Opinión

La falta de costumbre

Uno de los argumentos más flojos de los apologetas del sistema (y digamos ya de principio que no conviene confundir «sistema» con «democracia», concepto mucho más exigente; y tampoco con «Estado», concepto más amplio y perenne) es el que sostiene que la prioridad de los asuntos de corrupción -de los que tenemos la despensa llena y viene de lejos- es mínima en comparación con la prioridad manifiesta y evidente de la crisis económica y la crisis pandémica, como si uno y otro aspecto de nuestro desastre no tuvieran relación alguna.

Lo cierto es que la crisis económica actual, en la que la pandemia es factor agravante, viene sustentada e incrementada sobre la crisis económica anterior, la «gran recesión», crisis nunca resuelta y que nace de una estafa financiera global fruto de la «desregulación» impuesta por el neoliberalismo. Es decir, ahí ya tenemos un primer indicio de que la corrupción que la desregulación propicia está en la raíz del problema que queremos resolver. Y es sabido que si se quiere arrancar una mala hierba con éxito y sin recidivas hay que empezar por arrancar la raíz.

Los sostenedores de aquella escala de prioridades, apologetas del sistema que intentan dejar fuera del foco de atención la corrupción y desconectan sus orígenes de sus secuelas, consideran que la corrupción de la monarquía (es decir, de la jefatura del Estado), o las cloacas del Estado (de las que son síntomas complementarios Bárcenas y Villarejo) son «banalidades y estupideces llamativas». Lo cual es tan irresponsable y alejado de la verdad como pensar que una planta con las raíces inservibles puede prosperar.

En la situación precaria en que nos encontramos y que intentamos primero comprender y luego resolver, la relación de unos hechos con otros no se puede escamotear ni ocultar. Mal vamos si consideramos que ese intento de análisis (y solo del análisis certero vendrán las soluciones) divide a los españoles e introduce discordia.

¿Cómo puede introducir discordia en una democracia intentar detectar los errores y corregirlos? ¿Servirá de algo -salvo para prolongar y agravar el desastre- enterrar esos errores y ocultarlos?

Día a día vamos comprobando que los que decían «El Estado es el problema», eran unos trileros (en el amplio sentido de la palabra).

Hoy casi todos nuestros problemas proceden de ese falso axioma, y también de la corrupción que el saqueo y la liquidación del Estado propicia.

Más chocante es que los que liquidaron el Estado (PPSOE) hoy se preguntan (y se lamentan) por qué no tenemos Estado.

Quizás la respuesta es que no tenemos «Estado» (y servicios públicos potentes) porque tenemos «sistema» (y corrupción amplia).

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