Opinión

Santo patrón

 

Hoy recordamos a nuestro santo patrón, un salmantino que no nació aquí, como la mayor parte de los personajes que dieron lustre a nuestra ciudad. Y no es desdoro alguno, sino reflejo de un espíritu abierto e integrador, fiel a esa trayectoria de universalidad que tanto ha dado a Salamanca cuando prevaleció sobre la endogamia provinciana que solo sirve para empobrecer.

 

San Juan de Sahagún es un patrón muy nuestro, arraigado profundamente en el pasado y tradición de una ciudad que transpira su recuerdo. Basta un paseo por las calles céntricas para evocar sus hazañas en aquellos tiempos tardomedievales que Salamanca iniciaba la mejor etapa de su historia. Así, a vuelapluma, una iglesia en la calle Toro, tres plazas (San Juan de Sahagún, los Bandos y el Corrillo) y dos calles (Tentenecio y Pozo Amarillo); escultura urbana, con una estatua pavorosa, cabe la parroquia, que contrasta a la vuelta, en la fachada, con los relieves portentosos de Aniceto Marinas; la escena epónima en la hornacina de Pozo Amarillo, dos esculturas monumentales, sobre la puerta lateral de San Sebastián y en la portada del crucero sur de la catedral, amén del relieve medio escondido de la calle Traviesa. Por otro lado, además, estarían la urna con sus restos en el altar de la catedral, las imágenes de devoción, alguna muy buena, en varios templos, la que no tiene devotos en el salón del Ayuntamiento y, sobre todo, el óleo extraordinario de Coello en el Carmen de Abajo.

A nuestro patrón santo la Iglesia le recuerda por su amor a la eucaristía y los milagros que conmocionaron a la ciudad y el padre Cámara, agustino como él, bien se encargó de divulgar. Por ello, en las representaciones artísticas, más de las que imaginamos, suele aparecer en la ostensión de la sagrada forma o tirando del cinturón mientras rescata al niño que cayó al pozo. Especialmente entrañables son las de la Salamanca mexicana, en Guanajuato, que prolongan devociones allende el mar océano.

Pero en la historia de aquende, lo más destacado fue mediar en la pacificación de los bandos, porque eso del cisma lo lleva el charro en sus genes. Salamanca era entonces, como ahora, una ciudad dividida. La rivalidad entre los Monrroy y los Manzano, venganza de María la Brava incluida, es el símbolo de la idiosincrasia salmantina. Por esta razón, Tomás de Cámara, obispo perspicaz, al encargar los relieves para su parroquia, quiso dejar constancia de este acontecimiento verdaderamente relevante para la ciudad. Los grandes personajes, los que construyen, siempre están por la concordia. Y al respecto viene al caso otro gran hombre, que pasó por las aulas del estudio salmantino e hizo posible la reconciliación entre españoles al final de la dictadura. El epitafio de su sepultura, en el claustro de la catedral de Ávila, perpetúa su legado: «la concordia fue posible». Adolfo Suárez vivió en Salamanca, como el santo de Sahagún. Algo se le impregnaría. En todo caso, en el homenaje a nuestro patrón, siempre debería estar presente potenciar aquello que une, el punto de partida para la concordia.


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