Opinión

Adiós a Jacinto Orejudo

 

Hace unos días fallecía Jacinto Orejudo, un meritorio pintor salmantino cuya obra personal, para el gran público, quedó diluida en la fama de la empresa familiar, Artesanía Orejudo, conocida internacionalmente por la calidad de sus obras decorativas. La prensa local, tristemente, ha pasado por alto el deceso. Las noticias en relación con la cultura no son las más leídas, se descuidan y la pescadilla vuelve a morderse la cola.

 

Los Orejudo son una familia de artistas que ya va por la segunda generación. Enrique, el escultor, fundó la empresa en 1968 junto a sus hermanos Francisco y Jacinto. En poco tiempo sus obras se abrieron mercado en Europa y el oriente lejano. Enrique tiene más nombre por las imágenes que hizo para la Semana Santa, aunque Jacinto fue siempre más pintor que Enrique escultor. Su formación era académica, pues el paso por Academia de San Fernando siempre imprime carácter. Se insertó también en la dinámica del arte y, pese a no prodigarse en exceso por la dedicación al negocio familiar, pasó por Winker, Artis o La Salina. Más destacada fue quizás la vinculación a uno de los grupos que hicieron brillar al arte salmantino de las décadas centrales del siglo XX, El Tormes, amparado por Navarro Cruz desde Artis. Este grupo, que nació en 1959 de los rescoldos del mítico Koiné, contó entre otros con Fernando Mayoral, Zacarías González, Álvarez del Manzano, Abraido del Rey, Isabel Villar o María Cecilia Martín. Lo más granado del arte salmantino en su etapa dorada del siglo XX. Esto facilitó a Jacinto Orejudo conseguir el reconocimiento más allá del ámbito provincial.

Jacinto Orejudo fue un buen retratista y un gran paisajista, aunque su obra más conocida sean las tres enormes vidrieras que dan luz a la escalera principal del Colegio Calasanz. Le fue encargada en 1960 junto a las pinturas de las musas que dan vida y sentido a las paredes del teatro de ese mismo edificio, en el que dejó también un par de paisajes y otras pinturas murales, ahora ocultas por un falso techo, en la capilla del edificio principal.

Mural con tres de las musas que inspiran las artes escénicas, obra de Jacinto Oraujo que se puede ver en el colegio Calasanz. Fotografía. Claudia Reinoso.

El artista, antes de dedicarse al negocio familiar, impartió clases de dibujo en este centro y de entre sus discípulos surgió otro buen pintor, Andrés Alén. Ante el mutismo de los medios fue él quien comunicó el óbito en redes sociales. También, durante estos días, las alumnas del Bachillerato de Artes han tenido un recuerdo para con él, con un sencillo trabajo escolar que presentaron a la comunidad educativa. Ha sido el único reconocimiento que hasta la fecha le ha brindado esta ciudad tan olvidadiza.

No conocí personalmente a Jacinto Orejudo y evitaré, por tanto, los tópicos de cercanía propios de fantasmones tras el óbito de personas relevantes. Pero admiro su obra y lamento profundamente el silencio de esta ciudad, cicatera con los suyos, ante la pérdida de uno de sus artistas más destacados en la segunda mitad del siglo XX. Descanse en paz y sirvan estas letras como reconocimiento a uno de nuestros pintores más destacados.


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