Opinión

El silencio del arcoiris

 

Han pasado 15 días desde mi última columna y poco o nada ha cambiado desde entonces. La crónica de una España arrasada por el dolor, el miedo y cifras escalofriantes vuelven a golpearnos día tras día. Una España que no puede despedir como merece a aquellos que este maldito virus nos arrebata, entre la soledad y la desesperación.

 

El cansancio de quienes están en primera línea y quienes están en las trincheras es patente y a medida que pasan los días se hace latente en la sociedad, la mayoría confinada en sus casas entre la resignación y el hartazgo pendientes de una curva que no acaba de aplanarse.

Los niños, que a veces nos sorprenden, van cansados de pintar arcoíris, mientras ansían volver a la rutina. Una rutina que se torna difícil, entre centros sin fecha de apertura, negocios cerrados, autónomos arruinados, gente sin trabajo, amigos y familiares que no volverán y un caos sanitario, político, social y económico a nivel mundial.

El resistir se torna cada vez más difícil cuando te sientes impotente ante el egoísmo, la desconfianza y los que tratan de hacer negocio ante algo tan mezquino como es aprovecharse del dolor de los demás. Y me revienta el engaño, las mentiras, las medias tintas y las verdades a medias. Este tipo de situaciones sacan lo mejor de una sociedad, que, en la mayoría de las ocasiones, sabe estar a la altura de las circunstancias, pero siempre hay los que se aprovechan para engordar sus cuentas y eso no se debe de permitir.

Como tampoco se debe de permitir el libertinaje de quienes, haciendo de su capa un sayo, como se dice por estas tierras, ponen en peligro la vida de los demás.

¡Pero no todo el mundo que está en la calle tiene ese fin y sin embargo algunos adultos y niños con discapacidad son increpados e insultados! como si los que lo hacen fueran ejemplo para seguir ¡Piensen que los primeros que arriesgan su vida son los que los tutelan y a quienes tutelan, que sus vidas van por delante, buscando el bienestar de ese familiar!

No comprendo que se tenga que identificar a ningún niño o algún adulto con ningún color para tratar de mejorar su salud.  Poner mochilas a las personas, es algo que, en este país, se nos da muy bien, el problema es que nos dedicamos encima a llenarlas de piedras.  Cruzar la delgada línea roja, entre lo legal y lo ilegal, es muy fácil y creo que en ocasiones cierta gente, la está cruzando ya.

Siempre me gustó el silencio, el pasear por calles vacías y la libertad que da leer un buen libro en la oscuridad de la noche, mientras los demás duermen. Pero hoy, ese silencio, hace ruido, esperando que esas callen vuelvan a llenarse de vida y de risas, los niños vuelvan a los parques y esta pesadilla deje de azotarnos mientras nos miramos de lejos echando de menos esos abrazos que tanto necesitamos para seguir resistiendo.

 


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