Opinión

Sánchez sí alarma

He pretendido ser justo y cabal —no siempre irreprochablemente mesurado— en mis juicios sobre los políticos a fin de garantizar cierta ecuanimidad. Pero aumento la exigencia, más si cabe, con quien no es santo de mi devoción, con quien profesa maneras arrogantes, altivas, mientras provoca actitudes dictatoriales y evasión democrática. Mis lectores asiduos, asimismo amables conciudadanos, saben el desaire con que trato a todos ellos afianzando una divisoria por encima de la cual no hago excepción alguna, bien por acción, bien por omisión. Desde mi punto de vista, tal certidumbre no es una generalización ridícula sino un cotejo rutinario, proverbial. Por este motivo, he de hacer verdaderos esfuerzos para que el siguiente destello se aleje de la hipérbole, formato asiduo en él, propio y requerido. Su ego, sombra indistinta e indefinida de uno mismo, impide otra cosa; sin yo pretenderlo, probablemente se desvanezca Sánchez, su mediocre anterioridad, el individuo con fisionomía humana y surja una infausta, fatídica, visión.

Quien analiza los hechos, desde diversas perspectivas temporales, lo hace con conocimiento de ellos o por convicción. Hay quien sostiene que solo el conocimiento puede iluminar elucidaciones rigurosas, ajustadas. Mientras, los yerros rebosan el campo estéril de cualquier convicción compensatoria. Lejos de despertar polémicas tediosas, considero ineludible cuestionar las razones dadas. Por un lado, según Husserl, el conocimiento proviene de uno de los múltiples fenómenos en que se manifiesta el objeto; es, por tanto, competencia explícita de alguna faceta. Por el contrario, la convicción conforma una convergencia abstracta, general, única, entre realidad plena e intelecto. Ambos tienen parecidas probabilidades de legitimar opiniones sobre lo divino y lo humano, siempre que el proceso se asiente sobre mentes desintoxicadas, libres. Mi convicción garantiza que Sánchez es retorcido y maligno para el país.

Carezco de garantías o de informes aclaratorios para asentar consideraciones y reproches que formarán el cuerpo del artículo presente. Noticias de prensa, así como añejas y bien enhebradas convicciones, constituyen su médula inequívoca. Sánchez, por una vez y sin que sirva de precedente, no ha mucho dijo su única verdad: “Soy el único que no disimulo que lo único que importa es el poder”. De estilo literario muy mejorable, expone con claridad meridiana y grueso trazo su entraña política. Todo lo demás no puede extrañar a nadie; a mí, no desde luego. La farsa permanente, el enanismo intelectual de la masa y la pícara mediocridad de quienes lo han rodeado y rodean, permitieron alzarlo a cotas de poder impensables para él, propios y extraños. Dada mi usual rechifla, ahora atestiguo y creo —sin más pruebas ecuménicas— en los milagros.

Rajoy, dueño postizo de una mayoría estéril, fue víctima de la corrupción putativa y magnificada por manos presuntamente encalladas en el saqueo cercano o trémulas por vehementes anhelos futuros. Abrevando en el cangilón del sanchismo (el PSOE, su lustre y tradición, ya había desaparecido), Podemos, ERC, PNV, JxCat, Bildu, junto a siglas sueltas, “limpios todos de tosca corrupción urdida o embrionaria”, censuraron y vencieron a un PP con similares manchas, pero no peores gobernantes. Sánchez, ya por aquel entonces, enseñaba una patita infame, falsa, indecente, cuando pactó con partidos extremistas y antiespañoles; “solo importaba el poder”. Tales prolegómenos rubricaban un presidente sin escrúpulos que batiría todos los récords de decrepitud nacional, fomentando a su vez la arbitrariedad y el enfrentamiento social que inicio Zapatero.

Conducir la censura mezclándose con una panda de perjuros, renegados e inmorales, asentaba el diligente itinerario presto a seguir contra todo dique ético, moral, ideológico y social. Derechos fundamentales, judicatura y libertades ciudadanas las manda a hacer puñetas, nunca mejor dicho. Todavía busco explicaciones que desentrañen cómo un individuo falaz hasta el tuétano, dilapidador, débil, inseguro (aupado siempre al vaivén), arrogantemente acomplejado, fatuo y vengativo, ha sido capaz de presidir el gobierno, aunque tenga el bochornoso vilipendio de ser el peor mentor en decenios y probablemente siglos. Pudiera pensarse que lo anterior roza el insulto, pero nada más lejos del mismo. Primero, jamás hablaría de Pedro Sánchez Pérez-Castejón porque no me importa su ser ni sus eventualidades personales; expreso mi parecer sobre el presidente, un señor público a quien pago por su gestión y cuyas acciones, por cierto, afectan a mi vida de forma inusitada; en ocasiones, de forma ilegítima. ¡Ya está bien de inclinarse ente el pedestal!

El romancero español y los refranes populares, pese a lo dicho por mí en algunas ocasiones, muestran una sociedad, si no culta sí penetrante e inteligente. Ocurre, sin embargo, que los gerifaltes la quieren adoquín e incívica. Y lo han conseguido. Luego, cuando la masa se exalta cometiendo tropelías vandálicas, se rasgan las vestiduras, lanzan operativos de seguridad y se lavan unas manos lesivas. Estamos conociendo medidas drásticas, confinamientos individuales, cierres diurnos de locales, etc. en nuestros entornos más cercanos, pero ¿concibe alguien un país que decrete seis meses el estado de alarma? España; en silencio y con la venia de casi toda la oposición. ¿El Parlamento, la soberanía popular? Abierto solo cuando Sánchez quiera pavonearse con la claque al quite.

Alarmar es sinónimo de asustar, sobresaltar, inquietar. El ciudadano está asustado (tal vez sobresaltado o inquieto) porque, en una coyuntura de emergencia nacional a causa del Covid-19, la nación queda sin gobierno —diluido entre diecisiete voluntades— al burdo cobijo de que cada Autonomía tiene competencias sanitarias. En castellano viejo quiere decir que abomina una nueva probabilidad de procedimientos judiciales como ocurrió en la primera ola por su nefasta e interesada gestión. ¿Qué pinta, entonces, un gobierno tan abundante de ministros y asesores? Le embriaga entresacar ocupaciones espinosas, por no decir antidemocráticas, cesaristas o totalitarias, como: romper España (paso previo), dominar el CGPJ y con él la Judicatura, reinstaurar una censura contra los medios y redes sociales que se opongan al discurso oficial, inmiscuir la fiscalía general en procesos molestos al gabinete o a alguno de sus miembros, agigantar hasta límites difícilmente reversibles el problema institucional con Cataluña para aprobar los presupuestos nacionales, etc., etc.

Dejo lo sustantivo para insertar lo estrafalario. La Universidad Complutense regala a la señora de Sánchez dirigir una nueva cátedra. Todo el que sienta curiosidad sabe que, para merecer tan alta dignidad, se ha de ser doctor y conseguir méritos a través de publicaciones técnicas con prestigio internacional. Salvo error u omisión, la señora Gómez carece de cualquier requisito expuesto. ¿Recuerdan ustedes el regalo a Franco del Pazo de Meirás? Pues eso. Sobre nepotismo, y aquí incluyo a todo el ejecutivo, mejor sugiero un silencio generoso, porque si no asistiríamos a una bacanal folklórica. Quedan en el tintero las maletas de la señora Delcy Rodríguez, los premiosos intentos de descabalgar en Andalucía a Susana Díaz y otros espectáculos también muy rocambolescos.

Sánchez nos hunde social, moral económica e institucionalmente porque vive para gozar La Moncloa, pero utilizando un argumento a pari, con respecto a cualquier dictador o émulo, estoy convencido de que, si hay justicia, él y otros múltiples adláteres tendrán complicaciones. No quiero ser más preciso.

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