Opinión

Del poeta nos queda la palabra

 

La voz del poeta resonó nuevamente en el coro de la Catedral Nueva de Salamanca. Siete meses después de lo esperado en este año que todo queda fuera de lugar, con las sombras de la noche ya caídas sobre el domingo postrer de octubre, los esquilones del muñidor anunciaron el desfile solemne por las naves laterales del templo principal.

El tambor sordo, un coro en la distancia y Cristo, siempre ese Cristo enjuto y atormentado, llevado en lenta procesión. Era el ritual de siempre, porque sin el rito no podemos actualizar el tiempo primordial ni dar continuidad a esa historia que resulta indiferente cuando pudo comenzar, porque siempre será la misma, siempre será distinta, siempre será la nuestra. Así se forjan las tradiciones que nos unen como pueblo, a base de repetir el rito, una y otra vez, hasta hacerlo intrínsecamente nuestro.

Volvió el poeta a recitar sus versos ante la cruz. Este año puso la voz y la palabra una salmantina de Canarias, Elena Díaz Santana, que creció y maduró en la poesía al lado de Antonio Colinas, el referente actual de nuestras letras. Filóloga, fotógrafa y escritora, Elena acudió ante la imagen de Cristo en su agonía redentora con un poemario, Al calor de tus manos, «inspirado en su propia vida, donde Dios entreteje con todo lo que es suyo». Un poemario de honda sencillez y pasión contenida, con versos que fluyen cadentes en un equilibrio más que meritorio.

Por todo esto, El poeta ante la cruz es ahora mismo uno de los actos cumbre de la poesía religiosa en España, quizá el que más. Desde 1986 ha mantenido el formato sin interrupción y con el paso del tiempo se ha ido afianzando como referente de esta modalidad literaria. No sé si, como en su día afirmó Soledad Sánchez Mulas, llegará a figurar en los libros de Literatura. No lo sé, pero en todo caso, la producción de un poemario anual, con calidad, junto a la puesta en escena de su presentación, grandiosa, convierten a este evento en algo único, tremendamente original, y muy valioso para la ciudad que se dice culta y docta. Le falta tal vez ese respaldo institucional que lo proyecte más allá de los círculos poéticos, siempre minoritarios, donde ya es de sobra conocido y valorado.

Era este un año difícil. Cuando llegó el confinamiento el acto quedó en el aire al ser su día el domingo anterior a Ramos. Los organizadores enseguida descartaron la suspensión y hablaron en todo momento de aplazamiento, para no perder la continuidad. Y aunque fuera con mucha menos gente y las limitaciones que las circunstancias actuales exigen, Elena Díaz pudo transformar en poesía su palabra con versos que se hicieron oración.

Al final siempre nos queda el consuelo de la poesía, la forma más hermosa de expresarnos. A pesar de la adversidad, como Blas de Otero, siempre terminamos por volver a la palabra… «Si he sufrido la sed, el hambre, todo / lo que era mío y resultó ser nada, / si he segado las sombras en silencio, / me queda la palabra».


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