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Opinión

Con la mirada de un niño

Disfruto viendo concentraciones de coches antiguos, me recuerdan historias de la infancia, cómo la del Renault Dauphine de mi abuelo Dámaso, que pasó por las manos de toda la familia hasta que cada casa tuvo su propio coche. Creo recordar que en una ocasión se estampó contra la puerta del garaje Lemans, precipitándose cuesta abajo al soltarse el freno de mano, en ocasiones he soñado haber sido yo quien jugó con el freno de mano, pero los sueños… sueños son.

Estoy seguro de que el Tetrix lo inventó una persona de una familia numerosa, que en su infancia tuvo un Simca 1000, un SEAT 600 o tal vez un Renault 4, como el maravilloso ‘cuatro latas’ de la familia De la Nava. En los asientos delanteros Pili madre con Amador al volante, el resto de la tropa, Pilar, Maribel, Ana, Mara, Suso y Ruth repartidos en modo Tetrix, ¡abracadabra! ni David Copperfield lo habría superado.

Indispensable en esta época era la baca, soporte acoplado al techo para transportar bultos o maletas. Con este artilugio la capacidad de carga del vehículo era infinita, por supuesto, no había baca sin un buen juego de pulpos, que unidos entre sí como orugas en procesión, iban envolviendo los enseres ubicados sobre el techo del vehículo.

Ya teníamos el coche, la familia, la baca, los pulpos y nos poníamos en marcha para un largo viaje, no sin antes mascar un chicle especial para el mareo, por aquello de evitar vomitonas en caso de que hubiera curvas, pero como la experiencia era un grado, no estaba demás tener a mano una bolsa de plástico o dos mejor, que los puertos de Béjar, o el de los Leones o el de Pajares, si ibas al norte, sacaban lo mejor de cada uno.

En mi casa la marca Renault reinó sobre todas las demás, un R 8, tres R 12 y un R 19 fueron los coches de mi padre, digo ‘de mi padre’ porque era quien los conducía, pero recuerdo con cariño otros dos vehículos, no sé si fueron nuestros o nos los prestaron temporalmente por avería de algún Renault, uno de ellos fue un Morris de color gris, el único coche que condujo mi madre, aunque solo en trayectos urbanos.

El otro coche que merece una mención especial, era un Simca 1000 de color granate, en el cual fui abducido a temprana edad, apareciendo sentado sobre el asfalto del puente Enrique Estevan, mientras, mi padre frenó a la voz de: «¡Jose, el niño no está!». Mi hermana Vega, que no fue abducida, me acompañaba en el asiento trasero. Solo recuerdo una estruendosa serenata, no sé si eran fanfarrias celestiales conmemorando el evento o bocinas terrenales avisando a mis padres de que el niño se había caído del vehículo.

Me encanta encontrar coches antiguos y fotografiarlos, casi todos tienen alguna historia que recordar, como el Citroën CX de mi tío Luis. Me contó mi primo Chema que se subía y se bajaba la ventanilla apretando un botón. Por fin un día monté en el flamante CX y mi primo me dejó apretar el mágico botón, sube, baja, sube, baja, sube, …alucinante, qué momento me regaló.

Con la mirada de la infancia magnificamos todo, seleccionamos los buenos momentos y enterramos las carencias materiales o emocionales con paladas de fantasía, creando relatos mágicos de lo que son simples historias cotidianas.

El Blog de Pablo de la Peña, aquí.

 

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