Opinión

Entre ventanas III

 

La Petri está tan obsesionada con el bicho pandémico que no para de hacer coladas. Vive para jodernos la siesta con el puñetero ruido de las poleas que sostienen los cordeles deshilachados, sobre los que cuelga la ropa.

No hay manera de escapar de su marcaje. El patio de la comunidad se ha convertido para ella en exclusivo pasatiempo y su ventana es un púlpito del que beben metódicamente un buen número de vecinos.

Proclamaba su homilía con las venas a punto de estallarle en el cuello, intentando convencer a la plebe vecinal de que el gobierno, de forma injusta, está en el punto de mira derechón que sueña asaltar con premura la Moncloa. Al verme aparecer, la Petri intentó meterme en su guerra, pero como la hartura de esta política de regional preferente me tiene saturado, traté de sortear la encerrona a base de lingüísticas pomadas.

-Petri, que sepas que gracias a mis artículos hay gente que me pregunta por ti. Es más, me han pedido tu dirección para enviarte flores.

– ¿Y a qué esperas pa darla?

-A que me autorices a enviársela también a los que quieren saber dónde pueden dar contigo para apedrearte los cristales…

Y así comenzó otra de esas grescas atroces, que destapan el desencuentro que alimentamos estos días. La carpa política nos está metiendo en sus inmensos circos de ambiciones personales, mientras un monstruo invisible regenta el gran velatorio nacional que deja en pelotas a un gobierno rebozado en oscuras componendas y sospechosas omisiones. Aplausos y cazuelas, opiniones torcidas y retorcidas en todo tipo de agitaciones, nos animan desde las altas cúpulas políticas de todos los colorines, a que miremos con exclusividad las tencas de nuestras charcas, tratando de convencernos de que nuestra identificación política no debe cambiar de acera bajo ningún concepto.

Con la Petri me siento, una y otra vez, como un monigote empeñado en defender teorías que solo sirven para cocer la mala leche que lleva encima del fuego varias semanas.

La Petri intentó sacarme de mis casillas recordándome las insensatas caceroladas pijas de Madrid y toda la falacia voxera que busca hacerse sitio a base de burdas artimañas, mientras el PP se desloma revisando la carnaza que espera en los cepos.

La Petri no puede, de ninguna forma, admitir que este gobierno se afana en levantarnos el drama teatral de la distracción, no vaya a ser que piquemos en la mina de su inutilidad y descubramos de pronto, en las vetas más oscuras de sus pozos, de dónde viene ese hedor que con tanta insistencia empieza a meternos en el buche la cebada del miedo.


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