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Ministro de Universidades

 

El profesor Castells es un prestigioso sociólogo y economista, profesor e investigador universitario, catedrático emérito de Sociología y de Planeamiento Urbano y Regional en la Universidad de California, con un curriculum vitae envidiable y que, por todo ello, goza de amplio prestigio internacional. Posiblemente esos fueran los factores que más influyeran, al margen del reparto de cargos entre las formaciones políticas, en su designación como Ministro de Universidades, un nombramiento sorpresivo para casi todos, más por el desconocimiento público de su persona que por su trayectoria profesional.

 

Ya comenzó con mal pie su mandato, sufriendo una pérdida de competencias del anterior ministerio de Ciencia y Universidades, que fueron transferidas a otro ministerio y, porque nada más tomar posesión como ministro, y con la casa por barrer, se ausento diez días de España, lo que causó una sorpresa importante entre propios y extraños.

Al inicio de la pandemia su ministerio no tuvo un papel importante en el análisis y la previsión del impacto de la misma en la universidad española, hasta que se produjo el cierre de las universidades y, con posterioridad, tampoco se ha percibido públicamente que el ministerio ha desarrollado en estos meses estrategias para la adaptación a la ‘nueva realidad’ y, especialmente, para preparar el nuevo curso académico, aunque esta falta de previsión ha afectado también a otros muchos organismos públicos.

Tras su nombramiento se pensaba que, viniendo desde el mundo anglosajón y más concretamente desde Estados Unidos, podía aportar una visión más actual y objetiva de la universidad y que podía aportar “oxígeno”, es decir aire nuevo, imparcialidad y el impulso necesario para la adaptación de las universidades españolas a los retos del futuro, especialmente la competitividad con otras universidades internacionales. Además, en sus primeras intervenciones, parecía lleno de buena voluntad para reconocer los problemas y huía del excesivo protagonismo al que nos tienen acostumbrados los políticos españoles.

Mientras tanto, la Universidad ha continuado con los viejos problemas, muchos identificados públicamente por el ministro, pero sin aportar soluciones, y ha añadido otros muchos creados por la pandemia, problemas que se han ido abordando por la conferencia de rectores (CRUE) en soledad y por cada universidad lo mejor que han sabido o podido, pero del ministerio y del ministro se ha sabido poco y, desde luego, no ha existido ninguna percepción de liderazgo por su parte.

Estos días los medios están llenos de sesudos análisis acerca de la labor como ministro del profesor Castells, análisis que traslucen el sesgo ideológico de los medios o de sus autores acerca del gobierno en general y del ministro en particular. Muchos dan al ministro por descontado. Otros, entre los que me encuentro, pensamos que una vez más es una excelente oportunidad perdida o desperdiciada.

Desde esta columna no estoy en condiciones de juzgar su labor en el ministerio, doctores tiene la iglesia, pero no puedo menos de reflexionar acerca de que es más importante para la gestión pública: un ministro previamente alejado de la realidad que debe gobernar, presumiblemente sin intereses concretos en el sector, erudito y que, por su lejanía personal e intelectual no esté tan mediatizado, con independencia de criterio, o un ministro menos cualificado intelectualmente, pegado al terreno, y que, por su cercanía a las competencias de su ministerio, al día a día, pueda tener conflictos de intereses, pero que esté más próximo a la realidad que debe gobernar. No es exactamente el debate entre ministros tecnócratas o ministros políticos, que ese es otro debate diferente.

Como en otras ocasiones carezco de respuestas para estas preguntas, pero el caso del ministro Castells me parece paradigmático para reflexionar al respecto.

Miguel Barrueco Ferrero
Profesor Universitario

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