Opinión

Los cristianos perseguidos aquí

 

A la inaguantable Petri, que encandilaba el foro vecinal cuando valía cualquier iniciativa para distraernos en plena pandemia, resulta que ahora, le ha dado por defender a los cristianos, mientras atiza el mimbre contra Mañueco y sus compinches de andadura.

Ella, sin ser creyente, es muy estricta a la hora de asistir al funeral de cualquier conocido por respeto hacia quien parte, según afirma, hacia la nada.

Pues resulta que la Petri cogió un autobús para ir a despedir a un familiar que falleció a cuenta del maldito virus hace dos días. Le extrañó que el conductor contase a los viajeros como si fueran ovejas, hasta que pudo leer el cartelito que anunciaba que el aforo máximo del bus era de 45 pasajeros.

El lío de la madeja enredó a la Petri en su metamorfosis cabreante cuando se encontró con la puerta de la iglesia cerrada. Un papel indicaba que, al haber 25 feligreses dentro del templo, nadie más podía entrar para cumplir las órdenes de la Junta de Castilla y León.

Pocas veces he visto a la Petri con los espumarajos de rabia cortándole el aliento como esta mañana, cuando tendía la ropa en el patio.

-Que en el bus vayamos arrejuntados y que no puedas entrar en una iglesia que caben 500 personas, porque Mañueco ha decidido que no se pase de las dos docenas de beatos, ¡no hay derecho!

El caso es que la Petri, con ese fundamento que sale de una lógica aplastante, cayó en la cuenta de mi presencia en la ventana y como, frente a sus desdichas personales, suelo ser el antídoto para sus acaloramientos, volvió a tomarla conmigo:

-Y tú, ¿qué pasa que no te enteras? No te hemos leído nada contra ese atropello a la religión que practicas.

-Petri, no tengo ganas de discutir.

-Mucho escribir y largar sobre la persecución de los cristianos y aquí os sesgan la libertad de reuniros y a callar, que hay que darle lisonja al silencio de los borregos.

Por primera vez la Petri me ha dado donde duele. Tiene razón. Esa persecución cristiana que masacra a más de 240 millones de seres humanos en el mundo actualmente, con lentitud va aposentando raíces en nuestra tierra. Unos porque lo llevan como propósito en su ramalazo político de las cavernas y otros por esa ridícula actitud que surge de la mediocridad que ha de dar la nota como sea.

Que templos como la Purísima, San Esteban, la Catedral, donde caben varios centenares de personas, tengan limitada su capacidad a 25 devotos y un bus, con desinfecciones inexistentes cuando está en pleno servicio, doble la cabida en número de pasajeros, es un auténtico disparate que no tiene papeleta ni en la tómbola más friki de los tontos.

Los porcentajes deberían medir esa precaución y no un número fijo que desnuda una vez más a quienes jartos de poder juegan a medir a su antojo la libertad de la gente.

 

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