Opinión

Ni dios, ni amo ni rey

Sospecho que un número significativo de lectoras y lectores podrán sentir extrañeza con semejante encabezamiento de la columna. En una parte habrá provocado asombro, en otra desconcierto y algún segmento creerá que, cuanto menos, es raro. Tampoco descarto que haya unos pocos subiéndose por las paredes.

Quienes tienen conocimientos de Historia saben que ese enunciado constituyó, en el último tercio del S. XIX, la marca identitaria que alentó y cristalizó la insumisión del proletariado integrado en la Federación Regional Española de la Asociación Internacional de Trabajadores. Ese movimiento emancipador impulsado por socialistas, comunistas y anarquistas dio origen al nacimiento de la I Internacional, que imaginaba que en el transcurso del  siglo siguiente llegaría a producirse la disolución de los viejos/nuevos poderes dominantes -el religioso, el económico y el político- incompatibles con la construcción de una sociedad más igualitaria.

¿Y qué tiene que ver esto con esta época de desconcierto que estamos atravesando?

Comencemos con D. Antonio Cañizares, Arzobispo de Valencia. Desde mediados de mayo se ha esforzado en desplegar una hiperactividad pública contra ciertas prácticas, que al amparo de la epidemia, estaban desarrollando “las fuerzas del mal” contra los valores religiosos. El concejal de seguridad ciudadana de València, Aaron Cano, criticó a los responsables de la Basílica valenciana por mostrar la Virgen de los Desamparados en una de sus puertas y generar un «punto de concentración» en plena fase cero del estado de alarma. El concejal no prohibió sino que se limitó a denunciar un hecho en el que las medidas de distanciamiento social no se habían respetado. Ni corto ni perezoso, monseñor se largó una carta pública en la que el edil es tratado, cual nuevo Nerón, de mentiroso y perseguidor de cristianos. Días después, en su homilía de la festividad del Corpus denunciaba la actividad demoníaca para la fabricación de “una de las vacunas… a base de células de fetos abortados”. Textual. A la par que el príncipe eclesial, uno de sus sacristanes, J.L.  Mendoza anunciaba al mundo que “el coronavirus es el anticristo de esta generación” y tachaba a G. Soros y a B. Gates de “esclavos y servidores de Satanás” por su plan de implantar chis en las vacunas contra el coronavirus para controlar nuestra libertad. Debe recordarse que el tal Mendoza es presidente de la Fundación San Antonio, el chiringuito propietario de la Universidad Católica de Murcia (UCAM). Academia levantada en Cartagena al amparo del  “decreto de erección” firmado por el entonces Obispo de la diócesis, Javier Azagra,  y acogida en terrenos cedidos por el Ministerio de Defensa y el Ayuntamiento de la ciudad. Como no hay dos sin tres, recientemente hemos conocido unas declaraciones del exministro de Interior de Rajoy, Jorge Fernández Díaz, desvelando una conversación con Benedicto XVI en las que le avisaba de la cantidad de veces que el maligno habría intentado acabar con España, “está en el punto de mira del diablo porque el diablo ataca más a los mejores”. De entrada, cabe interrogarse si todos estos personajes han olvidado que mentir es pecado y, después, recordar que por algo los pioneros a favor de la mejora de las condiciones de vida de la “famélica legión” incluyeron la lucha contra la inculcación en las personas de la dependencia ante poderes superiores desconocidos.

A punto de terminar la segunda década del S.XXI hay una letra y una música que siguen recordándonos nuestros deberes. He aquí como, en las últimas semanas, la actuación de agentes significativos de estas instituciones de poder han facilitado desvelar la radical modernidad de la (supuesta) antigualla reivindicativa del titular

Continuemos con el encuentro que la CEOE, precisamente antes de la finalización del estado de alarma, celebró bajo el pomposo título “Empresas españolas liderando el futuro”. Sus promotores justificaron la reunión por la necesidad de debatir ideas para la reconstrucción económica de España y analizar los efectos que sobre el mercado tenía el coronavirus. Nos hemos encontrado con la mayor cumbre empresarial celebrada en nuestro país, busquen la lista de los intervinientes convocados y sientan el escalofrío que produce la lectura, de seguido y uno detrás de otro, de sus nombres. Tras el evento se me ocurren algunas preguntas: ¿Por qué se le llamó cumbre empresarial y no cónclave del Ibex?, ¿El objetivo era debatir ideas o indicarle a la Comisión parlamentaria que menos reconstrucción de la sociedad y más del mercado?, ¿Se trataba de recordarle al Gobierno, y también a nosotros, quienes son los machos imperiosos del solar patrio? Porque sencillamente, visto lo ocurrido, escuchado lo dicho y analizadas las conclusiones puede decirse que se nos ha venido a refrescar la memoria sobre lo que sabemos que piensan: reformas las mínima; impuestos, para ellos, exiguos; flexibilidad laboral a granel: de jornada, de movilidad, de aplicación de convenio o de lo que se tercie; el dinero público para ayudas y subvenciones empresariales, que ya se sabe lo vagos y maleantes que acostumbran a ser “los parias de la tierra”. Lo que se nos ha dado a contemplar entre el 15 y el 25 de junio ha sido la escenificación del puro y duro poder: el de los amos de España.

Y para terminar, si a alguien le ha venido Dios a ver durante la pandemia es a nuestra Corona. El primer día del estado de alarma, el 15 de marzo, conocíamos que, en base a la línea de investigación desarrollada por el fiscal suizo Yves Bertossa sobre Juan Carlos I por blanqueo de dinero, la Fiscalía Anticorrupción elevaba al Tribunal Supremo el encausamiento del Emérito como posible receptor de comisiones ilegales en la concesión del AVE a la Meca. Según la prensa británica, el 5 de marzo de 2019 los abogados de Corinna Larsen  informaron a Felipe VI de los dineros recibidos por su padre. Ha habido que esperar las publicaciones, a comienzos del marzo actual, en Tribuna de Suiza y The Telegraph  para que Felipe VI nos comunicara, en la tarde del tercer domingo de marzo, que renunciaba a su herencia y retiraba la asignación constitucional a su padre. Felipe de Borbón, por supuesto, no es responsable de las actuaciones de su padre, pero sí de su ocultación. Felipe VI es la materialización de una institución inane y en declive para sectores crecientes de la sociedad española, aunque no podemos conocer el grado exacto de rechazo o respaldo porque desde 2015 el CIS no pregunta en sus encuestas. ¿Acaso los españoles somos merecedores de una Corona marcada, en el ayer y en el hoy, por una dinastía campechana con la población, pero depredadora, corrupta y despreciativa con su ciudadanía? ¿Tendremos que soportar que sea una institución suiza quien nos saque los colores sobre las limitaciones incomprensibles de nuestra vida institucional?

A punto de terminar la segunda década del S.XXI hay una letra y una música que siguen recordándonos nuestros deberes. He aquí como, en las últimas semanas, la actuación de agentes significativos de estas instituciones de poder han facilitado desvelar la radical modernidad de la (supuesta) antigualla reivindicativa del titular.

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