Opinión

Espléndido

 

Palabra ésta en desuso. Recuerdo que me acuerdo de un brandy así bautizado. Junto al Magno, el Soberano, Veterano y toda una retahíla de reyes, grandes nombres, fechas e incluso batallas épicas. Quedaba claro que no era bebida de mujeres, solo apta para el hombre sin camiseta de interior, innecesaria por ese pelo en pecho que hacía inútiles los botones superiores de cualquier camisa.

Para hacerlo completo, fundamental el café solo torrefactado, ese azúcar braseado relacionado ocasionalmente con la visita al baño, y la “farias” posterior. Con frecuencia, la ceniza resultante descansaría sobre las cabezas de gambas que yacían sobre esa especie de turrón del duro conocido como terrazo. ¿Qué decir de los aromas del ambiente? Mmmm… Ducados, Winston, croquetas…

Supongo que te suena un poco a los Alcántara. Pero ciertamente fue ayer. Habito en un pequeño pueblo de la margen derecha, lado norte, de un sereno y lento río con apellido de vino. Es precioso, no tanto por su agua verde como por sus verdes orillas. A veces pienso que su fluir es lo único que pasa por aquí. Además del tiempo claro. Pero, otra vez aquí, más lento que en otros lugares.

Una de mis diversiones favoritas de niño era lanzar al aire una botella de cristal para tratar de romperla durante su vuelo con otra. Las cogíamos al azar entre las miles (te prometo que no exagero) que se amontonaban junto al río, a menos de 10 metros de mi casa, ponle 30 de la plaza donde se ubican iglesia y ayuntamiento. Era la norma, ergo lo normal. Tirar la basura al río. Qué ratas aquellas. Para cuatro personas, fácilmente.

A veces, la muchachada, nos dividíamos en dos grupos. Uno se atrincheraba en lo que llamábamos con poca imaginación los hundidos. El otro, con generosidad en el pertrecho, atacaba la fortaleza con terrones de barro duro que antes fueron adobes que antes fueron pared, sordos a sus historias. Casi nunca hubo bajas, alguna poco significativa brecha. Apenas un par de veces tuvimos que dejar de tirarnos piedras por algo que no fuera la hora.

Pienso muchas veces en este tipo de cosas, de recuerdos. Cuidado. Son todos en color. Soy de Naranjito y de la bola de cristal, sé asociar auto reverse y música, he tarareado The final Countdown más veces de las que pueda decir y puedo dar fe de que Telecinco era como ahora cuando empezó. Solo llevo unas cuantas canas en mi poblada barba, no hice la mili porque la quitaron (que si no, tampoco) y en el instituto nos hablaban de filosofía. Tengo también más consciencia de vida de este milenio que del anterior por lo que a mi juicio y solo según mi juicio, estoy lejos de ser lo suficientemente viejuno como para sacramentalizar falsos axiomas.

Bueno, para una cosa que escucho últimamente, sí: Somos españoles, a nosotros no se nos puede cambiar… Termínese el texto con un nasalmente espirado “Ja” con risa floja.

 


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