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Opinión

Historias de la Plaza

Salamanca es una ciudad con plaza mayor. Y explico el enunciado, que plazas mayores hay en todos los lugares. Al ser mayor un comparativo de superioridad damos por hecho que existen otras plazas menores. Sin embargo, la plaza con mayor superficie de Salamanca es la de la Concordia. Y si buscamos la antigüedad, al menos el Azogue Viejo, cabe la catedral, y la Puerta del Sol, hoy San Isidro, precedieron a la Plaza de San Martín, aquel solar enorme que dio lugar a las actuales Plaza Mayor y del Mercado. Nuestra plaza es mayor por su inserción en la historia e intrahistoria locales, por quedar embutida en los tuétanos de la idiosincrasia salmantina.

El salmantino va hasta ella, aunque solo sea para comprobar que todo sigue igual. Siempre, sin saber por qué, termina en la plaza.

Es el corazón de la ciudad con el que palpita la vida cotidiana, lo contrario de otras ciudades cuyas plazas mayores quedaron como espacios mortecinos que solo es capaz de animar la presencia de turistas. El salmantino pasea por su plaza, deambula displicente bajo los soportales y traza la diagonal mientras saluda a los conocidos. Queda bajo el reloj o junto al arco que más le guste, tapea, se sienta en sus terrazas para curiosear el trasiego del gentío. Va hasta ella, aunque solo sea para comprobar que todo sigue igual. Siempre, sin saber por qué, termina en la plaza. Y contemplamos su monumentalidad con las distintas luces del día y las estaciones mientras, provincianamente, nos enorgullecemos de poseer algo de lo que otros carecen. Por ello no concebimos que el extraño quede sin pisotearla, como Gabriel y Galán, poeta auténtico del pueblo, que puso en boca del tío Roque, tras el anuncio de la visita de Alfonso XIII a Salamanca, el otrora célebre lamento del «pero yo me imagino de que el rey no vendrá a ver la plaza».

El charro recorre su plaza y comenta las anécdotas una y otra vez. Los dos pilares juntos por ser el punto de cierre al concluir la construcción, el medallón que fue de Godoy, ultrajado y picado en un arranque de ira popular cuando la francesada, el arco más ancho que los demás para permitir el paso de los carros a una vivienda, el balcón condenado a no abrirse por mor de leyendas que Saldaña medio inventa con su arte, la inscripción que pide rezar por aquella mujer que allí murió… Willy, el recordado radiólogo que partió hace ya tres años, se las sabía todas. Un día me situó en el único punto desde el que se ve la torre de la catedral, buscando el hueco por el arco del Corrillo. Historias, historietas… los chascarrillos que decía Willy. La plaza es inagotable.

La plaza marca con carácter indeleble la memoria del visitante y el alma del ausente. Mariajosé, que se fue muy lejos, desde que pusieron cámara al teléfono me pide que le envíe una foto al pasar por ella. Así alimenta sus nostalgias y el deseo de volver cuanto antes para hollar sus baldosas de manera cotidiana. Es la plaza, nuestra plaza mayor, el escenario de las historias que entretejen el devenir de Salamanca.

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