calibrados para diferenciar colores.

Así las cosas, las escuelas de Oslo reciben electricidad de nuevas plantas y casi la mitad de las viviendas de la capital noruega cuenta con calefacción gracias al procesamiento de los residuos domiciliarios.

Por su parte, Suecia está orgullosa de reciclar el 99 por 100 de su basura. ¿Cómo reciclar todos esos desechos?, la respuesta es muy simple: produciendo energía, con el programa “de desecho a energía” (WTE en inglés), con el que se transforma la basura en energía en todo el país. Lo singularidad es que el programa WTE ha sido tan efectivo, que ahora Suecia importa 700.000 toneladas de residuos procedentes de otros países como Italia y Reino Unido para abastecer 32 centros generadores poseen.

Por ley, en Suecia deben existir estaciones de reciclaje en cada zona residencial, ya que la mayoría de los suecos separan todos los residuos reciclables en sus casas y los depositan en contenedores especiales en sus viviendas que luego se llevan a estas estaciones de reciclaje.

Los hogares suecos separan diarios, plástico, metal, vidrio, aparatos eléctricos, bombillas y pilas. Muchos municipios también animan a los consumidores a separar los residuos de alimentos. Los diarios se convierten en masa de papel; las botellas se funden en otras nuevas; los envases de plástico se convierten en materia prima plástica; los alimentos se convierten en abono para el suelo o en biogás a través de un proceso químico complejo. Camiones especiales recorren las ciudades y recogen la basura electrónica y los residuos peligrosos, como los productos químicos.

En Suecia se quema el 50 por 100 de la basura doméstica, y la parte de incineración proporciona calor correspondiente a las necesidades de 810.000 hogares, el 20 por 100 de toda la calefacción urbana. También proporciona electricidad correspondiente a las necesidades de casi 250.000 hogares.

Y como siempre, el autor espera los comentarios de los lectores en castecien@bitmailer.net



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