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Opinión

El encuentro

En cualquier curso básico de introducción a la negociación para dummies o peor, se escuchará en algún momento que antes de lanzar la primera palabra hay que tener claros los negociables y los innegociables, para jugar con los primeros y a los que soldarse en el caso de los segundos.

Podemos o debemos suponer también que la persona que tengamos enfrente habrá escuchado algo parecido, por lo que acudirá a la cita con sus rótulas y fémures. Y así comenzará el baile. Pues bien, no voy a hablar de nada de eso.

El concepto estrella de mi semana es la confianza, asunto que me ha llegado por dos vías. Qué es no genera gran debate. La esperanza depositada en que algo suceda, que otra persona actúe como deseamos, la seguridad propia al hacer algo. Evidentemente.

Luego está el asunto de cómo adquirimos esa característica tan importante para salir a la calle a hacer las domésticas cosas sin miedos, sin dudas, sin Isidro, ¿Y si me roban? ¿Y si me atropella un coche? ¿Y si me están engañando?

Miedos, dudas e Isidros, ciertamente trabajan para nosotros. Nos recomiendan dar una vuelta a la llave, llevar a buen recaudo los tesoros y mirar a ambos lados al cruzar por un paso de peatones con semáforo en verde para el viandante en una calle de único sentido.

Otra cosa es que dejemos que hagan horas extra. Mala firma esa. Si se ponen destajistas terminarán por estar siempre y expulsar de la recepción a la modosa y prudente confianza que guarda la sede desde su silla. Dirán que es una señora loca que lo deja pasar todo o todo lo contrario, que no hay que confiar ciegamente en la confianza. Puede valer para que el directivo cerebro los crea y encargue sacos de arena y tanquetas.

A veces la perdemos también por los ayeres que dolieron aunque ya no duelan hoy. La impertérrita cicatriz, redundantemente imperturbable, acompañará siempre. No necesita picar, paciente esperará a ver posar tus ojos para contarte de nuevo aquella terrible historia. Querrá adquirir un protagonismo que no le corresponde ante una nueva aventura para decirte ventajosamente “esto ya lo has vivido antes y míranos”. ¿Cómo rechazar tan sabio consejo?

Tengo una propuesta: Estimada cicatriz. Capaces somos de pagar por inyectar tinta en piel y duele. De agujerearnos las orejas (o échesele imaginación) para colgar un metal o piedra y duele. De abrasarnos el pelo para darle un color distinto o acabar con él con láser, pinza y cera, y duele. No eres sino un curado remiendo de mi propia carne que me decora y cuenta una historia, pero no toda mi historia y ya ni siquiera picas.

Callad, cicatriz y miedo. Confío, hasta que se demuestre lo contrario.

Y luego, a buscar lo negociable y lo innegociable.

Más cosas aquí. 

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