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Opinión

El grito de Muiños

 

Sucedió hace unos días, mientras clamaba por la paz en el mundo. Llevaba un año aguardando porque en 2020 no pudo organizarse el acto cuando correspondía, en las vísperas de san Francisco. Al final, en medio del progresivo regresar a la normalidad, Manolo Muiños pronunció su discurso reivindicativo en la iglesia de un convento que fue premio nacional de arquitectura. Y su grito resonó con fuerza, porque la suya es una voz autorizada, creíble y convincente.

Pidió por la paz desde la justicia mientras reivindicaba el compromiso social para con los más desfavorecidos. Lo dijo convencido, hablando desde su experiencia, la de un hombre que siempre se ha partido el pecho por devolver la vida y la libertad a quienes las perdieron por la esclavitud de las adicciones. Su labor al frente de Proyecto Hombre es sobradamente conocida y reconocida en nuestra ciudad. Son muchos años ya demostrando que la apuesta por la paz no se decide solo en los grandes foros. De hecho, nunca avanzaremos realmente en lo grande si antes no afianzamos lo pequeño, atendiendo como él necesidades que urgen y queman y muchos desde las alturas, por estética cobarde, tratan de esconder.

La proclama por la paz es un acto reciente promovido por una asociación también joven, la Hermandad Franciscana. Un acto que aporta frescura y novedad a la abultada agenda de convocatorias que entre lo religioso y cultural ofrece Salamanca. Antonio S. Zamarreño fue el primero en lanzar al viento su proclama en 2015, cuando aún no existía la hermandad. Luego seguimos su estela Isabel Bernardo, quien escribe, Tomás González Blázquez y Félix Torres. Manolo Muiños ha sido el último y para el próximo año ha sido anunciado otro coloso del activismo, Alberto López, que fue redactor jefe de El Adelanto y ahora recorre tierras africanas denunciando las más flagrantes violaciones de los derechos humanos mientras promueve soluciones reales desde las Misiones Salesianas. La proclama por la paz toma como referencia a quien fue su paradigma, el Poverello que hizo de sí un instrumento de la paz. Y a partir de ahí se conjuga lo reivindicativo con lo literario y espiritual. En ello radica su punto fuerte, un acto atractivo en las formas, con trasfondo que ahonda en la sensibilidad encaminada a construir la paz.

Pero estas voces son insuficientes. Hacen falta más gritos que den réplica al de Muiños que aún resuena. Demandamos gritos en las plazas y areópagos, gritos en cualquier lugar donde produzcan eco. Porque la ausencia de la paz va más allá de la guerra y el número de aquellos que sufren el destierro de la sociedad y ya nadie escucha, porque perdieron la voz, aumenta cada día. Se necesitan más gritos. Gritos icónicos en la denuncia, a la manera del que Julio González logró con el de la Montserrat gritando, gritos que taladren los tímpanos de los poderosos hasta sentir la angustia del hombrecillo aterrado que pintó Munch, gritos que interpelen y dejen al menos un mensaje abierto a la esperanza, aquel que Gargallo inmortalizó con El profeta.Gritos como el de Manolo Muiños en su proclama por la paz.

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