Opinión

Mediomundo

 

Elvira sufría por su pecado. Vencida por la carne, faltó a su honrado marido y cayó en la concupiscencia con un hombre de brillante palabrería, tonante y poderoso, sí, pero con el alma asesina y negra como el ala de un cuervo.

La trágica desaparición de su marido provocó en ella que la pasión se transformase en repugnancia y la indiferencia por el difunto cuando vivía, en un gran amor, imposible ya.

La consecuencia del choque fue que cayó en un estado, primero, de gran depresión y, a poco, de enajenación casi total. Tuvo que ser socorrida de continuo por sus caritativas vecinas, que, de otro modo, la hubiesen tenido que enterrar… La súbita desaparición de su antiguo amante pasó desapercibida en su mente enferma.

Pasó el tiempo… y la herida interior fue restañándose. Poco a poco Elvira volvió a su ser, aunque presa de un gran desconsuelo y arrepentimiento.

Durante todo el día rezaba, de rodillas o en cruz sobre el suelo de la iglesia, casi terminada por fuera. Era la primera en atender a los enfermos y en cubrir a los muertos…

Pero para ella todas estas obras de misericordia no eran suficientes, creyendo que nada la redimiría de su gran pecado; ni el azotarse con espinos, ni otras autodisciplinas aminoraban su angustia

Un día alguien comentó que cerca de una aldea, a unas leguas a poniente de Torresmenudas, había un valle donde los hombres se retiraban a vivir en solitario, en el monte, una existencia ascética dedicada al rezo.

Y Elvira pensó que por qué no podría ella hacer lo mismo. ¿Es que su condición de mujer se lo impedía? Decidió, por tanto, ocultarla…

Una mañana de primavera abandonó Almenara de Tormes, donde tantos recuerdos atormentaban su mente, y marchó hacia su ansiada Jerusalén. Tuvo la sensatez de indicar a todos que volvía a la toledana tierra de sus padres. Y se fue, transformando y encubriendo sus formas femeninas durante la marcha, vistiéndose con harapos, cortando su pelo y ensuciando con barro y tierra su cara y cuerpo… No cruzó el Tormes; antes de llegar al vado de Zorita se desvió hacia el norte y luego a poniente. Pasó mucho tiempo vagando por los bosques de encinas y jaras, alimentándose de lo que podía, durmiendo a la intemperie, siempre con la meta puesta en aquel remoto valle de la rivera de Cañedo.

Un día en que estaba descansando la despertó el cercano ladrido de un perro. Intentó ocultarse, pues no quería que nadie la viese, pero fue inútil. Al can siguió un pastor que se sorprendió al ver el lastimoso estado de la vagabunda.

 – ¿Pero qué haces aquí? ¿De dónde sales? ¿Te has perdido?

– Sí… Estoy buscando un valle de penitencia, que dicen hay en un lugar dedicado al niño mártir Pelayo…

– ¿No eres muy joven para eso?

Elvira se sintió aliviada al ver que su feminidad quedaba oculta por su miseria. Su barbilampiñez se justificaba por una supuesta adolescencia y su voz, algo atiplada, se había enronquecido con las privaciones. Decidió llamarse Ervigio…

– No. No creas. Ya tengo edad para valerme por mí solo en el bosque, aunque la caza con trampas o con honda se me da muy mal. Pero conozco muy bien las plantas y frutos silvestres. Lo que ansío es buscar un cobijo permanente para dedicarme a la oración…

– Pues por aquí no lo encontrarás. Mira, acompáñame y te indicaré el buen camino. Te voy a llevar al Mediomundo. Desde allí te resultará fácil llegar a un sitio donde hay, desde siempre, varios santos varones como tú… Pero antes de todo voy a ordeñar a esa cabra para que tomes algo, que estás en los puros huesos…

Aquel buen pastor no paraba de hablar. Le contó que se llamaba Tomás, como su padre, por un santo que vivió en una isla lejana, cuya fama habían traído unos monjes que se dirigían a Salamanca… Era un hombre al que le gustaba enterarse de las cosas. Conocía las estrellas del cielo, que observaba atentamente, sin saber su nombre. Tenía una gran memoria y retenía todo lo que le decían. Hablando, hablando, llegaron con las ovejas y cabras al borde de un acantilado vertical desde el que se divisaba un amplio panorama…

– Mira, Ervigio. Ahora comprenderás por qué a este sitio le llaman el Mediomundo. Desde aquí se puede ver todo. Este río que viene de allá es el de Cañedo…

– ¿Por qué lo llaman así? ¿Es que hay muchas cañas?

– Pues no. Quizás las hubo en otros tiempos, pero yo no las he visto nunca. Pienso que su nombre está ligado a las cañadas. Hacia allá, por oriente, lo cruza el camino que siguen los peregrinos que van a la Tumba del Apóstol, y también la antigua Calzada Romana, que usa la Mesta para llevar el ganado… Ese camino que vislumbras entre los árboles es un antiguo ramal que lleva a Bletisa, que ahora llaman Ledesma. Esa vereda que sale de la pasarela hacia el sur va a mi aldea, entre Bletisa y Almenara…

Elvira –Ervigio– sintió una punzada en el pecho al oír citar el lugar de su calvario. Pero se sobrepuso preguntando.

– ¿Y esas casas que se ven ahí?

– Ahora son una aldea que dicen de San Pelayo. Parece ser que unos peregrinos que venían de Córdoba con unas reliquias del niño mártir tuvieron miedo al pasar por las tierras de Valdunciel donde había mucho bandolero. Desviaron su camino y al llegar a este lugar uno de ellos cayó muy enfermo. Todos creyeron que se moriría, pero al ponerle en la frente la reliquia que llevaban se curó milagrosamente. Decidieron levantar una capillita en el lugar, que es aquella casita aislada que ves allí, junto a una cruz que colocaron, mucho después, los monjes extranjeros de que te hablé antes. Ahora quieren sustituirla por una iglesia…

– ¿Y los ermitaños, dónde están?

– ¿Ves ese valle que viene desde el norte, que se abre donde la ermita? ¿Y aquellos escarpes a la derecha? Pues por allí suelen estar sus eremitorios. Pero no sólo se ponen ahí. Sus huellas están por todas partes. ¿Ves aquel cerro que parece aislado? Es el Torreón. Allí hubo en tiempos una construcción dedicada a la Virgen de La Peña. Fue destruida por la morisma que estuvo afincada aquí como una avanzadilla del castillo del Almenar. Es casi seguro que desde este punto donde nos encontramos tuviesen su garita de vigilancia contra las incursiones leonesas…

Con estas pláticas fue pasando el tiempo. Tomás tenía que llevar su ganado hacia el sur, y para despedirse dijo:

– Toma, Ervigio. Llévate esta cabra, que te hará falta. ¡Qué Dios sea contigo! Puede que algún día te visite en ese valle.

Y a la mañana siguiente…

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(Nota del autor: En el tiempo en que transcurre la acción de este relato se hablaba un castellano incipiente mezclado con el latín tardorromano. He creído preferible no tratar de imitar dicho lenguaje. ¡Pido perdón por el anacronismo!)

 

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