Opinión

Delirios militantes

Hubo un tiempo en que los delirios tenían un abordaje diagnóstico, incluso terapéutico, y cuando menos una vigilancia preventiva no fuera a ser que aquellas ideas extravagantes, sin pies ni cabeza, se convirtieran en acciones fatalmente irremediables.

Hoy asistimos a una normalización del delirio, se fabrican como churros, cada cual de su padre y de su madre, y compiten entre ellos a ver cuál es más estrambótico, y claro, se adaptan a las circunstancias y rasgos de nuestro tiempo.

En tiempos de Napoleón y en los inmediatos a su fama, muchos deliraban creyéndose Bonaparte. Incluso se metían una mano por la abertura de la chaqueta para tentarse el ombligo, símbolo del yo, imitando en esto al original superhéroe.

Hoy el prototipo Bonaparte está un poco gastado y no es tan frecuente, el personaje histórico va cayendo en el olvido y está demodé.

Como le ocurre a las brujas, que también tuvieron su época y fueron motivo de muchos delirios colectivos en sus lejanos tiempos irreales, con sus vuelos psicodélicos a base de sapo y plantas alucinógenas, tal y como con rigor empírico dedujo Andrés Laguna, nuestro médico humanista, que hasta intentó salvar a una bruja (así acusada) del fuego.

Pero lo que hoy sorprende, en un mundo tecnificado y levantado sobre los hombros de la ciencia, y que hace ya tiempo solventó su primera infancia con la Ilustración en aquel siglo que dicen de las luces, y que por tanto procede de Montaigne, Leibniz, y Spinoza, pero también de Voltaire y Benito Feijoo, los cuales por hacernos un favor y acto caritativo retomaron aquel espíritu lúcido de Lucrecio e investigaron con interés la naturaleza de las cosas (de Rerum Natura), los delirios no solo vuelven sino que se normalizan, militan, y se presentan en sociedad, con enorme éxito de seguidores por raro que parezca, paso previo a presentarse a las elecciones.

Y es que según dan fe algunas noticias como las que estos días proceden de las elecciones de USA, hasta han logrado algún escaño en las cámaras de representantes, como es el caso de la republicana Marjorie Taylor Greene, seguidora de un movimiento raro, raro, raro, llamado QAnon, levantado sobre una teoría conspirativa de índole esperpéntica.

En una imagen de esta noticia, la nueva representante del pueblo se nos aparece metralleta en mano como en los tiempos de Al Capone, y con cara de pocos amigos. Luego la noticia da cuenta de algunos de los delirios de esta facción electoral, a cual más extraño y fantasioso, pero ahora refrendados en las urnas, y además belicosos y armados, por lo que se ve.

Esto de normalizar delirios debe ser consecuencia del mundo posmoderno, francamente involutivo (más «pre» que «pos»), y no sabemos bien a dónde puede llevarnos. Con un poco de resiliencia (como ahora se dice), aguante, y curiosidad clínica, hasta puede que lo averigüemos.

Lo que si influye en la forma del delirio, como decimos, es el entorno cultural, es decir, el medio ambiente. Como lo que ahora hay en primer plano es una pandemia, los delirios que más procrean son los relacionados con ella, si bien no cambia su tono conspiranoico, bastante parecido al de otras épocas, solo cambian los protagonistas.

Leíamos estos días algunos estudios históricos sobre la peste negra que asoló Europa a mediados del siglo XIV, causando gran mortandad y ruina económica, y que trajo consigo su delirio específico: les dio por delirar a los delirantes de aquel tiempo que la culpa de todo aquel desastre no la tenían la Yersinia Pestis y la pulga de la rata, y en última instancia el comercio y una incipiente globalización que ponía en contacto Oriente y Occidente a través de la ruta de la seda, sino que los culpables de todo aquello eran los judíos más a mano, que corrompían los aires y envenenaban las aguas. No tenían otra cosa que hacer los pobres, y eso que eran laboriosos y aplicados a lo suyo.

Sí que observaron -después de intentar el remedio varias veces- que quemando judíos tampoco se resolvía el mal. Aunque hemos de suponer que de esa reflexión empírica basada en la prueba del fuego eran incapaces los más, que ni mucho menos tenían la cabeza de Andrés Laguna.

Hoy los delirios, alimentados por otra pandemia, adoptan forma renovada, y si bien ya no hay judíos que quemar, ahí están Bill Gates, Soros, y el socialcomunismo, para echarles la culpa de todo y de aún más. Puede ser un indicio positivo que Trump, Vox, y demás negacionistas, vayan quedando relegados a la cuneta de la historia, pero digámoslo: la humanidad no tiene remedio.

Salvo que las luces rebroten de nuevo y nos rescaten de la oscuridad, como antaño.

Lean.

Y lean desde el principio, empezando por los clásicos. Lucrecio y su “Rerum Natura” (por ejemplo, en la traducción del abate Marchena) es una buena opción para empezar. Nunca es tarde.

Y si además quieren saber por qué este libro, que se salvó por los pelos, es tan importante, y por qué Lucrecio puede considerarse uno de los padres fundadores de Occidente, lean este otro: «El giro», de Stephen Greenblatt.

Es esta, sin duda, una historia curiosa, y puede ayudarnos en estos tiempos de tinieblas.

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