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Opinión

La dama Brava

 

La abuela se está muriendo. Mi querida abuela. La Dama Brava. Aquélla que, ella sola, expulsó a los franceses del pueblo; ella sola, según cuentan.

Dos días hace que no despierta, en su lecho. Todo en ella, aquella vitalidad increíble se ha detenido, salvo ese leve respirar, indicativo de vida.

Dos días…, y sin amainar esta gran tormenta, con tantos truenos que parece que el cielo quiere recibirla con honores, con banda de tambores y cañones…

Todos han venido, hijos y nietos, las autoridades civiles, militares y religiosas, que han querido ¡cómo no! despedir a la «Dama brava« de este mundo terrenal. Su vieja criada, su mejor amiga, tan vieja –tanto o quizás más, sólo Dios lo sabe–, no se aparta de ella.

Es hora de hacer recuento de su vida, pero… ¿quién la conoce bien? ¿Cómo separar la verdad de la leyenda?

Porque ella ha sido la última y digna sucesora de aquellos antepasados que hicieron la Reconquista, jalonando con sus hazañas la marcha de Castilla hacia el sur, que estuvieron en Pavía y San Quintín, que compartieron la agonía de España, la nueva dinastía borbónica y su lucha contra el inglés…

En todo ello estuvo su estirpe de guerreros, que fue –con sus camaradas– la admiración y el temor de Europa entera. Por eso no consintió la profanación del suelo patrio, y mucho menos de su amado pazo, por las botas extranjeras. Por eso luchó cuando todos huyeron.

Y ahora está aquí postrada, entre el cariño, la pena y el respeto de todos… Herencia de siglos de bravura y honor, que va a desaparecer de este mundo.

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Pasan las horas… La tormenta arrecia… De pronto, un rayo cercano estremece todo. Toda la casa tiembla… Al reponernos de la impresión, comprobamos con un espejo la respiración de la moribunda.

¡La Dama Brava ha entregado su alma al Señor!

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Al revisar los papeles de la abuela he encontrado entre ellos lo siguiente:

Mi árbol

            Mi árbol amado, yo te saludo.

A ti, que conmigo naciste,

A ti, que sombra no me diste

en mi niñez; más sí cuando, mudo,

mis sueños de adolescente acompañaste.

            Y cuando mis primeros amores contemplaste,

tu rígida savia, al transformarse,

se hizo patente en mí, y tus susurros,

en palabras y en consejos, al hacerse,

fueron para mí diamantes puros,

que en mi corazón siempre alentaste.

            Cuando aquél que elegí como marido

murió héroe, tus ramas mi sollozo

supiste acoger, como si un nido

fuesen, y curaste el gran destrozo.

            Y cuando aquél francés impertinente

quiso violentarme ¿quién sino tú, con tu ramaje,

portándote como el hombre más valiente,

impidió el hecho y evitó el ultraje?

            Y aquella tropa vil, horrorizada,

no tuvo ni valor para acercarse,

no fuese que tu furia, acrecentada,

en fuego, ruina y muerte resultase.

            Huyeron, sí, y nunca más volvieron.

Nada robaron, del pánico tan fiero;

y ni siquiera sus muertos recogieron,

haciendo del silencio compañero.

            Volvió la paz, la calma, nuevamente

tus raíces, tu tronco y tu ramaje

vieron, a tu sombra refrescante,

como los hijos aumentaron mi linaje.

            Quisieron cortarte ¿sabes? Ignoraban

que tu vida a la mía está unida,

y que si una sola rama desgarraban

de daño corporal yo era sufrida.

            Por eso, árbol mío, ¡no me llores!

que, mientras siga durando mi aliento,

nadie dañara con tajo impío

tu tronco, tus ramas ni tu asiento.

            Y cuando mi alma por el éter vague,

libre ya del cuerpo mustio y feo,

quisiera que en el viaje me acompañe

tu vetusta madera… ¡Eso deseo!

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Este oculto poema de mi abuela… me hizo pensar… Parece como si hubiese tenido una extraña relación con un árbol… ¡Con un árbol…! ¡Claro! ¡El gran sicomoro que hay al extremo del jardín, al borde del barranco, en su rincón favorito…, donde ella pasaba horas y horas…! ¡Donde me llevaba, de niño…!

«Que tu vida a la mía está unida…» –volví a leer.

¿Será posible…?

Corrí al jardín. A la zona quemada por el rayo y… ¡era el gran sicomoro el árbol que sufrió su impacto!

¡El rayo que lo abatió, casi carbonizando su vieja madera, coincidió con la muerte de la abuela!

Poco a poco la inquietante verdad iba penetrando en mi mente. La poesía… ¿Qué más decía? ¿Qué quería decir…?

¿No sería el sicomoro muerto su árbol natal, el que la tradición de la familia pide que se plante mientras en el pazo nace un nuevo vástago? ¿Qué ocultos acontecimientos ligaban la vida de mi abuela con la de su árbol?

¿Sabría Aya, la vieja Aya, la verdadera historia…?

Me dirigí a su habitación…

————————

– ¿Qué tal estás hoy, Aya? ¿Te encuentras mejor?

– Algo mejor voy, sí. A ver si mañana me levanto un rato…

– Debes hacerlo. Ya sabes que pronto llegará Gabrielito.

– Por eso, principalmente. Quiero estar buena para entonces. ¡Quisiera contar tantas cosas al bisnieto de la difunta señora…!

– Cómo las que me contabas a mí… ¿No es verdad, Aya?

– ¡Claro! Son historias que todos los señores deben conocer desde pequeñitos. Conservar las tradiciones es muy importante para el buen orden de las cosas…

– Ya… ya… Pero, dime, Aya. Aquellos cuentos… ¿qué tienen de verdad?

– ¿Cuentos…?. Sí, yo también creí que eran cuentos… Pero mi vida al lado de la señora me demostró con creces que no lo son.

– ¿No te importaría contármelos otra vez, Aya? Pero esta vez…, añadiendo la verdadera historia de la abuela. ¿Quieres?

– Ella me hizo prometer que no se la contase a nadie mientras viviese… Bueno… Creo que ahora ya puedo hacerlo, aunque no creo que deba difundirlo por ahí. Sería preferible que su vida fuese conocida por los extraños tal como lo es ahora, y dejar la historia del árbol como está. Que su merced lo cuente a su hijo con la misma prevención con que yo se lo voy a contar… Lo juzgará mejor cuando haya terminado…

– No te preocupes, Aya, que así lo haré… Empieza cuando gustes, que me tienes sobre ascuas.

– Bueno. Pues allá va…

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