Lilas.Este herbolario se encontraba --no sé si existe todavía-- justo enfrente del Palacio Longoria, joya de la arquitectura modernista madrileña, situado en la esquina con la calle Fernando VI, sede desde hace muchos años de la Sociedad General de Autores. Leí hace tiempo que hacia 1910 se instaló allí el primer dentista español, con título obtenido en Inglaterra, y que entre sus pacientes figuraba nada menos que el rey Alfonso XIII. Y que cuando tenía que acudir a la consulta odontológica, pasaba a la rebotica de aquel famoso herbolario, donde tan grato aroma se percibía.Otro recuerdo de mi infancia, asociado al anterior, es el de unos granos alargados negros que hay en algunas espigas de trigo o de cebada, que mis tíos enviaban de vez en cuando desde Casavieja en muy pequeñas cantidades. Mi madre las guardaba en una bolsita y me decía que eran muy venenosos para que no jugase con ello. Cuando tenía una cantidad apreciable la vendía en aquel herbolario de la calle Pelayo. No sé cómo se llamaban ni para qué se utilizaban.Por los años ochenta tuve problemas en mi profesión que me provocaron un estado de ansiedad que me impedía dormir bien. Aquellos se solucionaron pero el insomnio no. Leí que había un remedio a base de ocho ingredientes vegetales; algunos no los encontraba en Salamanca. ¿Dónde hallarlos? Pensé y acerté que en aquella tienda de la calle Pelayo, regentada aún por dos amabilísimos ancianos. Con aquellas hierbas volví a dormir como un bendito.Y continuando con la cadena de recuerdos, me ha venido otro. También enfrente del Palacio Longoria, pero en la calle Fernando VI, tenía su estudio un eminente fotógrafo, Ángel, que era de Casavieja y creo que algo pariente de mis padres. En aquel tiempo de la posguerra pocas personas tenían máquinas fotográficas. Había unos fotógrafos callejeros en la Gran Vía (por entonces José Antonio) y en la Puerta del Sol. Y otro, fijo en la entrada del Retiro, al lado de la Puerta de Alcalá, muy viejecito, con una máquina muy grande, de trípode, que tenía que enfocar metiéndose en una gruesa manga negra y revelando las placas allí mismo. ¡Sombras de un pasado que se fue!Aquel fotógrafo, Ángel, nos hacía todas las fotos que mi familia necesitaba. Fue el autor de un gran retrato que presidía el comedor de mi casa, de mi hermanita Luisa, que falleció en Casavieja en el verano de 1932, a la edad de tres añitos. Recuerdo de aquel estudio un patio de techo acristalado, muy luminoso, con muchas macetas, y unas máquinas enormes en el interior. En las fotos que conservo se ve que tenía sus adornos para los retratos, mesitas, sillones, y unos biombos con paisajes variados para fondos.Y también recuerdo una conversación que tuvo con mis padres un día, siendo yo muy pequeño. A su estudio acudían muchas personalidades. Contó que en cierta ocasión acudió una actriz, muy famosa entonces, con la pretensión de que le hiciese unas fotos, desnuda de cintura arriba. Ángel se negó a hacerlas. ¡Qué tiempos aquellos!Y todo esto que he contado hoy se me ocurrió por la percepción olfativa en la entrada de un comercio. ¡Cuánto ha perdido el Homo sapiens al atrofiarse tanto este sentido!
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