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Opinión

¡Salvemos las pinturas de la capilla del Clínico!

 

Al parecer, ha culminado ya el traslado definitivo de los  materiales, consultas y servicios del Clínico al nuevo hospital.

Aún suscita muchas incógnitas el destino que le espera al antiguo, pero quisiera romper una lanza a favor de  las pinturas murales de su capilla, en las que plasmó su peculiar visión del Vía Crucis, el artista salmantino  Genaro de No.

La verdad es que me han impresionado desde que las vi por primera vez. Aunque las tonalidades verdosas, grises y blancas, recuerdan mucho a las de la capilla del Cristo de los Milagros en la parroquia de Sancti Spíritus (también suyas), hay algo en éstas, que sobrecoge y cautiva aun siendo más expresionistas y menos figurativas que aquéllas.

Entré en esta capilla en muchas ocasiones: alguna vez como paciente y la mayoría como acompañante de algún familiar y siempre me han impactado de igual modo.

Sus reducidas dimensiones y su silencio invitaban al recogimiento y a la oración. Lo pude comprobar en multitud de ocasiones y no sólo antes, durante o después de la misa. Sus bancos, a menudo, estaban ocupados por las batas azules que distinguían a los enfermos, las blancas de los médicos o los atuendos verdes del personal de quirófano.

La verdad es que al extender la mirada alrededor, era imposible no identificarse con lo que el artista había expresado en aquellas paredes o al menos, lo que yo intuía al verlas.

Este Cristo inocente (con su túnica también blanca), sometido a la tortura de la pasión, caminando sobre un suelo erizado de obstáculos, representaba para mí a cada uno de los enfermos, luchando contra su propio dolor en aquel hospital. Por eso, tal vez, no vemos al principio su rostro como tal. Sólo la corona de punzantes espinas que revela su sufrimiento. Aparece, eso sí, en el paño de la Verónica. Tanto Ella, como las Santas Mujeres, que levantan impotentes sus manos o las del Cirineo, que sujetan la cruz, representan en mi opinión, las de los familiares que acompañan al enfermo tratando de aliviar sus padecimientos. Tal vez por eso, la cruz se prolonga a lo largo de las paredes, indicándonos la universalidad del dolor. La Virgen comparte también con su hijo la corona de espinas, porque se siente traspasada por ese mismo sentimiento.

El mural de Genaro de No que se puede admirar en la capilla del Clínico. Foto. Juan Andrés Martín.

El autor, sin embargo, introduce una novedad frente al Vía Crucis tradicional, ya que añade a la escena del sepulcro, la de la resurrección, colocándolas una al lado de la otra. Una vez más, está representada la dualidad que se vive a diario entre las paredes de un hospital: la esperanza de la curación y la posibilidad de la muerte (o de la resurrección posterior, si se mira desde la óptica cristiana).

Los valores artísticos de estas pinturas murales quedan sobradamente demostrados no sólo a través de los numerosos artículos que le han dedicado los críticos de arte, sino también por los múltiples reconocimientos que acreditan a su autor.

Por otra parte, creo que en ningún otro sitio, se da una simbiosis tan perfecta, entre la representación iconográfica y el entorno para el que fue concebida.

Ya hemos destruido muchos edificios que merecía la pena conservar y hemos sufrido demasiados expolios artísticos y culturales, como para permanecer impasibles y dejar que desaparezca una obra como ésta.

Acostumbramos a reconocer la valía de artistas consagrados, que conocemos a través de los libros, las reseñas o los catálogos de los museos, pero desgraciadamente (por desconocimiento en la mayoría de los casos) ignoramos la obra de otros, contemporáneos e igualmente importantes. Genaro de No,  paisano nuestro además, es uno de ellos.

Espero que muchas otras personas que hayan rezado en esa capilla y hayan experimentado la identificación  con el autor y su obra en un entorno tan especial o que simplemente se sientan salmantinos de corazón, alcen  igualmente su voz, para defender lo que ya forma parte de nuestro patrimonio.

Por último, pido igualmente a las autoridades en cuyas manos esté su destino, que reflexionen sobre el particular  y busquen una solución, para que no se cometa otro error irreparable, que lamentaríamos siempre.

Por: Amelia Martín Rodríguez

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