Opinión

La piedra mala

 

En aquella noche triste de San Policarpo hubo una familia que salvó sus vidas, pero perdió absolutamente todo lo demás. Es el caso que el hombre, al sentir como subía el agua, despertó a su mujer y a sus hijos y salieron de la casa, sin preocuparse de nada más. Parece ser que a su abuelo ya le había ocurrido algo parecido y lo contaba a menudo… Y este hombre fue de los que, con grave riesgo, se arrojó al Tormes varias veces, atado, para rescatar a otros… En dos ocasiones el éxito coronó su arrojo, hasta que, agotado y casi ahogado, fue sacado del agua con la cuerda…

Los caritativos vecinos de Villamayor les dieron cobijo y, cuando todo se fue calmando, les ofrecieron como solución afincarse en las tierras malditas, las de la famosa vara. Después de tantas penurias aquel valiente no se arredraba ante nada, y allá se fue con su familia…

Poco pudieron hacer en aquellas inhóspitas tierras, que casi nada producían. Pero en su pobreza, aquella familia no dejó de ejercer la caridad tradicional con cuantos caminantes pasaban por allí. Siempre había un pedazo de pan y un reconfortante vaso de vino de la tierra para los limosneros que llamaban a su puerta…

Y mientras aquella familia ejemplar luchaba por la vida, una gran necesidad imperaba en Salamanca: reavivar el tráfico entre las dos orillas, cortado con el puente y mal resuelto con el empleo de barcazas.

Pues bien…, cuentan que un día, años después de la gran riada de San Policarpo, unas fiebres malignas se adueñaron de la casa del buen Lucas, que así se llamaba aquel varón afincado en las tierras malditas de la vara de Villamayor. Ni pócimas, ni emplastos, ni oraciones, parecían servir de nada ante tan gran ardor corporal…

Ya el hijo mayor estaba agonizando. En esto que un vagabundo, con una capa y un chambergo muy raídos, se acercó por el camino de Villamayor hacia la casa.

El buen Lucas le vio venir y salió a recibirle, diciendo:

– En mal momento vienes, caminante, pues tenemos un hijo a punto de morir, y otros dos también enfermos… Pero pasa y comparte nuestro pan y nuestra sal, que siempre habrá algo en esta casa para quien lo necesita más… ¡Sólo te pido una oración para que el buen Dios haga con esta familia lo que juzgue más conveniente!

Se agachó el caminante, y cogiendo una piedra del borde del camino, se la ofreció a Lucas, pronunciando estas palabras:

– No penes más, buen hombre, que la Virgen de la Vega, a quien rezaste todos tus días, te ha escuchado. Tus hijos ya están sanos. Y toma esta piedra. Ve con ella al maestro de cantería del Puente y enséñala…»

Y desandando el camino, retornó al infinito.

Maravillado, entró Lucas en su casa y, antes de poder decir nada, fue saludado por los gritos de alegría de su mujer que, al pie del lecho de su primogénito, sollozaba al ver la súbita recuperación del moribundo. Y los otros se habían levantado también. Y ahora fue él el que casi se muere de la emoción. Cayendo de rodillas, oró y oró a su Virgen de la Vega, entre las lágrimas de todos.

Pasado el alborozo, marchó con la piedra que le dio el misterioso personaje a Villamayor. Y al pasar por donde estaba la famosa vara, vio que había desaparecido. Y –animado por un presentimiento– corrió a la fuente sulfurosa que allí cerca estaba y comprobó que las aguas ya no olían, aunque no eran transparentes sino canas –quizás quedaron así como recuerdo de lo que habían sido–, y que no sabían mal.

Al llevar la piedra al maestro de cantería del Puente, resultó que servía para el propósito buscado de resistir la inmersión y, además…, era barata por el corto transporte.

Pronto se llegó a un acuerdo. Ahora bien, Lucas consideró que había entrado en las tierras de la Vara «de prestado» y, agradecido por ello, habló con sus vecinos de Villamayor para compartir con ellos su bonanza. Se hizo una especie de cooperativa, que prosperó.

Y cuando el puente pudo abrirse, en 1681, aquella piedra, antes maldita, se continuó empleando, ahora en los pies de edificios, como en la Casa de las Viejas, por ejemplo, que por esas fechas se hizo. Era de gran ventaja económica sobre su competidora granítica.

Pero el empleo de ese tipo de piedra –que algunos llamaban «caleña»– decayó al comenzar el XVIII. Las canteras y calicatas se abandonaron y, sólo de vez en cuando, algún molinero las aprovechaba. Fueron cubriéndose de maleza y desechos… Y, finalmente, hacia 1970, fueron cubiertas por el basurero municipal de Salamanca.

La leyenda de la «Vara de Villamayor», que separaba la piedra buena de la mala, la «celestina» o «caleña», fue completamente olvidada… Nadie volvió a mencionarla… hasta ahora…

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.


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