Opinión

Matices extremos

 

Las cosas pequeñas llenan más que las grandes. Ocupan menos, llenan más. ¿Has escuchado alguna vez la manera de llenar del todo un tarro? Primero con piedras grandes, luego con otras más pequeñas que ocuparán los huecos dejados por las primeras. A continuación, otras más pequeñas aún, con las que sucederá lo mismo. Así, pasando por la más fina arena como penúltimo paso. Cada elemento de menor tamaño que el anterior terminará por encontrar el camino hasta la base del recipiente. Y finalmente, el agua. Hasta que rebose.

 

Parecen estar de moda las palabras gruesas. Como el reggaetón. Malas noticias ambas, perdón por personarme en la causa con mi opinión. Palabras gruesas, grandes, pesadas, que hacen ver el bote lleno, porque llega un momento en el que no parecen caber más de las mismas. Buenas noticias, cabrán otras más pequeñas, y otras más pequeñas que las anteriores y sí, seguimos teniendo agua.

No es buenismo, que podría serlo si no fuera un neologismo marcado desde la cuna con un hierro de cierto desprecio. También lo entiendo, ser buenista se interpreta como tener la costumbre o el gusto de, ante un conflicto cualquiera, por defecto, rebajar la gravedad, conceder con benevolencia o actuar con extrema tolerancia. Aparece el término extremo y todos a temblar. Incluso acompañado de tolerancia da cierto miedito, porque evidentemente no todo se debe tolerar.

Estoy de acuerdo, corres el riesgo de pisar la línea si decides ponerte la camiseta del buenismo. Es más, a buen seguro, en algún momento algo acontecerá que te parezca lo suficientemente grave como para que no te llegue la permisividad. No se puede. No se debe.

Sucede a veces. Con tantas ansias de modernizar, de crear o de inventar, terminamos por degenerar. En términos de aguas, no lo hay como el agua. El del manantial tiene sus cosas, el del río revuelto, las suyas, el de la mar salada en cambio, también.

Qué buenismo ni qué buenismo. Es una bicicleta con cenicero, es la puerta de una moto y la pata de cabra de un tractor, es un botijo con un agujero solo, es un billete para la estación posterior a la de tu destino, es comida sin tener hambre, es guardar lo que no necesitas, es tener tos y rascarse una oreja, es celebrar a solas, es… Una palabra que no necesitamos.

La que necesitamos la tenemos, pero se nos ha quedado antigua, naif, flojita, rancia, demodé… La idea que necesitamos es la original, una que se entiende en todas las culturas y profesiones del verbo profesar que cabe en todas las ideas a excepción de las de los malvados. Se llama bondad, existe desde siempre.

Permite afrontar la gravedad pero sin ignorarla, la cesión, pero solo cuando lo acertado sea ceder. Se permite negar. Sería, quizá, la única manera en la que cabría el acuerdo extremo. Una mortadela extremadamente buena quizá se parezca al jamón…

¿Alternativas? Ser el feo o el malo.

Moveyourself. 

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