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Opinión

Como para estar de fiesta

 

No hay duda, esta es la hora de los predicadores y de la caterva de espabilados que aspiran a salvarnos de la hoguera.

 

Ya sabemos que el virus del populismonos anima a seguir tragando, no vaya a despertarse la bicha fanática que tantas veces nos jodió la historia. Y es que un montón de palmeros al uso siguen empeñados en demostrar que estos días son pura fotocopia de las vísperas del treinta y seis. Es decir que seguimos inmersos en la congregación hipócrita que vende el miedo que nos habita la cocotera hasta tal punto, que necesitamos que nos resuciten a Franco, cada media hora, para que valoremos en cierto modo lo que tenemos.

Estos son tiempos en los que puede darse la paradoja de que un roba peras de postín nos de clases de ética y moral en cualquier tertulia televisiva. La cara dura curte el embutido de tal forma que incluso llegan a ser catedráticos de la falacia quienes han estado adobándose en la trena por habérselo llevado crudo. El caso es que, aunque aparezca el cadáver, milagrosamente la pasta se las pira. Aquí no se devuelve el botín recaudado ni por confusión.

¿Indignado? Más que eso, mucho más, cuando encima te reparten moralina a granel quienes tienen cubierto el riñón de euros y manjares que producen despropósitos a granel como si tal cosa.

Menos mal que todo el engendro de televisiones se constituye en un descomunal basurero, que reparte la mierda que tanto nos distrae, mientras seguimos doctorándonos en más paciencia.

El caos surge cuando al apagar el botón de la caja boba, caemos en la cuenta de que el paro brutal supera a los economistas, deja en pelotas a los sindicatos y da alas a un desgobierno que ha llegado para vender en fascículos la humareda que al final nos provocará mil estornudos.

La mecha del cohete inaugural se encendió hace muchas lunas y, aunque falte la traca final en el festejo, ya nos empiezan a llenar de colorines el meollo. Las promesas explotan como artilugios impresionantes de incongruencias y la risa metálica vuelve bobalicones los rostros de quienes, ni de coña, pensaron que pisarían tan pronto la moqueta.

Tiempos estos para bajarse de este país, donde hasta la justicia es zarandeada por el poder que bendice la desigualdad entre comunidades, mientras le da una patada a la Constitución en el trasero.

 

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