Opinión

Un gran botánico: Emilio Guinea

 

Hace unos días, después de haber mencionado, así como de pasada, que fui alumno de don Emilio Guinea, un amigo me ha escrito diciendo que fue compañero de estudios de un hijo suyo, y menciona al gran profesor como «un hombre como hay pocos«.

Este comentario ha abierto mi baúl de los recuerdos sobre aquel curso 1961-1962 en que escuché sus enseñanzas los lunes por la mañana, allá en aquel viejo laboratorio del Real Jardín Botánico de Madrid. Después de su lección magistral hacíamos las prácticas determinando con el Bonnier las flores que nos habían entregado los jardineros. Don Emilio nos atendía personalmente mostrando su gran cariño por la enseñanza de la ciencia que tanto amaba. Y conversaba muy relajadamente con cualquiera de nosotros sobre otros temas, motivando que le tuviéramos un gran respeto y admiración.

Don Emilio Guinea fue uno de aquellos grandes naturalistas de la posguerra que se embarcaron en la gran aventura de estudiar las colonias españolas en África, que luego pasaron a ser cuatro provincias de corta existencia, aplicando en ellas todo su gran saber. Sus trabajos, casi olvidados hoy, fueron apreciadísimos internacionalmente, ¡y eso que no se publicaron en inglés! ¡España fue también Grande gracias a ellos! ¡Siempre lo ha sido; incluso ahora lo es!

Emilio Guinea López (1907-1985).

Yo tuve la inmensa suerte y el honor de conocer a varios de ellos: además de don Emilio Guinea, fui alumno de don Francisco Hernández Pacheco, de don Manuel Alía y de don Antonio Arribas. Y sólo cito los «africanistas«. Por todo ello me duele cuando oigo decir que aquellos años fueron de un gran vacío científico. Nuestros naturalistas fueron notables continuadores de aquellos que llenaron cumplidísimamente todo el siglo XX hasta 1936. Algunos tuvieron que irse para continuar su labor en otras tierras, pero su hueco en las nuestras fue ocupado muy dignamente. ¡Y para muestra valen los nombres que acabo de citar! Sea éste mi homenaje a todos aquellos admirables Científicos que brillaron en una época de penuria económica, pero de gran riqueza moral.

Pero además de eminente botánico, don Emilio Guinea fue un gran escritor etnográfico, dejando en sus libros reflejada su alma inquieta, observadora y humana.

Tres obras etnográficas de Emilio Guinea

No voy a extenderme en su biografía. Ya lo hicieron, en su momento, el Real Jardín Botánico, la Real Academia de la Historia y, magistralmente, su propio hijo Emilio. No. Simplemente quiero dar unas pinceladas sobre aquel curso en que fui su alumno.

Por entonces las prácticas de campo se hacían voluntariamente y como se podía. Unas veces viajando a la población en coche de línea o alquilando por nuestra cuenta un autobús. Un día de san Alberto, aprovechando que para nosotros era festivo, don Emilio había propuesto ir a la sierra de Guadarrama para diferenciar las jaras, pero ocurrió que en la víspera cogió la gripe y no podía acompañarnos. ¿Qué hacer? Decidimos ir, de todos modos. Pero aquella noche había caído en la Sierra una gran nevada. Jaras, lo que se dice jaras, recolectamos pocas muestras, pero divertirnos… ¡ya lo creo que nos divertimos! En primavera se hizo otra excursión a un pueblo de Madrid, no recuerdo cual, pero sí que era muy conocido por sus vinos. Creo que era Navalcarnero. ¡Y tampoco en esta ocasión pudo venir con nosotros don Emilio! Un detalle importante: ¡nadie se emborrachó!

Un día de prácticas en el Botánico había yo cazado una araña en el jardín con la intención de disecarla y estudiarla. La había metido en una caja de cerillas vacía, que deje distraídamente sobre la mesa. Estábamos en clase, utilizando el Bonnier, cuando a mi compañero José Villoria se le ocurrió abrir la caja sin saber lo que había dentro. ¡Y en el murmullo de aquel decimonónico laboratorio resonó un grito terrible cuando el arácnido corrió por su mano como un toro que sale del toril! ¿Se enfadó don Emilio? No. Se rió con todos nosotros.

Emilio Guinea (dibujo de Lorenzo Goñi, 15 mayo 1947)

Algún tiempo antes yo había leído «La historia de San Michele«, la novela autobiográfica de Axel Munthe, famoso médico sueco que, viviendo en la isla de Capri, contrastaba su personalidad nórdica con la mediterránea. Aquel libro me había marcado un modelo a seguir. ¡Pero aún no había conocido a don Emilio Guinea!

Lo que más me impresionó de aquel gran hombre fueron unas palabras que le oímos un día, en aquellas entrañables prácticas botánicas. No sé cómo empezó la charla, pero fue inolvidable su final: «la mujer no debe estar ni por encima ni por debajo, sino a la altura de nuestro corazón«. ¡Eso dijo! Desde entonces, esa fue mi divisa.

¡Don Emilio Guinea! ¡Qué bien hablaban de él cuantos le conocieron! ¿Qué dirán de mí dentro de cincuenta años?


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Un comentario

  1. Gracias, Emiliano, por seguir en la brecha y recordarnos los grandes científicos olvidados.
    Un fuerte abrazo y hasta pronto

    Emilio

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