Opinión

Entre ventanas IV

 

He cogido la manía de observar a la Petri parapetado tras las cortinas del estudio para ver cómo, en la terraza de enfrente, le pega lingotazos al brebaje que ella denomina milagroso reconstituyente.

Vigilándola con más detalle a través del catalejo, he tratado de averiguar qué libro se trae entre manos, pues mientras lee y le da a la tragadera, no para de reírse.

La otra noche, la Petri, presa de un complaciente frenesí, se puso a charlar a voces con su gato, de tal forma que el foro vecinal regresó a las ventanas, como en aquellos cercanos días que pasamos entre aplausos y cazuelas.

Ron ahí los tienes, husmeando como topos, a punto de vomitar la mala baba que crían pensando en el gobierno. ¿Sabes qué pasa, Ron? Que mientras los suyos andan pegándose por quién iza más alto el grito, los nuestros gobiernan tomando decisiones. Yo que Pedro convocaba otras elecciones, a ver si tocan suelo de una vez. Por eso andan deshilachados, porque no ven la forma de meter el palillo entre los dientes y, claro, Ron, todo lo demás importa una mierda.

En ese momento -y mira que sigo arrepentido- saqué el cogote muy cabreado por el ventanal, olvidando quitarme el mandil manchado de harina…

-Petri, tienes la lengua demasiado larga; con lo mayorcita que eres…

Hombre, salió a deshoras el sol del patio. A ver si es mentira lo que digo. Vivís para atizar las lumbres del cabreo nacional y ya ves, cómo arrean las sentencias a los que cada vez agarran con menos soltura tu cuerda…

Petri, no sé cómo, con más de 27.000 muertos encima de la mesa, te atreves a decir esas burradas. Oye tú, que entre ellos se encuentran muchos sanitarios de esos que aplaudíais. Vamos, que la mitad del gobierno tenía que estar sentado ya en el banquillo. Claro que, mientras las fiscalías en otros países están dándole una buena zurra a los gobiernos metepatas, aquí, los nuestros siguen cojitrancos a favor de obra…

Como siempre mis palabras liaron tal metamorfosis en la Petri que nos rescató de nuevo a Franco y a su fachorra camarilla, mientras echaba, como una posesa, espumarajos de rabia por la boca.

Cuando el molesto gato, en la madrugada, se quejaba con todo tipo de lamentos en el balcón queriendo entrar en casa, oímos como le chillaba la Petri:

-Ya puedes maullar como lo hace un gato de izquierdas, que, como me llamo Petri, no vuelves a entrar en casa, hasta que no eches a esta banda vecinal del edificio.


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