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Opinión

Libros, libros, libros

 

Leer, leer, leer. Esa ha sido mi pasión, mi distracción, mi descanso… Y los libros… mi ansia. El pasar las páginas de papel entre mis dedos, mi vicio…

¿Cambiaré algún día y me dejaré conquistar por la tecnología digital? No creo que me quede tiempo. Admito que es más fácil conseguir la obra buscada por los métodos modernos, pero me ocurre como si quisiese llegar a un lugar espectacular. Con el GPS es muy fácil, pero pierde todo el sabor de la aventura.

Pondré un ejemplo. Hoy, todo el mundo conoce la CASCADA O POZO DE LOS HUMOS, bello accidente fluvial del occidente salmantino. Llegar a contemplarla se ha convertido en una excursioncilla… Se planifica de la siguiente forma: quedamos con unos amigos; cogemos el coche y el GPS; ambos nos dejan en el punto exacto desde donde mejor se ve el fenómeno. ¡Hasta podemos programarlo para visitarla cuando esté más espectacular! La vemos, nos hacemos las fotos pertinentes –con cuidado, que alguno se ha matado por hacerlas– y ¡a comer a un restaurante próximo!, que es la «guinda de la tarta». ¡Y se presume de que la hemos visto en plena apoteosis! -¡Mirad, mirad que fotos más bonitas hemos hecho!– diremos a los amigos. O las «colgaremos en la red», sintiéndonos como un Stanley descubriendo las fuentes del Nilo.

Pero yo me pregunto dónde está el mérito por hacer eso. No requiere ningún esfuerzo. Yo, desde luego, no presumiría por ello. ¡Ha sido un día de jolgorio, y nada más! ¡Cómo si te vas a comer con los amigos en un restaurante de otra ciudad, pongo por caso! Y si tienes dinero y tiempo, hasta puedes subir al Everest. ¡Aunque seas cojo o ciego!

En cambio, siempre recordaré cuando fui por primera vez a la cascada, un lugar que no conocía nadie, a donde se llegaba atravesando bosque y malezas, sin ninguna señal indicadora de la ruta, teniendo miedo a equivocar el camino. Y cuando llegabas por fin, ¡qué gran satisfacción por haberte vencido a ti mismo!

Pues eso mismo me pasa a mí con los libros digitales. No me satisfacen. No me llenan.

Toda mi vida he sido un empedernido lector. Primero, de los tebeos y cuentos. Después, progresivamente, de los libros ¿Cuál fue el primero? Creo que «La Isla del Tesoro«, en una versión ilustrada con cuatro grandes dibujos a toda página. Por entonces se estrenó la película que había producido Walt Disney. Recuerdo hasta el cine donde la vi: el Barceló. Otro libro que me gustó muchísimo fue «Tarzán de los Monos«. Tanto que no paré hasta conseguir toda la serie que publicó la editorial Gustavo Gili; nueve libros en total. ¡Qué fascinantes! Inolvidable fue la aportación cultural de la Enciclopedia Pulga, de obligada y agradecida memoria para toda una generación de jóvenes y no tan jóvenes.

 

Libros, libros y más libros. Todos de aventuras en aquella época de mi adolescencia. Libros fantásticos escritos por la gran imaginación de sus autores.

Y, de pronto, llegó a mis manos «Sinuhé, el egipcio«, de Mika Waltari. Aquello fue como un terremoto en mi interior. Admiré el gran trabajo que había supuesto para el autor la acumulación de datos que había tenido que estudiar durante muchos años; y su pericia para entramar un fascinante argumento.

Pero aquello no fue nada comparado con lo que sentí al leer «Niebla» del gran Miguel de Unamuno. En él percibí por primera vez que cuando un autor escribe, pone su alma en las letras. Y cada vez que le leemos es ella quien penetra en la nuestra. ¡Unamuno resucita en nosotros!

A partir de aquel momento busqué el alma de los grandes autores de nuestra lengua española. Y me deleité admirándola. ¡Viví y sigo viviendo todo lo que me habían enseñado en el bachillerato! ¡Con razón son inmortales Manrique, Cervantes, Quevedo, Santa Teresa, Bécquer, Unamuno, Pio Baroja, Machado, Cela, Delibes e infinitos más! ¡Glorioso idioma el nuestro, que conquistó el mundo y que continúa floreciendo, pese a todos los ataques que está sufriendo! ¡Aunque me imagino que siempre los tuvo y los aguantó!

Pero ¿y los autores extranjeros traducidos a nuestro idioma? Afortunadamente siempre hemos tenido grandes traductores. Pero no todos lo son.

Hace poco tiempo cayó en mis manos, casualmente, un librito que me llamó la atención por su título y por la ilustración de su portada: «Historias de Whilomville«, de Stephen Crane. Confieso que entonces no sabía mucho de este gran escritor norteamericano, gloria de las letras de su país. Lo leí y me gustó. Pienso que el traductor captó muy bien lo que quería expresar el autor.

Movido por ello me decidí a buscar su obra más famosa, quizás por haber sido llevada al cine por John Huston: «El rojo emblema del valor«. En ella se describen las impresiones de un soldado yanqui en la Guerra de Secesión. Por fin me llegó una versión, publicada en Argentina en 1944, y me encontré con la peor traducción que he visto. Daban ganas de dejar la lectura en cada página, pero la obra estaba tan bien entramada que no paraba de preguntarme como terminaría.

Y comprendí que en este caso el alma del escritor había sido totalmente suplantada por la del traductor. Le maginaba pobre, ganándose la vida como un «negro» con sus escritos rutinarios, seguramente mal pagados. Su nombre no figuraba en los créditos del libro. Movido por la curiosidad busqué otra versión y, efectivamente, al estar mejor traducida resulta más «digerible».

Hoy, el arte de traducir se puede aprender en las Facultades universitarias. «Traduttori, traditori«, dice un viejo aforismo. Pienso que para las obras literarias debería ser «traduttori, divulgatori«. Parece más adecuado.

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