Opinión

La campana de San Martín

 

Lucía hizo tañer la campana mientras por Quintana y La Rúa transitaban aún los paseantes del provinciano atardecer invernal. Nadie lo notó, ni miró hacia la espadaña, ni detuvo su deambular. Había sido un solo toque, sin historia ni misterio ni trascendencia. Salvo para ella, que fue la primera vez. Estaba con sus compañeros de Historia del Arte repasando los conceptos fundamentales de la arquitectura medieval y Jesús, el responsable de la parroquia, se lo permitió cuando recorría la pasarela sobre la cubierta.

 

Fue un golpe de badajo aislado que encerraba empero, en aquel contexto, la fuerza del símbolo, la llamada que un grupito de bachilleres quiso lanzar a una sociedad indolente que infravalora y desprecia sin rubor las Humanidades. Cada vez somos menos quienes seguimos clamando por construir el hoy y el mañana desde el hombre y su creación. Y así nos va, destrozando la memoria y el pensamiento coherente, la capacidad de admirar lo bello y descubrir en las letras y las artes el espejo ante el que desfila cuanto somos y anhelamos. La renuncia a las Humanidades conlleva la destrucción del ser humano y la regresión al tiempo de las brumas que se pierde entre los divertículos del olvido. Por sorprendente que parezca, el avance de la ciencia y la técnica no puede quedar deshumanizado, porque su sueño también produce monstruos. Y eso solo se supera dignificando las disciplinas que nos abren la mente a cuanto nos hace específicamente humanos, es decir, humanizando la ciencia.

Los pocos jóvenes que visitaron la parroquia de San Martín, amablemente acogidos por Antonio Matilla, el párroco, reman contra corriente. Ellos lo saben. No está de moda ser de letras y parece que todo se dispone en su perjuicio. Por eso precisamente necesitamos, más que nunca, buenos profesionales en este ámbito específico del conocimiento. La salvación de esta sociedad a ojos vista descompuesta pasa por las Humanidades, por los hombres y mujeres que en un futuro inmediato informarán y defenderán los derechos conquistados, que ayudarán a construir el mañana sabiendo de dónde venimos y removerán conciencias ante el interrogante de quiénes somos realmente, que harán aprender y disfrutar desde la contemplación de todo lo bello que el polifacético y contradictorio ser humano ha sido capaz de crear.

Se avecinan tiempos complicados, de resistencia académica e intelectual, casi de clandestinidad por miedo al descrédito y la marginalidad. De ahí el valor de un gesto tan nuestro como el avisar con un toque de campana, la mayor de la parroquia primera de Salamanca, para sacudir las conciencias. Que lo sepa la ciudad. El combate por las Humanidades continúa, con pocos efectivos y recursos, pero con la seguridad que emana de la fuerza del pensamiento y el ansia de libertad que solo es posible desde el conocer.


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