Opinión

Ángel Cuesta Calvo

 

El más grande motivo de orgullo de un profesor es ver cómo sus discípulos logran triunfar, alcanzando las más altas cumbres en aquello a lo que dedicaron su saber.

Eso lo logró Miguel Ángel Cuesta Ruiz-Colmenares, cuya pasión por los vertebrados fósiles lo convirtió en un especialista a escala europea, muy apreciado por sus colegas y por cuantos con él compartieron sus ansias.

No asistió a mis clases por la sencilla razón de que fui oficialmente profesor de Paleontología sólo durante dos años, al comienzo de los años 70 y él llegó a los estudios de Ciencias Biológicas algún tiempo después. Pero al decirle a Jorge Civis que quería estudiar Vertebrados Fósiles, le puso en contacto conmigo. Y yo le proporcioné los huesos de un rinoceronte que extraje en el Mioceno de la segoviana Coca para que con ellos hiciese su Tesis de Licenciatura, que leyó en 1982. Así comenzó su brillantísimo palmarés en esta Ciencia.

«Miguel Ángel». (Acrílico sobre tablero, de Ángel Cuesta, 2010).

Pero, en 2009, cuando ya estaba en la cumbre internacional, una mala enfermedad se lo llevó para que pudiese contemplar los celestes pastizales donde pastaban, en el infinito, sus queridos «burros», como él llamaba a sus perisodáctilos fósiles. Y al cariño que todos le tuvimos siguió el intenso dolor por su prematura muerte.

Ahora se ha ido hacia él su padre, Ángel Cuesta Calvo (1930-2020), dejándonos el recuerdo de una vida dedicada a la pintura, en la que, cómo su hijo, alcanzó las altas cimas, cada uno en lo suyo.

No voy a hacer aquí un panegírico de su vida y de su obra pictórica. Eso ya lo han escrito quienes mejor le conocieron. Pero quiero añadir algo a su biografía que muy pocos conocen: la ayuda artística que dio a su hijo paleontólogo.

Aquellos huesos del rinoceronte de Coca, que yo entregué a Miguel Ángel para su estudio, fueron maravillosamente plasmados por su padre en unos dibujos que fueron su orgullo. Lamentablemente, cuando se publicó aquella «tesina» se incluyeron solamente las fotografías, y no todas, prescindiendo de los artísticos dibujos. Como se puede suponer el motivo de la supresión era el espacio, la extensión del artículo. ¡Una lástima!

«Autorretrato». (Técnica mixta, de Ángel Cuesta, hacia 2000).

Sí, porque cuando se ven estos dibujos parece que uno se retrotrae al siglo XIX, cuando aquellos grandes dibujantes daban lo mejor de su arte para acompañar las obras de Cuvier, Gaudry  y tantos otros «padres» de la Paleontología de Vertebrados, adornando insuperablemente sus libros y publicaciones.

Después, otros dibujos de Ángel Cuesta acompañaron el triunfo de su hijo al realizar su brillante Tesis Doctoral, que tuve el honor de codirigir, con Jorge Morales, en 1991. Muchos de ellos sí se incluyeron en las publicaciones que de allí surgieron, pero, como suele ocurrir en estos casos, han pasado desapercibidas para los que no son especialistas en la materia. Un cuadro suyo en sepia, evocador del periodo eocénico, «Aurora de los Tiempos Modernos» (1991), se exhibe en el Claustro Alto de la Universidad de Salamanca.

«Tentenecio». (Sepia sobre tablero, de Ángel Cuesta, 1986).

La muy prolífica obra de Ángel Cuesta, además de esta faceta paleontológica, es multidisciplinar, destacando quizás la paisajística. Aquí su mano era muy precisa, realista, resaltando la tierra de Palencia, que tanto amó. A él debo mi pasión por el románico, gracias al álbum de láminas que publicó en 1984. Por lo que respecta a sus retratos combinaba magistralmente lo figurativo con el realismo, captando muy bien no sólo el alma del modelo, sino la suya propia.

«Ermita de Santa Cecilia (Vallespinoso de Aguilar)» Lámina en «Románico Palentino» de Ángel Cuesta Calvo (1984).

Sea esta mi «ocurrencia» de hoy un sentido homenaje a este gran pintor y amigo, que se nos fue en este fatídico año. ¡Que la tierra te sea leve, Ángel!


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