Opinión

Tristeza

 

La ciudad está triste, todos lo percibimos. Sin las cafeterías, tranquilas o bulliciosas, la capital tormesina se desnaturaliza. Los cines volvieron a cerrar, salvo para esa sesión testimonial que han dejado los fines de semana a la hora de la siesta. El comercio anda a medio gas, porque todo repercute en él. Los domingos ni se puede ir ya a misa por esa incomprensible decisión de la Junta de aplicar un tope mínimo sin considerar el aforo. Mientras tanto, los autobuses urbanos siguen mostrando el cartelito, insultante, de no superar los cincuenta usuarios. Menos mal que el gobierno juntero es derechón, que si bermejo lo fuera ya le habrían espetado su fobia clerical. El Avenida arrasa en Europa con la imagen desoladora de un Würzburg vaciado en su graderío. Todo vuelve a marchitarse y los fantasmas se enseñorean de unas calles sepulcrales que silentes aguardan el despertar del nuevo día.

Los tiempos vienen bravíos, recios, que diría nuestra santa andariega, fundadora hace ahora 450 años del Monasterio de la Anunciación en la Villa Ducal. Los albenses tendrán que celebrarlo ante la pantalla del televisor, porque en vivo tampoco pueden. Son tiempos de mucha incertidumbre, los del cambio de ciclo histórico.

Nietzsche, en El nacimiento de la tragedia, nos plantea la alternancia de momentos auspiciados por Dionisos y Apolo. Esta dicotomía vendría a considerar inevitable que a una etapa asentada en el gusto por lo bello y preeminencia de lo racional le suceda otra en la que prevalece lo sentimental, la fuerza y el ímpetu. Otero Novas desarrolla políticamente esta teoría, en El retorno de los césares, y analiza los indicios de agotamiento de un mundo apolíneo, el surgido tras la Segunda Guerra Mundial, y el advenimiento de un periodo dirigido por nuevos césares, los caudillos del siglo XXI, en el que la razón queda orillada frente al empuje del sentimiento enfervorizado. El crepúsculo de las ideologías, preconizado entre otros por Fernández de la Mora medio siglo atrás, parece haberse tornado en un amanecer de horizonte tormentoso.

Vuelven con fuerza las ideologías. Irracionalmente la sociedad está polarizándose y tolerando un espécimen político inconcebible tres décadas atrás. Y si cada momento histórico tiene su fotografía, la de ahora quizás sea la de unos tipos extravagantes asaltando el Capitolio. Esta imagen vergonzosa solo es posible porque hemos permitido que el esperpento inhabite en la política. Y no solo en quien ya sabemos, que los tipos estrambóticos solo triunfan cuando el otro lo hace muy mal.

En nuestro entorno sucede lo mismo y año tras año seguimos consintiendo la degradación de una clase política elefantiásica que perpetra hacia los ciudadanos todo tipo de humillaciones. Asumimos, porque es necesario, la tristeza, inevitable y dolorosa, de contemplar una ciudad que agoniza. El sacrificio no se discute cuando es el mal menor. Pero las incongruencias, infinitas, resultan difíciles de digerir por quienes fuimos educados en unos principios asentados en la razón. Se echan en falta, en Salamanca y más allá, aquellos líderes que sentían la política como servicio público, nunca como una profesión vitalicia en la que medrar.

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4 comentarios

  1. Estoy de acuerdo, ya los políticos no lo son para trabajar por y para las persons que vivimos en los pueblos o las ciudades. Los que alguna vez hemos trabajado por todos una vez que éramos elegidos, nos han hachado, no les convenimos, defender a las personas y no mirar por tu propio interés no les gusta a ninguno de los que nos gaviernan ahora, saludos, cuídense

  2. Es una imagen tan hermosa pero que, a la vez, transmite tanta desolación. y tanto miedo. La reflexión de Javier es magnífica pero ¿qué podemos hacer para cambiar el curso de los acontecimientos?. ¿Cómo podemos los ciudadanos evitar la manipulación brutal que estamos sufriendo y que está de nuevo polarizando a la sociedad?

  3. Me ha gustado mucho el artículo, cuanto de verdad hay en él, pero como se dice en comentarios anteriores ¿ que podemos hacer los ciudadanos?

  4. Parte importante de la responsabilidad por esta situación es de la prensa que está plegada a obedecer a los intereses políticos y económicos y ha abandonado su obligación de denuncia de los abusos de los poderosos

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