Opinión

Casado, hoy, se ha divorciado de la presidencia

Hoy —segunda sesión de la moción de censura presentada por Vox— deja al descubierto una situación perceptible desde hace tiempo: Casado se ha divorciado de la presidencia del gobierno, nunca será presidente de España. Divorcio, según la acepción dos, significa “separar, apartar personas que vivían en estrecha relación, o cosas que estaban o debían estar juntas” y el líder del PP se ha separado estruendosa y belicosamente del consenso futuro, renunciando por temor o complejo a una táctica templada, provisional. Su discurso (obra maestra de estilo, muy por encima de lo oído en el Parlamento moderno, soberbio; con formas mejorables, menos agresivas, y un mensaje errado) hubiera sido productivo, cautivador, en otra situación, en Dinamarca o Países Escandinavos, donde la idiosincrasia y cultura superan de manera extraordinaria al disenso e incultura que, de forma proverbial, cortejan a los españoles.

Sin embargo, su falta de visión lo convierten en líder postizo, romo; “el yerno (rival) que toda sigla quisiera tener”. Si no se entera de qué audiencia le escucha, traspasado el horizonte parlamentario, su magnífico discurso constituye un brindis al sol. Casado ha sucumbido a las etiquetas; tanto, que ha recibido comprometidas loas de Iglesias y toscos parabienes de Lastra. El escenario no puede ser más desalentador: “si el incondicional calla, malo; si el adversario aplaude, peor”. Esa ensordecedora caja de resonancia formada por medios próximos (¡fuera las correcciones políticas!, comprados) llevaba días martilleando que un SÍ del PP implicaría abandono del comportamiento juicioso en “la derecha extrema” arrastrada por el radicalismo de “la extrema derecha”. Lo he dicho alguna vez, dichos modales implica una corrupción social mucho más grave que cualquier otra porque, semejante manipulación propagandística, degrada la democracia.

Suele comentarse la indigencia cultural existente en nuestros próceres, pero el patrimonio intelectual constatado tampoco ocasiona grandes regocijos. Hago un inciso. Son las dos y media del día veintidós de octubre de dos mil veinte. No hace quince minutos que ha terminado la votación en la Cámara y ya se ha lanzado el eslogan: “Sánchez ha ganado la moción de censura con una mayoría irrepetible: ciento noventa y ocho votos contra Abascal”. Conjeturo que Casado se dará cuenta ahora —escuchando cómo manipulan la cuantía récord que él ha propiciado, junto a otros— del tremendo error cometido en beneficio del impresentable monclovita. O no. Continúo. Es la evidencia tangible de que en agudeza política no consume el mínimo exigible para gobernar el país. Ni este siquiera, cuyos representados suelen ser parcos a la hora de exigir una gobernanza superior.

Cuando Casado ocupaba la tribuna de oradores sabía que PSOE había firmado un manifiesto (“cordón sanitario”) nada democrático. Curiosamente se proclamaba “en favor de la democracia, los derechos humanos” y contra Vox. ¿En favor de qué… con la firma de Podemos, Bildu y CUP? Cinismo y jeta insolente de todos los firmantes no tienen parangón; ingenua insensatez del PP tampoco. Mis esperanzas puestas en Casado se han desvanecido cual castillo de naipes. Poco importo yo porque soy abstencionista, pero sí miles de seguidores, votantes, que condenarán su NO a Abascal (de rebote SÍ a Sánchez) y, sobre todo, la forma displicente, ofensiva, innecesaria, con que ha deslucido su intervención. Desconozco qué razones han llevado al PP a desmarcarse tajantemente de Vox, un partido constitucional, democrático y defensor de las libertades ciudadanas, aunque sus exposiciones, algo abruptas a veces, potencien la caricatura y el rechazo injusto.

He visto cómo Casado expandía culpas a Abascal; entre ellas, colaborar con el PSOE para que Sánchez e Iglesias se eternizaran trayendo miseria y esclavitud a España. Nadie, en ese momento, habrá olvidado que la situación institucional, política e incluso económica, tiene dos culpables al cincuenta por ciento: PP y PSOE. Durante cuarenta años, ambos (al alimón) han proporcionado competencias a Cataluña y País Vasco, permitiendo un adoctrinamiento educativo que ha desembocado en aumento astronómico del clan independentista. Es decir, han alimentado el problema vertebral a lomos de una insolidaridad provocadora e irritante. PP y PSOE, con pobres rudimentos democráticos, manchados a su vez de corrupción, conforman la fuente de Podemos y Vox. Por ello me parece artificial, improcedente, el comentario desdeñoso, sucio, de Casado a Vox.

Sánchez e Iglesias son como dos hermanos siameses: si se separan mueren ambos. Ellos lo saben y al efecto hay un gobierno bipresidencial, no de coalición. Absténgase de preguntarme, pero juraría que Iglesias, aunque el Supremo lo condenara, no iba a dimitir. Recurriría a cualquier argumento peregrino, infantil. Sánchez tampoco se lo iba a exigir. Seguro. Es curioso que, dando leña al poderoso, uno viva con decenas de sirvientes, personal de seguridad, avión, helicóptero, tres palacios, etc., etc. y otro lo haga en una mansión rodeada de vigilancia permanente. Dicen que es de linces aprovecharse de los tontos. Es probable, pero también de sinvergüenzas. Objetivamente, y por separado, ninguno parece cuajar un peligro digno de consideración, pero al unir maldad y astucia, sin escrúpulos, son capaces de saltarse líneas rojas, barreras legales y contratiempos que constriñan sus codicias.

A lo que se aprecia, el gobierno bipresidencial y sus heterogéneos apoyos no conforman esa comunidad aparente de ideales o doctrinas afines, pues algunos son opuestos. Constituyen una empresa lucrativa cuyos dividendos se reparten proporcionalmente a la capitalización política de los socios. Por eso, quieren manejar el Consejo General del Poder Judicial y, de rebote, imponer el Tribunal Constitucional y el Tribunal Supremo. La nueva izquierda marxista corrompe los sistemas libres transformando las democracias en dictaduras democráticas al igual que hizo Hitler, con los matices correspondientes. ¿Por qué Podemos, presuntamente, se financia de países ultraeuropeos? Porque en Europa no existe la extrema izquierda. Iglesias (y Sánchez aprueba) quiere convertir España en una dictadura democrática donde todos los resortes del poder estén controlados por el gobierno social-comunista. Así será imposible la alternancia.

Casado no midió bien las palabras de Iglesias: “Ustedes no van a volver al gobierno por la vía democrática”. De sus palabras puede deducirse que ellos iban a impedir dicha vía. En un contexto normal —suponiendo que el socialismo ahora fuera partido moderado, centrista y constitucional, no un sanchismo sin freno, abusivo, tiránico— Casado hubiera efectuado un discurso de estadista. Con todo, cuando (desde Zapatero) el PSOE rompe la convivencia, hace del odio escenario electoral y levanta trincheras estratégicas, el discurso de Casado lleva al PP a la inoperancia política, porque contra una trinchera solo cabe otra. Ha dicho NO a presidir el gobierno, se ha divorciado de él. Puedo equivocarme, aunque lo creo difícil, porque la visión desde mi otero de analista puede diferenciar de aquella que observa la calle.


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