Opinión

Olfato

 

Todos los humanos nacemos con cinco sentidos. Algunos con seis y yo pienso que puede que haya alguien con un séptimo.

De los cinco que todos tenemos, ¿cuál es el más apreciado? Sin dudarlo, todos pensamos que es la vista. ¿Qué se puede hacer sin ella?- preguntaréis. Pues yo, que lo he vivido, os responderé que podemos hacer todo lo que nos propongamos. ¡Es cuestión de mentalizarse!

¿Y cuál es el menos apreciado? Mayoritariamente diremos que el del olfato, tan amortiguado en el Hombre, pero que en un pasado remotísimo, cuando era Cazador, debió ser fundamental, como competidor o heredero de los neandertales.

A veces me pongo a pensar si, dada nuestra tendencia a clasificar todo, se habrá hecho algo respecto a los aromas. ¡Seguro que sí, aunque no me imagino cómo! ¿No se hizo con los sabores picantes o con los colores? ¿Cómo, sin una estructuración, sin una metodología, puede funcionar la industria de los perfumes? En esto hay varios tipos de clasificaciones, según la intensidad aromática, la concentración… ¿Y sobre los olores, en general…? ¿Se ha encontrado una solución física o química, con respuesta digital?

¿Habéis leído la novela «El perfume«, de Patrick Süskind? Si no lo habéis hecho aún, procurad leerla. Borrad de vuestra mente la película que se hizo sobre ella, y deleitaros con lo escrito. ¡Aprenderéis muchas cosas!

Hace muchos años leí una novela de Agatha Christie, en la que resuelve un enigma colocando un ramo de lilas en la sala donde está interrogando a los protagonistas. Al sentir el olor característico un testigo recuerda con precisión los hechos acaecidos muchos años antes, porque en el jardín había entonces ese mismo aroma. Siento no recordar el título de aquella novela para recomendarla, aunque no es necesario, pues todas las de esta fecunda autora son magníficas.

Dicen que esta relación entre olfato y memoria, de la que se sirvió la gran novelista, es porque el bulbo olfativo se encuentra cercano al hipocampo, importante codificador de nuestros recuerdos, y de la amígdala, de nuestras emociones. Se supone que por tal motivo los recuerdos que percibe nuestro olfato son más intensos que los de los otros sentidos.

Algo parecido a lo que describe Agatha Christie me acaba de pasar a mí hace unos días. Había ido a una tienda a comprar un arroz especial y otras delicias cuando, nada más entrar percibí un aroma, o mejor mezcla de varios, que me llevó instantáneamente a mi infancia y juventud. Era el que mi nariz percibía entonces al pasar por el herbolario del final de la madrileña calle de Pelayo. Era un olor tan agradable para mí que, alargando mi camino hacia el instituto donde estudié el bachillerato, pasaba por su puerta muy a menudo.

Lilas.

Este herbolario se encontraba –no sé si existe todavía– justo enfrente del Palacio Longoria, joya de la arquitectura modernista madrileña, situado en la esquina con la calle Fernando VI, sede desde hace muchos años de la Sociedad General de Autores. Leí hace tiempo que hacia 1910 se instaló allí el primer dentista español, con título obtenido en Inglaterra, y que entre sus pacientes figuraba nada menos que el rey Alfonso XIII. Y que cuando tenía que acudir a la consulta odontológica, pasaba a la rebotica de aquel famoso herbolario, donde tan grato aroma se percibía.

Otro recuerdo de mi infancia, asociado al anterior, es el de unos granos alargados negros que hay en algunas espigas de trigo o de cebada, que mis tíos enviaban de vez en cuando desde Casavieja en muy pequeñas cantidades. Mi madre las guardaba en una bolsita y me decía que eran muy venenosos para que no jugase con ello. Cuando tenía una cantidad apreciable la vendía en aquel herbolario de la calle Pelayo. No sé cómo se llamaban ni para qué se utilizaban.

Por los años ochenta tuve problemas en mi profesión que me provocaron un estado de ansiedad que me impedía dormir bien. Aquellos se solucionaron pero el insomnio no. Leí que había un remedio a base de ocho ingredientes vegetales; algunos no los encontraba en Salamanca. ¿Dónde hallarlos? Pensé y acerté que en aquella tienda de la calle Pelayo, regentada aún por dos amabilísimos ancianos. Con aquellas hierbas volví a dormir como un bendito.

Y continuando con la cadena de recuerdos, me ha venido otro. También enfrente del Palacio Longoria, pero en la calle Fernando VI, tenía su estudio un eminente fotógrafo, Ángel, que era de Casavieja y creo que algo pariente de mis padres. En aquel tiempo de la posguerra pocas personas tenían máquinas fotográficas. Había unos fotógrafos callejeros en la Gran Vía (por entonces José Antonio) y en la Puerta del Sol. Y otro, fijo en la entrada del Retiro, al lado de la Puerta de Alcalá, muy viejecito, con una máquina muy grande, de trípode, que tenía que enfocar metiéndose en una gruesa manga negra y revelando las placas allí mismo. ¡Sombras de un pasado que se fue!

Aquel fotógrafo, Ángel, nos hacía todas las fotos que mi familia necesitaba. Fue el autor de un gran retrato que presidía el comedor de mi casa, de mi hermanita Luisa, que falleció en Casavieja en el verano de 1932, a la edad de tres añitos. Recuerdo de aquel estudio un patio de techo acristalado, muy luminoso, con muchas macetas, y unas máquinas enormes en el interior. En las fotos que conservo se ve que tenía sus adornos para los retratos, mesitas, sillones, y unos biombos con paisajes variados para fondos.

Y también recuerdo una conversación que tuvo con mis padres un día, siendo yo muy pequeño. A su estudio acudían muchas personalidades. Contó que en cierta ocasión acudió una actriz, muy famosa entonces, con la pretensión de que le hiciese unas fotos, desnuda de cintura arriba. Ángel se negó a hacerlas. ¡Qué tiempos aquellos!

Y todo esto que he contado hoy se me ocurrió por la percepción olfativa en la entrada de un comercio. ¡Cuánto ha perdido el Homo sapiens al atrofiarse tanto este sentido!

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