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Opinión

Pájaros de compañía

 

Cuando yo era pequeño en muchas casas había algún pajarito enjaulado; más frecuentemente un jilguero. En algunas, un canario. Los loritos eran muy raros.

En cuanto a loros, tengo muy borroso el recuerdo de uno que tenían los acaudalados vecinos del segundo, propietarios de una pollería. Por el patio, en el buen tiempo, oía a todas horas aquello de «lorito real» una y otra vez. Pero nada, el dichoso pajarraco no estaba por la labor y sólo emitía sus estridentes graznidos. No me acuerdo qué fue de él, si se murió o si se lo comieron…    También vago, muy vago, tengo en mi memoria al señor Frutos, que vivía en el quinto, y tenía un mono que se colgaba de las cuerdas de tender la ropa. Pero muy pronto se cansaron de él por lo marrano que era… Probablemente acabó en la Casa de Fieras del Retiro.

Si nos fijamos un poco en aquellas películas costumbristas o «saineteras» de antes y después de la Guerra veremos a un minúsculo actor imprescindible en las viviendas de barrio, tan pequeñas, tan limpias, con su ama de casa preparando el cocido: en la ventana está siempre la jaula con el jilguero cantarín. Bueno, no sé por qué, pero en las películas no cantaban. Mejor dicho, sí lo sé, o lo supongo: sería porque no obedecía las órdenes del director y en el doblaje no le imitaban bien.

Mi querida suegra también tenía un jilguero que alegraba con su canto las mañanas cocineras. Y la recuerdo cambiando todos los días el agua y poniéndole un poquito de lechuga y alpiste. Tenía también una gata, Morita, muy buena, que nunca tuvo celos ni apetencias del jilguero. Fueron los compañeros de infancia de mi Pili y quizás ello influyó en su carácter, haciéndola tan sensible y cariñosa con los animalitos. El viejo jilguero amaneció muerto un día. Morita tuvo cáncer y hubo que sacrificarla a escondidas de Pili.

A mi madre no le gustaban los animales. Pero en mi décimo cumpleaños vino a casa con un pollito de gallina, todo amarillito. ¡Cuánto jugué con él! Pero –¡ay!– creció y se lo llevaron al pueblo donde se hizo famoso y acabó en la olla un día de San Bartolomé… Pero eso ya lo conté en estas mismas páginas hace años…

Mi hermano Pepe se marchó al Brasil cuando yo tenía quince años. Un poco antes de partir fuimos al Rastro madrileño y, en la calle Juanelo, me compró un periquito. Mi madre puso el grito en el cielo pero conseguí que se quedase en casa, en una jaula que me regaló una vecina.

Estaba yo un día estudiando, con un bocadillo en la mano, en la mesa del comedor y la jaula al lado. De pronto, el periquito había salido y, sin ningún miedo, estaba picoteando mi bocadillo… Aquello sí que fue el inicio de una gran amistad… Se hizo el rey de la casa porque estaba todo el día con la jaula abierta para que entrase y saliese cuando le diese la gana… Y ni eso hacía falta, porque aprendió a abrir él la puerta. Si queríamos que no saliese teníamos que poner una pinza sujetándola.

Pero tanto mi madre como mi hermana nunca le quisieron. ¿Por qué? Pues porque hacía sus cosas en cualquier sitio. Tenía la costumbre de posarse en mi hombro o en el de mi padre, y allí era muy fácil limpiarlo, pero a Petri le estropeó una blusa…

Aquel periquito aprendió a hacer muchas cosas. Abría la caja de madera del dominó, sacaba las fichas, y se metía dentro… No podíamos jugar a las cartas porque las picoteaba al menor descuido… Y hacía muchas monerías más, como bañarse en un vaso, posarse volando en las manos, responder cuando le llamábamos… Sólo le faltaba hablar…

Vivió muchos años y murió, ¿sabéis cuándo?… Pues al día siguiente de mi boda con Pili. Pero no vayáis a pensar que de celos o de pena. No. Ya estaba muy malito antes.

Por los años setenta los periquitos se pusieron de moda en Salamanca. Compré una pareja y pretendí que hiciesen lo mismo que mi viejo amigo. Revoloteaban y ensuciaban todo pero no se posaban en mi hombro ni aprendían a hacer gracias. Pili se impuso y estaban siempre encerrados en su jaula, donde, todo lo más, se subían en mi dedo sin miedo o comían de mi mano.

Decían los ingleses del siglo XIX, que fueron los que los introdujeron en Europa como animalitos de compañía, que eran los «pájaros del amor», porque las parejas se pasan el día haciéndose mimos y dándose besitos. Sí. Pero las hembras pueden ser terriblemente celosas. Una vez me dejaron durante unos días una jaula con otra pareja. Mi machito, muy cariñoso, intentaba acercarse a la otra jaula pero ella no se lo permitía, a veces muy furiosamente. Otra vez me encapriché de una preciosa hembra muy joven, blanca con un collar rojo. ¡El periquito más bonito que nunca vi! La metí en la misma jaula y a los dos días amaneció muerta, asesinada a picotazos…

Aquellos periquitos terminaron en una granja asturiana. Pero cuando volvimos en el verano siguiente ya no estaban. ¿Se los comería un gato?

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Hoy, la soledad en mi casa, vacía de Pili, la comparto con un canario que me trajo Tito. Canta y me alegra algo la vida con sus trinos. Le he enseñado a jugar con mis dedos. Le cuido amorosamente… Pero sigo sintiendo la ausencia de ELLA, y más durante esta terrible pandemia que estamos padeciendo, en la que, durante algún tiempo, no la podía ni ver. ¿Creéis que un animalito, por muy querido que sea, puede llenar el vacío? Un poquito, sí; pero no es eso… No es eso…

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