Opinión

El virus que nos desnuda

 

Desde la ventana se puede percibir cómo el silencio acuchilla la calle. Da la impresión de que hasta los pardales han emigrado hacia el paisaje, donde solo los pájaros pueden beberse el licor del abandono en la altura. Todo está quedo ante ese grito que explora el extraño reposo que siega etéreamente estos días la ciudad …

 

Y mientras tanto, imagino, necesito imaginar a cientos, a miles de personas aterrorizadas, porque un maldito e invisible bicho, ha llegado para quedarse con la parásita intención de jodernos la vida.

Me niego a estar recordando cada momento la miseria política que ha caído sobre este país como una infausta sombra sin nombre. No quiero perder ni medio minuto en rememorar nada que tenga que ver con esa bandurria de incompetentes, que han sido incapaces de pedir perdón, ante lo que han sembrado en las hemerotecas que los señalan como esbirros de la vomitiva autopropaganda.

Ahora hay que centrarse en cumplir lo que los técnicos en temas de pandemias aconsejan desde su preparación y responsabilidad. No nos queda otra que confiar en los resortes que sostienen esta piel de toro única e incomparable para vivir como lo hacemos.

Este país que tantas veces se siente insultado por sus propias gentes, está mostrando al mundo una heroicidad que me sobrecoge. Médicos que no renuncian a cumplir con su misión humanitaria, pese a tener que vestir bolsas de basura y mascarillas gastadas por un excesivo uso. Empleadas de supermercados, carteros, barrenderos, basureros, panaderos, bomberos, etc. de eros y eros…

Una médica que llama todos los días para saber cómo está el enfermo que controla, me contaba que su mascarilla se había manchado de café y que había tenido que lavarla y recomponerla… ¿Cómo es posible que a los héroes les falten escudos para ir a la batalla contra millones de enemigos que por ser tan minúsculos ostentan tanto poder?

Pero hemos de prepararnos para otro virus que empieza a hincarle el diente a la mermada economía y que, vencido el Corona, llegará con sus garras para destrozar, a base de impuestos, la intranquilidad que no cesa. Claro que esto debemos dejarlo en la trastienda de las previsiones, para centrarnos única y exclusivamente en cómo vencer a la diminuta alimaña que de momento nos tiene sitiados.

Ya llegará el momento de ocuparse de los que han cantado tantas bulerías en las hemerotecas y ponerlos en el sitio que les corresponde…


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